viernes 29 de enero de 2010

Eduardo Misch: “Todos somos un poco como Poroto o queremos serlo”.-

Haciendo una analogía desde un personaje de su profundo interés, el director de Dirección Contraria, artesanía teatral --basada en una novela de Eduardo Pavlovsky-, comenta en una charla con Agencia NAN cómo trabajó el tema de la huida desde varios puntos de vista: como fenómeno terapéutico para escapar de lo tóxico o lo nocivo, como forma de movimiento y además de creación. Algunos puntos que atraviesa su nueva obra que se muestra los sábados a las 20.30 en El Camarín de la Musas.

Por Facundo Gari
Fotografías gentileza de
Dirección contraria

Buenos Aires, enero 29 (Agencia NAN-2010).- La era de la publicidad se instaló hace rato, e incluso ciertas consignas que parecieran alejadas de las fórmulas marketineras están solapadamente empapadas de recursos efectistas poco mentados para otras circunstancias. Sucede con la trillada “Todos somos” seguida, recurrentemente, del nombre de una víctima de alguna de las formas que el sistema adopta. El sentido es claro: la proposición busca que el receptor se identifique con el sufriente, con Jesús crucificado. Claro que en algún punto todo ser humano es víctima, aunque también victimario. Pero no hay aires de relativismo en el coro: “Todos somos Fulano”, liso y llano, tan inclusivamente que habría que preguntarse adónde van a parar los culpables de que Fulano sea un nadie tan ejemplar.

Otras veces, el sentido de la premisa es menos parcial. Como cuando Eduardo Misch, director de Dirección contraria, artesanía teatral --obra que se muestra los sábados a las 20.30 en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960)--, alega que “en algún punto todos somos Poroto”, personaje creado por Eduardo “Tato” Pavlovsky para la puesta de la pieza epónima en el Teatro Calibán durante la segunda mitad de la década pasada, con dirección de Norman Briski y actuaciones del propio Pavolvsky, Susana Evans y Elvira Onetto. En resumen, Poroto es un fugitivo permanente. ¿De qué huye? De lo que Pavlovsky denomina situaciones tóxicas, “ese tiempo que sentimos que perdemos, en el que nos encontramos capturados y obligados a decir algo. La estrategia del personaje es aprender a huir y crear otras zonas de comunicación”, explica el autor de Telarañas, El señor Laforgue, El señor Galíndez y Potestad, entre otras obras.

Seguido a la presentación de aquella primera puesta, en 1997 el iniciador del psicodrama en América latina publicó la novela Dirección contraria, “que es lo que le faltaba decir sobre el personaje, un compendio de variadas situaciones disparatadas que involucran a Poroto con amigos, en el trabajo, con familiares”, explica Misch, que además actúa junto al resto de los integrantes del grupo El Soporte (su hermano Pablo, Lucrecia Oviedo, Javier Medina y Daniela Volpe). Algunos de esos episodios --hilados por la impronta de un documental realizado por especialistas becados que estudian el comportamiento del protagonista-- son los que el director lleva a escena, en una especie de work in progress con elementos surrealistas y un eco social cauteloso pero presente. “Todos somos un poco como Poroto, o queremos serlo, porque huir puede ser una fobia grave o un acto de preservación”, ríe el director de 40 años durante una charla con Agencia NAN.

-- ¿Quién es Poroto?
-- Nace con un relato de Pavlovsky en el que cuenta el encuentro de aquél con un amigo de la militancia, que es Leo, y cómo el protagonista ve coartada su posibilidad de escape. Es un tipo que siempre elige donde sentarse para saber cómo escapar. En la obra, se le complica la partida, pero es una difícil. Ese es el relato inicial, que culmina cuando Poroto desaparece del bar sin que nadie lo advierta. Casi inmediatamente a la obra, Tato edita Dirección contraria, novela con la que arma un mundo alrededor del personaje, más allá de su relación con Leo. En ella se ve claramente la filosofía de escape del personaje, el tiempo que puede soportar con las personas con las que se encuentra, su novia, sus afectos y amigos. Son situaciones muy disparatadas, que salen de lo cotidiano… Esa es la propuesta, salir de la rutina un poquito cada día e inventar algo.

-- ¿Y existen estas situaciones tóxicas de las que Poroto huye?
-- Son situaciones que a veces uno aguanta más de lo necesario. Para Poroto son la justificación para huir. Cada encuentro tiene un tiempo límite, y ese mismo es el sentido del encuentro. Las situaciones tóxicas están en todos lados, en lo familiar, en lo laboral, aunque habitualmente uno no se lo dice al otro, sigue soportando. ¿Y por qué no irse? ¿Por qué no decir “bueno, ya está, nos vemos otro día”? Claro, sin llegar al límite de huir sin ser descubierto, que le daba a la situación teatral un plus de ficción hasta cinematográfico.

-- Parece que el personaje tuvo una resonancia particular en usted…
-- Estamos hablando del noventa y pico. Yo estaba en el centro de estudiantes del conservatorio (se refiere a la Escuela Nacional de Arte Dramático Antonio Cunil Cabanellas), en una época de permanente ebullición, porque el conservatorio era muy político y yo tenía mucha participación. Y Poroto me resonaba como un “basta de”, un poder decir lo que uno quisiera, seleccionar lo que uno quisiera. Y era un momento de mi vida de selecciones: empecé a estudiar, dejé de trabajar. Siempre lo tuve como un personaje de salvación. Después ese ciclo terminó y no la volví a ver.

-- Pero sí a Pavlovsky…
-- Fui secretario personal de Tato durante nueve años, hasta diciembre del año pasado. Estaba con la toma del conservatorio cuando lo conocí, cuando se hizo el Instituto Universitario Nacional del Arte (creado por decreto del Poder Ejecutivo, nació de la integración de siete escuelas superiores de la Ciudad de Buenos Aires) en la época de Carlos Menem. En realidad, lo conocí un poco antes, en una reunión cuando Osvaldo Dragún dirigía el Teatro Nacional Cervantes. Como Dragún no era oficialista, fue muy cuestionado, un tipo muy participativo que estuvo en Teatro Abierto. A varias personalidades de la cultura les tocó mucho esa asunción. Se hizo una reunión en la que caí con amigos del conservatorio. Caímos porque uno de ellos era Raúl Serrano, que nos invitó. Estaban Tato, Norman, David Viñas y nosotros, que nos preguntábamos que hacíamos ahí. Hablamos de política y de lo que pasaba en ese momento. Y se sacó una solicitada en contra de Dragún, una manifestación intelectual que luego tuvo más adhesiones. En ese momento, me estaba postulando como presidente del centro de estudiantes.

-- En una entrevista anterior, usted se posicionó como un “actor militante”.
-- Me refería a cómo influye la política en el teatro.

-- ¿Y cómo lo hace?
-- Una cosa lleva a la otra. Hay gente que dice que no: “Yo soy actor, no me meto con la política, no me interesa”, pero yo creo que el actor es fiel representante de lo que va pasando en su historial sociológico. En el conservatorio empecé a militar sin ser miembro de ningún partido político, siempre voté a la izquierda, pero no tengo identidad política firme. Fue la situación mala y nefasta la que me motivó a movilizarme y a movilizar a otras personas, como sucede con los proyectos que nacen cuando no hay una institución contenedora. A partir de ahí, durante toda la carrera, me incluí en “cargos” que tenían que ver con el desarrollo de la institución, siempre ad honorem y tratando de mejorar la situación. Pero los que molestábamos éramos siempre minoría y no terminábamos consiguiendo mucho, sólo pequeñas cosas. La universidad se llevó a cabo de mala manera, todo ese proyecto de Menem, con profesores sin concursar, arreglos económicos, una asamblea paga.

-- ¿En qué medida Dirección contraria es una crítica social?
-- Leí una de los artículos sobre la obra que se titula algo así como “Radiografía social”. Lo que tiene Poroto es la diversidad de sentido que cada uno le puede dar. Cuando la armé no pensé en lo sociopolítico, se me fue estructurando un dispositivo en la cabeza. Lo relacionado a lo social es la identificación de la gente con el personaje. Después van apareciendo pequeñas cosas, como la fábrica de baches de Macri, que tiene que ver con la adaptación, que es bastante.

-- ¿Cómo fue ese trabajo?
-- Arranqué con Javier a improvisar, a ver cuáles de los textos podían funcionar en la acción, porque al leerlos son todos geniales pero bajándolos pierden esa magia de lo literario o realmente no tienen atractivo teatral. Entonces, improvisamos mucho, con bastante sensación de fracaso, porque la mayoría de los intentos no iban. “No puede ser que un texto que me divierta tanto leer no sirva para nada”, pensaba. Así que de todo ese primer trabajo seleccioné algunos textos, otros quedaron afuera.

-- Es impactante la escena de los penes pescando en la tina. ¿De dónde provienen esos elementos surrealistas?
-- Esa escena está contada como un encuentro entre padre e hijo. La obra va por títulos de las situaciones, que son cortas, y hay una que se llama “Los padres”. Entonces, usé elementos de dos obras anteriores de Pavlovsky: Locuración, que era tres monólogos y una obra corta y fragmentada, y Balbuceantes, nueve textos cortos. Pero de todas las obras que hice, tengo pedazos de muñecos y cachivaches por todos lados. Y no puedo vivir con una rampa de cuatro metros cuadrados en casa. Trato de usar todo lo que tengo. Armé un médico con pedazos de otro muñeco y los penes se me ocurrieron en un ejercicio de abstracción: “Papá y el niño son dos penes.” No recuerdo cómo salió lo de la bañadera, tal vez me estaba dando una ducha. Pero sí que la hicimos con papel maché. Hay mucha autogestión acá.

-- ¿Un grupo de actores multifunción?
-- La idea de “la función debe continuar” existe. Todas las asistencias que tuve durante seis o siete años me dieron el aprendizaje para poder saber hasta qué hay que hacer para que la gente entre al teatro, me dieron un conocimiento global de lo que lleva dirigir un espectáculo. No podría hacerlo todo yo, de todas formas. Pero da un nivel de pertenencia importante, porque fui armando lo que iba imaginando, y no me boicoteé… Antes de arrancar, podría haber pensado: “¡Me van a tirar tomates cuando entre con los penes!”, pero no me preocupa demasiado si le gusta o no al de afuera.

-- ¿Por qué es una “artesanía teatral” y no un arte, a secas?
-- Elegí ese subtítulo porque intenté hacer una artesanía con una novela que no era teatro. Y la “arte-sanía” viene arrastrada de Locuración, que es el teatro como salvación. La sanidad de Dirección contraria era llegar a hacerla porque hacia un año y medio que la nombraba. Fue muy divertido y seguimos encontrando cosas nuevas.

-- Como las herramientas audiovisuales, aunque usted admitió que no le gustan porque dejan al actor afuera…
-- Lo que no quería era una imagen en escena que comiera todo por el propio chupete de la pantalla. Entonces, busqué que fuera complemento, que multiplicara una idea, que fuera un fondo. Y además, la técnica no es precisa. A una máquina le das “Enter” y puede tardar entre dos y cinco segundos. Y ese tiempo es un “pip, pip, pip”. De hecho, tenemos un “plan B”, una puesta alternativa por si no funciona la filmación.

-- Es curioso que Poroto no tenga cara fija, sino que los actores se vayan rotando un sombrero para interpretarlo. ¿Es porque “Todos somos Poroto”?
-- Exacto. La idea fue trabajar no con personajes sino con roles; uno podría devenir en el rol que quisiera en un momento cualquiera. De esa forma, yo puedo ser Poroto cuando necesito. Busqué enfatizarlo como función, que no es lo que dice ni lo que hace, sino lo que deviene.

Blog:
http://direccioncontraria-artesaniateatral.blogspot.com/

jueves 28 de enero de 2010

Amar, temer, partir... volver.-

A Ramona Leiva la acusaron de estar “metida en la droga” y la encarcelaron durante casi cuatro años en Ezeiza, lejos de sus siete hijos. Cuando logró confrontar el encierro, se “puso las pilas” y estudió peluquería, computación y restauración de muebles, hasta que llegó al arte, que “modificó el enfoque de su vida”. Tanto que, al traspasar las rejas, no se quiso ir del todo: bajo el manto de la asociación civil Yo No Fui, la mujer regresa cada jueves para brindar talleres de serigrafía a las reclusas.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía de Martín Lonigro

Buenos Aires, enero 28 (Agencia NAN-2010).- En sus ojos se percibe un ahora que resume un antes y un después. La síntesis es fácil de descifrar, no así el dolor, porque toda ella es vida y sonrisas. Ramona Leiva es una mujer que logró burlar todos los prejuicios. En su estadía en la cárcel, traspasó las rejas --no las materiales, claro-- y se inventó una nueva vida cerca del arte. Y una vez afuera, sin la mezquindad de algunos que se autodenominan sabios, decidió traspasarlas de nuevo --ahora sí, las materiales-- para compartir lo que aprendió adentro. Cada jueves por la mañana, durante dos horas, Leiva coordina un taller de serigrafía en la Unidad 3 de la cárcel de Ezeiza que incluye algunas clases de dibujo y pintura a pedido de las alumnas, y también mate, galletitas y novedades del mundo exterior. “Para mí, entrar es una bandera de triunfo porque me abren la reja. No es que lo hacen porque vengo con la policía al lado. Me la abren a mí”, grafica en una charla con Agencia NAN.

Leiva no trabaja sola. En realidad, ella es todo un símbolo de Yo No Fui, una asociación civil que busca acompañar a las mujeres dentro y fuera de la cárcel, con talleres de poesía, fotografía, diseño, serigrafía y otros. Se puso en marcha hace cinco años, con un taller de poesía a cargo de María Medrano, en la Unidad 31. Cuando las internas comenzaban a salir, se encontraban con una realidad compartida: la soledad, la falta de trabajo y de apoyo del Estado. En consecuencia, la organización comenzó a funcionar como un espacio de capacitación para reinsertar a las mujeres en el universo laboral, y a veces hasta como la posibilidad de recibir algún ingreso por lo recaudado en ferias o trabajos a pedido, aunque mínimo.

Si Leiva es todo un símbolo es porque en su adentro están las experiencias del adentro y del afuera, vaya trabalenguas. “Una vivió ahí. Miro a las chicas a los ojos cuando están tristes, cansadas y cuando ya no quieren estar presas. Yo lo viví. A veces se les nota eso de no aguantar más, el ‘me quiero ir’. Y la verdad es que no hay otra cosa”, sentencia. Bajo el programa “La experiencia cuenta” --que recibe un apoyo del Ministerio de Justicia--, Leiva comenzó con clases de serigrafía, luego de esténcil, dibujo y pintura sobre tela, papel y madera, para que las presas “abarcaran otras cosas”. Y en el cubículo que Yo No Fui tiene en Palermo, recibe a quienes gozan de salidas transitorias o recuperan su libertad, con otro taller, al que también se incorporaron algunos hombres.

Leiva es consciente de que ese grupo de 15 internas la espera cada jueves ansiosamente. “En serigrafía se trabaja con productos que son muy fuertes y no todas tienen el buen ánimo de ensuciarse y usar ese tipo de líquidos. Con el dibujo se relajan más. También les llevo revistas, las comentamos, les cuento novedades. Hay que dejarlas que se asienten un poco, tomamos mate y todo eso va haciendo un taller --cuenta--. Me llevo muy bien con las chicas. Cuando ellas me decían ‘maestra’ o ‘profesora’, yo les decía: yo no soy ni una cosa, ni la otra. Primero porque no tengo título, lo que hago es compartir lo que aprendí. Y después, porque así como yo traigo cosas, me llevo otras. Me sirve. Entonces ellas también serían mis maestras.”

¿Y adónde va a parar todo ese trabajo que nace en el taller? “El taller de costura de afuera hace las remeras, el de diseño las corta y se hacen los moldes, el de serigrafía las estampa y después eso se vende o se hacen ferias”, explica Leiva. Y más allá de eso, hay otro tipo de logros que vivencian quienes pasan por la experiencia. “María (Medrano) se contactó con una persona que trabaja en cárceles en Francia y están haciendo un libro en común. Algunos de los dibujos de ese material son de las chicas, y la tapa seguramente también saldrá del taller”, ejemplifica.

Económicamente, lo que Leiva obtiene por ser transmisora de sus conocimientos --por no ir en contra de su voluntad llamándola maestra-- es mínimo. Apenas le alcanza para los viáticos y los materiales. Y la recaudación que deviene de la venta de remeras se distribuye entre todas las mujeres que participaron del proceso. El objetivo es, entonces, recibir algún subsidio que permita que todos los que dan clases obtengan una ganancia. “No hay casi ayuda del Estado. Hacemos esto movidos por las ganas. No saco dinero. Eso sí: saco mucho más”, subraya Leiva.

Olor a calle

En la cárcel, la expresión que titula este apartado se usa para designar algo así como la energía que le brota a una persona que llega de afuera. Si Leiva es hoy quien arrastra ese perfume por los pasillos del penal, es porque en algún momento logró inhalar ese aroma que volaba por el aire. Ella percibe, claramente, que el triunfo que le representa volver a ingresar al lugar donde pasó casi cuatro años es una consecuencia de otras cosas. Su vida, antes, era bien diferente. Vivía con lo justo, lo que le dejaba la venta de bijouterie en Once con su marido, que también manejaba un taxi. “Tengo escuchas con un amigo y dicen que yo estaba metida en la droga. Nos metieron a mí y a mi marido. Soy inocente, pero me la banqué porque afuera conocí mucha gente y sé que no es un lugar de santos, ni todo es tan legal. Incluso, yo traía cosas por contrabando. En ese sentido, no soy tan inocente. Conozco gente, mi hermano anduvo en la droga y no me gusta la policía. Todo eso hizo que yo tenga un código de respeto. Mi compañero tendría que haber saltado y haber dicho que no habíamos hecho nada, pero nos terminó arrastrando”, recuerda.

Afuera dejó a sus siete hijos, que quedaron solos, porque su marido también “cayó”. “De todo lo malo que tiene la cárcel, por lo menos le saqué provecho. Nunca había hecho cosas para mí, más que criar chicos. El primer tiempo lloré mucho, hasta que una compañera me dijo: ‘Que las rejas no te lleven’. Me puse las pilas y estudié peluquería, computación, restauración de muebles. Y después entré al taller La Estampa --que funciona de manera similar al que ella dicta--, y se me despertó el amor por el arte. Todo eso fue modificando el enfoque de mi vida: por qué levantarme, por qué pelear hoy, a qué darle bolilla”, sostiene.

En la cárcel, Leiva recibió la visita de la artista plástica y escritora Fernanda Laguna, quien cuando salió también la llevó por la senda del arte. Afuera, se incorporó a Eloísa Cartonera, cooperativa en la que permaneció durante dos años. “Eloísa fue una parte importante en mi vida, una contención cuando salí. Si eso no hubiese pasado, ahora no estaría donde estoy”, recuerda. Finalmente, la conoció a Medrano. “Justo salió un grupo de poesía que era bastante fuerte y nos sumamos y armamos Yo No Fui”, relata.

“Cuando volví a entrar, al principio la gente de seguridad me miraba como si me conociera. Algunos se daban cuenta que ya había estado. Otros no, como ven tanta gente… Cuando hablo con las chicas, me preguntan por qué volví y les digo que cuando estuve adentro sentí que tenía que regresar pero de otra forma, para cambiar algunas cosas, porque no sirve quedarnos rezongando en casa. Me costó mucho, hace cinco años que estoy en libertad y recién ahora puedo entrar otra vez. No es que me encapriché de un día para el otro”, reflexiona. “Tuve miedo. No hay persona que no tenga miedo, nada más que yo puse el pecho y le di para adelante. Desde que salí, no hago nada que no me guste y no le doy excusas ni consejos a los demás. Muestro lo que hago. Pueden elegir. Hay malos momentos, pero pasan.”

Más allá de intentar generar un cambio en las internas, de dejarles la moraleja de que es posible barajar y dar de nuevo, existen otras cosas que Leiva quisiera cambiar: “La cárcel es un lugar muy duro, oscuro, frío. Me gustaría que las presas pudieran hablar más por teléfono, ver a sus hijos, que recibieran un mejor trato, que se analizara por qué llegan a estar presas. Hay muchas que nunca tuvieron una oportunidad, cada una tiene su historia en su espalda.”

-- ¿Y qué es el arte para usted, ya sea con olor a calle o a cárcel?
-- Los dibujos que hacemos pueden ser lindos o no. Eso no importa. Tienen que estar llenos de emoción. Todo, en realidad: pintar, cocinar, pasar un trapo. El arte es sentir las cosas que uno hace.

miércoles 27 de enero de 2010

Poesía celular: un nuevo mensaje de texto.-

Javier Pereyra y Sheila Rosenzveig gastaron los mil mensajitos gratis y váyase a saber cuántas tarjetas de celular en piropos y observaciones sobre los sueños, los trenes y los bares. Luego los juntaron, pidieron a artistas amigos que dibujaran y reflexionaran esos diálogos y publicaron todo en Poesía celular. "Utilizamos esa herramienta masiva y le dimos una vuelta a lo más humano", contaron.

Por Nahuel Lag
Fotografía de Mariana Seghezzo

Buenos Aires, enero 27 (Agencia NAN-2010).- Empezó como mil historias, pero al revés que mil libros. “El libro ya estaba hecho, lo que teníamos que hacer era ordenarlo”, explicó Javier Pereyra en diálogo con Agencia NAN. Él y Sheila Rosenzveig se conocieron en la Facultad de Psicología y comenzaron su noviazgo en 2005. Potenciados por los primeros calores y los mil mensajes gratis de celular que les ofreció un amigo, comenzaron a “mensajearse” para achicar las distancias y el tiempo que los mantenían separados, y de a poco los mensajes tomaron otro vuelo más allá de un simple “estoy llegando” o un “besos, mi amor”. Entonces, “fueron más allá de los personal: se produjo una creación artística”, indicó Javier. “¿Borrar mensaje?”, se leía en la pantalla de algunos de los celulares de la pareja. “Nos pasó que no queríamos perderlos, queríamos tenerlos vivos en algún lado. Si los borro, se muere”, recordó ella. Una vez que el evitar borrar se transformó en la trascripción de 80 páginas de texto guardadas en una computadora, comenzó la historia de Poesía celular.

Con sus Nokia 1100 sobre la mesa, nadie puede pensar en Sheila y Javier como unos “tecnochicos”, algo de lo que ellos también reniegan y aseguran que prefieren lo “tangible, lo que se puede intercambiar”. Entonces, ¿por qué un libro hecho de mensajes de celular? “Él vivía en Luján. Entonces, nos veíamos menos de lo que una pareja convencional suele verse. Sin quererlo, nuestro modo de encontrarnos terminó siendo a través de mensajes diferentes. Más técnica o menos, lo artístico tiene que ver con lo que se siente. Tenía la necesidad de transmitirle sentimientos y escribirlos”, explicó Sheila los inicios del material hoy editado.

Por eso, “El encuentro” es el nombre del primer capítulo que ordena la espontaneidad de los mensajes, que le da guión a una catarata de mensajes entre 2005 y 2008. “Primero pensamos ordenarlo cronológicamente, pero después comenzamos a ver que había temas que se cruzaban: “Instantáneas de la calle”, “Trenes”, “Cuentos”, “Colectivos” y “Sueños” son las otras carpetas en las que guardaron y acomodaron la historia en la que la pareja no es la única involucrada.

“Quizá yo tenía una hora de viaje en colectivo y una idea que me daba vueltas en la cabeza. La escribía y se la mandaba a los contactos que aparecían: vaya a saber dónde estaban y qué hacían esas personas cuando la recibían. Pero comenzaba a recepcionar una diversidad de miradas distintas sobre una misma idea”, continúa rearmando el contenido del libro Sheila.

Antes de transformarse en libro, los mensajes llegaban como instalación literaria, cuenta la pareja mensajera. “Seleccionábamos algunas partes de lo que aún no era ni un proyecto de libro, convocábamos a otros artistas y amigos. Y como tuvo buena recepción, nos motivó a pensar en algo más”.

Había llegado el momento de pensar el material de otra manera. “A la hora de realizar el libro editamos aquellos mensajes que no eran para compartir con todo el mundo. Lo que está es porque, en un punto, no es nuestro sino que también puede generar sentimientos en los demás”, resaltó Javier. Pero además de evitar la privacidad como reality show, Sheila subrayó que más allá de que son ellos los propios protagonistas del libro “también somos esos otros que nos leen. Una vez que se entra en la trama del libro y el andar de los capítulos, olvidamos que esos nombres nos pertenecen”. “Sheila y Javier están en el libro, son parte y son otros”, resumió Javier en un tono casi futbolero (hablando en tercera persona de sí mismo).


-- ¿Qué fue lo que los motivo a publicar ese hecho artístico que se dio en el intercambio de mensajes?
Javier Pereyra: -- Tiene que ver con promover y dar difusión a lo propio. Muchas personas producen arte y queda entre amigos, en un circuito cerrado. Este libro impulsa esos circuitos cerrados y abre una nueva dimensión. Esa que se abría cuando le enviaba un mensaje a un amigo que pensaba que no le iba a dar bola, un tipo "cero literario", y recibía una respuesta que me dejaba pensando: "¡la pucha, se lo tenía guardado!”. Además, permite demostrar que en lo cotidiano hay mucha poesía, que no es terreno exclusivo de los intelectuales. Si un Cortázar inhabilita a un nuevo escritor, estamos en problemas. El arte debe ser una invitación a producir, a crear en el nivel que sea.

-- ¿Se puede correr el celular del aparato de consumo masivo y transformarlo en herramienta arte?
Sheila Rosenzveig: -- El celular no está pensado para darle un uso artístico, masivamente no se utiliza para ese tipo de expresiones. Es un límite delicado entre las nuevas tecnologías para "estar más comunicados" en un mundo cada vez más fragmentado y las herramientas con las que se puede construir nuevos espacios de expresión. Sin buscarlo, utilizamos esa herramienta masiva y le dimos una vuelta a lo más humano para enviar mensajes amorosos, oscuros, bizarros. Lo que se siente y se desea transmitir a otro en un momento determinado.

El ida y vuelta de los mensajes también tuvo uno para la producción del libro. “Les dimos las copias de los libros a otros artistas amigos, ellos se los llevaron a su casa, lo reflexionaron y después realizaron su aporte”, apuntó Sheila sobre los textos de interpretación, las poesías que agregan más sentido a la poética de los mensajes y los dibujos que ilustran capítulos y fragmentos. Los artistas invitados fueron desde psicólogos (como Javier y Sheila, que consideran a su profesión un arte) hasta un poeta integrante del grupo La Colifata del Hospital Neuropsiquiátrico Borda.

Entre esos aportes no faltaron las reflexiones sobre si el libro no es muy “personal”, si está bien escribir a partir de mensajes de un aparato que resalta más el consumo que la comunicación y, cómo no, la ortografía, el respeto o no de la sintaxis propia del aparatito más vendido de la historia. “La idea era que el lector pudiera entender lo que queríamos transmitir respetando la espontaneidad lo mayor posible. Los ‘xq’ quedaron, pero las faltas de ortografía podían generar un cambio de sentido en la lectura”.

-- El libro es como un diario de viaje pero en lo urbano, un diario íntimo, ¿un nuevo estilo de poesía?
J.P.: -- Nos hablaron de cómo nominarlo, pero el título no es más que un nombre. ¿Es un libro de poesía? Es un libro poético. También romántico, porque está exacerbado lo emocional. Pero no intentamos creer nada nuevo.
S.R.: -- Buscamos construir puentes, encuentros ligados a la distancia, el tiempo, la creación y lo cotidiano. Un concepto cerrado no hay, pero se está construyendo.

-- ¿En qué momentos se puede hacer poesía celular?
S.R.: -- El capítulo “Instantáneas de la calle” es un ejemplo. Estás en un bar y hay situaciones que te invitan a relatarlas, tienen que llamarte… En ese momento, tenés tiempo para estar receptiva de la situación. Entonces, escribís lo que está pasando. Son como fotografías narradas, lo que ves en la calle se vuelve relato.

Blog:
http://poesiaxcelular.blogspot.com/

martes 26 de enero de 2010

Carlos Paz & Love en Córdoba.-

Durante un fin de semana, las sierras cordobesas y el lago San Roque, junto a miles de personas, fueron testigos de la segunda edición del festival internacional de reggae, que estuvo plagado de estilos, regiones y trayectorias. Nonpalidece, Resistencia Suburbana, Quique Neira y Kamelaba, entre otros, participaron del evento realizado a "todo pulmón" que dejó bien claro que Argentina se proyecta como una de las mejores plazas de reggae por calidad y cantidad de bandas.

Por Adrián Pérez
Fotografía gentileza de La De Dios

Carlos Paz, 26 de enero (Agencia NAN-2010).- Un puñado de alegres cotorras saltan de rama en rama, entre la profusa arboleda que invade el camping del ACA, mientras la peregrinación de chicos y chicas desembarca en la segunda edición del Carlos Paz & Love, show internacional que reunió a embajadores de todas las latitudes en un rico y colorido abanico de estilos, regiones y trayectorias pero bajo un denominador: el gusto por el reggae. Durante un fin de semana donde el calor sólo afloja por las noches, sanjuaninos y cordobeses, salteños y puntanos, bonaerenses y porteños, argentinos, chilenos, brasileros, uruguayos y venezolanos, todos ellos convocados por la música, con las sierras cordobesas y el Lago San Roque a sus espaldas, comparten en una cancha de básquet el soundsystem y el dancehall que extiende la fiesta, al cierre de cada fecha, hasta bien entrada la madrugada.

Sin apuro y sin histeria, sin estrés ni horarios que cumplir, la caravana de pibes y pibas camina la avenida costanera para cubrir los 400 metros que separan el camping del predio desde donde Santiago Palazzo, conductor de La De Dios y maestro de ceremonias, presenta a Jahmila. Si bien la formación española-italo-argentina transita el escenario con actitud no logra convencer demasiado a los cientos de asistentes que siguen el set a tres metros del vallado. Los solos del primer guitarrista --parecido a Slash por los rulos que pueblan su cabeza-- se vuelven yeites acertadamente rockeros cada tanto.

Si bien Sergio Robaina canta en inglés, Holy Piby rompe el hielo no bien pone primera. La banda de Lanús realiza una presentación prolija --de las mejores del festival, condimentada con pizcas de reggae y funk, de dub y soul--, en un set corto y vertiginoso (habrá chance de verlos el próximo jueves junto a The Wailers y Alpha Blondy). Aunque desde los parlantes la voz de Luis Alpha anuncie que “Sale el sol”, la luna, inexorablemente, entra en su cuarto creciente. Es que el reggae tiene su propia ciencia.

Cinco minutos antes del nuevo día, Nonpalidece abre el juego con un medley: suenan “Discrimination”, cover de Tiken Jah Fakoly, cantante de Costa de Marfil; “Cool and calm”, de Israel Vibration, que se presentará el 16 de febrero, en el Teatro de Colegiales; “Holiday”, de Don Carlos; y “Roots & Culture”, también del cantante jamaiquino. Le siguen “Tu Presencia”, “Revolución”, “En el aire” y “Tu recompensa”, de El fuego sagrado, último material de estudio. Todo iba bien para la banda de Tigre hasta que le llegó el turno a “Reggae en el Universo“: un problema eléctrico dejó sin energía el escenario por treinta minutos, y aunque el público no se impacientó y se bancó la demora, la banda volvió a tocar fría con Ramljak un tanto molesto. El único inconveniente para un festival que se organizó (hay que decirlo) totalmente a pulmón.

El cierre de la primera fecha estuvo a cargo de Resistencia Suburbana, uno de los grupos más esperadas de la noche. Aunque la banda arrancó con un set intenso, Luís Alpha tuvo poco contacto con el público (por no decir, nulo). En un poco díscolo, dijo: “Yo no vengo acá a hablar, sino a cantar”. Se esperaba un poco más del hombre que le canta al “gueto”.

Dale Rosca entrega todo sobre el escenario durante el domingo con un ska desenfrenado e irreverente. En "Legalización", de Ska-P, invitan a Darío, de Kameleba, a subir al escenario. Las bolutas de humo dulzón alcanzan a los policías que controlan que nadie entre de colado por la vera del lago. Ni se mosquean. La sesión de vientos es acertada y si bien el público no se le anima al vallado, se enganchan a brincar y bailar con la performance de los chicos de Río Cuarto.

Desde Venezuela, después de una breve gira por Brasil y por primera vez en Argentina, La Big Landin Orquesta descarga una artillería musical ska jamaiquino sazonado con buenas dosis de jazz y ritmos del caribe. Una señora banda que continúa con la línea de The Skatalites cuando interpreta un medley de los jamaiquinos. Además de este exquisito tributo suenan “Huellas en la playa”, “En viejos tiempos” y “Tenor madness”, de Sonny Rollins. Con la precisión de un reloj, los caraqueños ejecutan un excelente rocksteady con finísimas ejecuciones de viento.

Quique Neira es una de las presentaciones más esperadas del fin de semana. Se presenta en Argentina por tercera vez y cuando comienza a cantar, el chileno transporta al primer Gondwana con su voz afinadísima a los tiempos de Phat Cherimoya Dub, Together o Made in Jamaica. El show comienza con un medley donde suenan canciones de su etapa solista fusionadas con algunas de Gondwana. Suenan versiones de “Matador”, de LFC; “Get up, stand up” y, de su etapa solista, las excelentes “Dar y recibir”, “Jah rock” o “Lady”. Con mucho groove, Neira muestra arte y oficio en esto del reggae y mantiene un diálogo constante con el público. Un set impecable.

Santiago Palazzo anuncia a los ganadores del In Contest, certamen que difunde a ocho jóvenes bandas del interior del país en este festival. Los ganadores: Fausto & Banda Cuenco (Buenos Aires), La Estafa Dub (Neuquén), Una Nación (Concepción del Uruguay) y Kingston Jam (Río Cuarto). El premio: la invitación para tocar en la próxima edición del Carlos Paz & Love.

Con nueve años como banda, Kameleba llena de frescura un show donde predominan la armonía en las voces y algunos gestos hacia el reggae lover. Por un decreto de necesidad y urgencia de vaya uno a saber quién, mela fiesta se instala con los chicos de Villa Mercedes, San Luis, otra de las bandas más destacadas del fin de semana que el 16 de febrero lanzará Vibration Sound, su próximo disco de estudio, con trece temas y una versión de "Black samurai", de Alpha Blondy.

Después de su show, Kevin Alba, saxofonista de La Big Landin Orquesta, recibe en el backstage a Agencia NAN y reconoce que el festival ha sido “una muestra del desarrollo del reggae en Argentina, que se proyecta como uno de las mejores plazas por la cantidad y la calidad de las bandas”. El balance es muy positivo para un evento que ha sido organizado por segunda vez desde la autogestión y la independencia, desde un árbol que extiende sus ramas y convoca a las raíces de América latina a seguir construyendo un movimiento que no para de crecer.

lunes 25 de enero de 2010

Discos: “Viva Belice” (Daddy Antogna y los de Helio, 2009).-

El baterista Daddy Antogna es el Robert Wyatt vernáculo: como el inglés, se enfrentó a un destino hostil para volver con un disco que reformula el rock progresivo argentino y lo saca, nuevamente, de la canción.

Por Guillermina Watkins

Buenos Aires, enero 25 (Agencia NAN-2010).- Ya lo dijo Joey Ramone: “I believe in miracles for me and you”. Y podría agregársele el “for the entire human raze” de Michael Jackson. Porque fue así, mezcla de milagro y voluntad, como Daddy Antogna llegó, a los 53 años, a sacar Viva Belice, un disco que se inserta en una larga tradición argentina de rock progresivo.

La historia es corta y trágica pero con final feliz: Daddy tenía 20 en 1982 cuando armó Ave Rock, una banda a la que muchos consideran la primera de ese palo. Después formó Orion's Beethoven y pasó un tiempo por Pastoral. Incansable, también fue músico de Vinicius de Moraes durante tres mitológicas semanas e incluso armó una banda con Stuka de Los Violadores y ensayó con Pappo y Medina antes de que armasen Aeroblues. Pero un día tuvo un accidente en una pileta y nunca más pudo volver a caminar. Recién después de ocho operaciones, volvió a abrir y cerrar sus manos y comenzó a percutir con instrumentos improvisados. Hoy la historia lo encuentra con banda --los de Helio, en alusión a la banda que acompañó al fallecido Sandro, los de Fuego-- y disco, más una serie de recitales en la Ciudad de Buenos Aires y La Plata. “Me siento como un pibe que recién arranca a tocar. Por suerte, la vida siempre te da otras oportunidades”, asegura Daddy ante Agencia NAN.

Los de Helio --el ex Reynols Alan Courtis en guitarra, Nicolás Diab en bajo y Fernando de la Vega en batería-- lo acompañan en este nuevo proyecto que devuelve al candelero a una de las joyitas del rock progresivo de los 70s, de aquel rock atemporal que aún suena contemporáneo. Viva Belice está hecho por cuatro integrantes y dos invitados, ocho temas y 44.44 minutos de duración. “Claves herméticas” de una banda que ya nació con mística: el nombre del disco hace referencia a un clásico tema de Ave Rock, “Viva Bélgica”, y Belice hace alusión al país que sigue en el diccionario; palabras que insinúan que este proyecto es una continuación de aquel experimento.

Así, Daddy y sus compañeros sellan esa fraternidad existente en nuestros días entre el rock actual y el de los 70s (que ya viene siendo recuperada por bandas como Pez, Natas, Honduras y Poseidótica), ofreciendo un álbum que se despega de los parlantes con un sonido progresivo y que también marca el regreso discográfico de alguien que nunca debió haberse ausentado.

Riffs potentes y explosivos, bases de bajo progresivas, certeras y rítmicas, violoncello, violín, teclados y acordeones que se encargan de marcar los momentos de tensión y amedrentar las esperas de rock y una batería jazzera y setentosa son la clave fundamental para construir estos ocho instrumentales de rock atemporal, con climas en subibaja, calentura de jam de jazz, métricas muy prolijas y momentos sinfónicos, a la manera de Daddy Antogna y los de Helio.


MySpace: http://www.myspace.com/daddyantognahelio