jueves, 31 de julio de 2008

Claudio Zeiger: “No son tiempos muy políticos para la literatura”.-

Periodista, crítico literario y autor de tres novelas --Nombre de guerra, Tres deseos y Adiós a la calle--, Zeiger recibió a Agencia NAN para dialogar acerca del compromiso político de la nueva generación de escritores, los vestigios de escritura queer en sus obras y la posibilidad (o imposibilidad) de subsistir de ser escritor. De Bolaño, Cortázar y Borges a Guillermo Martínez, Cielo Latini o Fernando Peña, Zeiger analiza el estado actual de la literatura argentina.

Por Esteban Vera.
Fotografía gentileza de Bernardino Ávila (Página/12).

Buenos Aires, julio 31 (Agencia NAN-2008).- Claudio Zeiger (44 años) fue empleado telefónico y delegado gremial durante la primera mitad de la década pasada. Tras colaborar con El Porteño, V de Vian y El Periodista, abandonó definitivamente “a la familia de telefónicos”, como gusta decirle. Con Nombre de guerra, de 1999, llegó su debut novelístico. En 2002 publicó su segunda novela, Tres deseos. Y en 2006 su último libro, Adiós a la calle. Actualmente, a su labor como escritor y periodista le suma la de crítico literario para el suplemento Radar, del diario Página/12.

Entrevistado por Agencia NAN, Zeiger ofreció su mirada sobre la presencia (o ausencia) de debate entre las distintas camadas de escritores que coexisten en la actualidad. Pero también adelantó que está finalizando su cuarta novela y que prepara un ensayo literario, destacó la ausencia de referentes en la literatura vernácula, pero mencionó a Roberto Bolaño como “la gran influencia de los escritores latinoamericanos”, tras el boom de la década de 1960.

- Nombre de guerra narra la historia de dos pibes de Avellaneda que se prostituyen con el fin de ser “libres” a través del dinero, ¿no sentiste temor a que siempre se esperara de vos historias con contenidos homosexuales?
-A Nombre de guerra nunca lo pensé como queer. Aunque toma un tema del circuito gay, de la noche gay, no lo pensé como queer, me parece que el concepto queer viene más del campo teórico. En mis novelas posteriores, como Tres deseos, hay una historia sobre el SIDA en los años 80. De todos modos, acá no existe una literatura gay, como para ser encasillado. Y sería muy presumido pensar en que tengo lectores pendientes, esperando una nueva novela mía. El encasillamiento me parece muy presumido.

“En enero de 1993 hice el amor con un muchacho skinhead. Fue en un momento impreciso de la madrugada que siguió a la noche en que nos conocimos, aunque decir ‘hice el amor’ es una manera de falsear lo sucedido, porque en ningún momento fue amor y porque hacer lo que se dice hacer, no hicimos nada demasiado concreto. Estuvimos juntos, eso sí”. (Fragmento de Muchacho skinhead)

- ¿Tu muchacho skinhead refiere a la Muchacha punk de Rodolfo Fogwill?
- El cuento es casi cómico, pero fue importante para mí, como un despegue, por que me costaba mucho terminar de escribir. Surgió como un chiste-homenaje a Muchacha punk. Era una mojada de oreja a Fogwill, una versión pervertida. Me parecía que se podía escribir algo más fuerte: una periodista que se curte a un skinhead es algo más fuerte. En ese momento estaba fascinando con Fogwill y en especial con Ejércitos imaginarios. No tenía la pretensión de un cuento realista, como sí la tuve en Nombre de guerra.

- Como crítico literario, ¿creés que la nueva generación de escritores tiene una postura, un compromiso político?
- No son tiempos muy políticos para la literatura. Desde Pablo de Santis y Guillermo Martínez hasta los más nuevos narradores de antologías como En celo, da la impresión de que no. El caso de (Rodolfo) Walsh clausura el tema del compromiso político al abandonar la literatura. “Mi novela es burguesa”, dice él. En la literatura de Walsh se nota que eso que se plantea como una especie de superestructura política se encarna en su literatura. Quizá en otros escritores no tanto. Si el de Walsh es el modelo, estamos a años luz.

- ¿Eso a qué se debe?
- Hay una deuda pendiente: pensamos como adolescentes durante la Dictadura. Tengo la impresión de que los que vivieron toda su vida en democracia están fuertemente despolitizados, sin que eso signifique “¡Ay, qué despolitizados que son!”, sino que tienen otra forma de pensar lo político. Ahora es lo apolítico contra lo político. Hay una idea de pensar lo marginal como algo más social, separado de la política. Claro, es una hipótesis, pero que lleva a una concepción de qué es lo político. Lo político pareciera una especie de circuito cerrado, donde quedaron encerradas la Dictadura y la Militancia, hablando entre ellas. En los años 70, con todas las críticas que se le hacen a esa época, el escritor era un intelectual, una categoría que hoy causa repeluzno. El intelectual era Cortázar, por ejemplo. Los escritores entraban y salían de la política sin planteárselo. Después vino el planteo “o a la política o la literatura”. Y después de la Dictadura no quedó nada.

- ¿Considerás que para esta nueva camada de escritores hay que superar, “matar” a los otros, los anteriores?
- La estrategia básica de los nuevos, de los no tan nuevos y de los que vendrán es la absoluta indiferencia. Es bastante feo lo que pasa. La diversidad empieza a preponderar con la apertura democrática. Esto es bueno y lindo para todos: cada cual tiene su área. En el Siglo XIX, la literatura argentina operó por parricidio, confrontación, choque, matar al padre, reconocer a éste sí, a éste no. Me parece que por exceso de matanza el parricidio paró. Y entramos en una etapa de diversidad, que es bienvenida, pero la diversidad trae problemas nuevos, como la falta de confrontación, la falta de debate: “¿Vos qué opinas? No sé, no lo leí”.

- ¿Hay referentes en la literatura argentina?
- No. La literatura no funciona con referentes. Hoy ese esquema no funciona, no hay nadie indiscutido, pero en realidad nunca hubo alguien indiscutido. Cuando se menciona a Borges, no hay alguien más discutido que él. Cortázar fue demolido. Los que han tenido una imagen pública han sido muy discutidos, incluso Sábato, a quien hoy nadie parece tomar en cuenta.

-¿Y en Latinoamérica? ¿Se puede pensar a Roberto Bolaño como referente?
- Bolaño se convirtió en referente de los escritores latinoamericanos. Gusta, es un escritor de escritores, que impacta en ellos. Hay autores latinoamericanos en los que es muy palpable su influencia. Probablemente sea el más influyente después de Cortázar. Es el primero, después del boom latinoamericano, que logra consenso y efecto. Sobre todo por ser muy latinoamericano, pero no hacer una demagogia de lo latinoamericano. Él estaba en Europa y se notaba que el corazón de su literatura es sudaka. Personajes de jóvenes escritores y poetas sudamericanos subterráneos protagonizan sus relatos y novelas.

- Volviendo a la confrontación entre los escritores, ¿se puede rescatar también en Bolaño lo crítico que era con respecto a sus colegas?
- Bolaño tenía una saludable política: dar nombres. Una política de confrontación que ya no ocurre. Lo que pasa con Bolaño es que ya le buscaban la lengua, sobre todo para provocar una situación con las escritoras chilenas. En lo que es una actitud saludable de él, buscaban para conseguir títulos.

- ¿Se puede sobrevivir de ser escritor?
- Me parece que es difícil vivir de ser escritor por la continuidad. Alguien puede ganar un buen premio literario, pero si no hacés algo enseguida, se va. El famoso “vivir de los derechos de autor” no existe. Los derechos de autor son del diez por ciento. Se han abierto algunas puertas en lo infanto-juvenil y algunos escritores escriben para eso. A Guillermo Martínez lo conozco y no creo que se haya imaginado lo que le pasó cuando escribió Acerca de Roderer. El pibe era matemático. Quizá en el devenir de la vida te encontrás viviendo de los libros, como pasó con Guillermo Martínez, pero no es fácil.

- ¿Cómo conviven en vos ambas profesiones? ¿Considerás que el periodismo reduce la creatividad y la energía para escribir ficción?
- El periodismo te quita mucho tiempo, a diferencia de otros trabajos. Tiene la contra de que, cuando te ponés a escribir, tenés la cabeza desmantelada, porque estuviste escribiendo y editando todo el día en una redacción. Pero el pro es que te da rapidez para escribir, te sentás y comenzás a escribir. Te da un training. El periodismo te enseña a escribir aunque no tengas ganas, lo cual presupone que para escribir hay que tener muchas ganas. Yo decidí no hacer periodismo cuando hago literatura y no hacer literatura cuando hago periodismo.

- ¿Estás escribiendo otra novela o tal vez un libro de relatos?
- Estoy terminando una novela. Si la termino este año serán dos de laburo, más o menos. Yo no escribo mucho, debo confesar. Aunque también estoy escribiendo un libro de ensayos literarios.

- ¿Anticiparías alguna idea sobre de qué trata la novela?
- La novela empezó con una fascinación por ciertos ambientes, climas y personajes de los años 50 que empecé a buscar en la literatura argentina. La década de 1950 es un mundo dividido siempre en dos: lo alto y lo bajo, peronismo y antiperonismo, es una década que se parte a la mitad en el ‘55, más antinómica imposible. La superficie era muy dura, muy tajante, comencé a pensar una especie de protodiversidad. Fue una década de atrincheramiento y me preguntaba qué pasaba debajo. La idea es contar eso. Después se derivó a otras épocas y terminó abarcando 40 años.

- ¿Cómo analizás el mercado editorial en el país?
- Hay mucha tendencia a que no haya literatura. Si entras en una librería ves mesas y mesas con libros, pero no hay literatura, hay otra especie de cosas. Por dar dos nombres: lo que hacen Fernando Peña o Cielo Latini no es literatura, es otra cosa, son productos. No están hechos por escritores, por lo cual uno puede suponer que están escritos o elaborados por otros. Son libros que se venden por lo mediático. En el caso de Cielo Latini, pegó el cruce del blog y lo anoréxico. Y Peña es Peña, un personaje. Hasta los mitos de Pigna entrarían en esas cosas.

martes, 29 de julio de 2008

Chala Rasta en Niceto.-

Antes de emprender una nueva edición de su “gira patagónica”, en las que se hicieron conocidos para varias generaciones de egresados, la banda de reggae de Temperley festejó sus dieciocho años con un show --uno más de los tres mil que han hecho-- en el boliche de Palermo, frente a casi mil personas, entre ellas el cronista de Agencia NAN. Un aforo muy interesante teniendo en cuenta que mantienen un perfil casi under, que nada suyo suena en las radios y que nada de ellos se cuenta en las revistas.

Por Adrián Pérez.
Fotografía gentileza de prensa de Chala Rasta.

Buenos Aires, julio 29 (Agencia NAN-2008).- La convocatoria a festejar los 18 años de trayectoria de Chala Rasta fue escrita de puño y letra por Cristian Gordillo, voz y socio fundador de banda de reggae de Temperley. Fue publicada la semana previa a su presentación del sábado pasado en Niceto para invitar a sus fans a celebrar junto a ellos. Había mucho para festejar, pero ¿cúal era la propuesta?: melodías de amor, pero no de ése meloso, fingido, plástico, sino del amor hacia los pibes y pibas de barrio que suelen acompañarlos en cada una de sus presentaciones.

“Es necesario deshojar, simplificar, para llegar a la raíz. Y eso es lo que hoy es Chala Rasta: una raíz andante, sin fuselaje, con la solidez y la ventaja de ser una sola pieza, con la debilidad de ser lo único que queda”, rezaba el flyer, que presentaba el perfil de una banda que se escapa a la Costa Atlántica con los primeros brotes de calor y que, con la llegada del frío, lleva su equipaje cargado de melodías a su “gira patagónica”.

“Soy el que no tiene voz, soy el que no tiene Dios, soy el que no tiene miedo a la propia muerte”, baja la consigna con los primeros acordes de “Séptimo hijo”, tema que da nombre al álbum que editaron en 2002. Chala Rasta hace su aparición en el escenario del boliche de Palermo --¿acaso Niceto sea la Catedral del reggae?-- para coronar un largo viaje dentro del género; lo que no es poco para una banda que mantiene un perfil casi under, que nada suena en las radios, y que tiene un mensaje fuertemente vinculado con lo social.

Una muestra de la solidaridad de la banda es su disposición para participar en recitales a beneficio, presentaciones que son acompañadas por un buen número de sus fans, como pasó en su show del Día del Trabajador de 2004, en la Plaza Grigera, de Lomas de Zamora. Allí, a beneficio de comedores de la zona, tres mil chicos acercaron alimentos, ropa y útiles escolares para ayudar a aplacar un poco las necesidades de esos barrios, donde se hace presente un discurso político que solo la música puede llenar con su genuino contenido. Si bien el reggae está acompañado por el discurso contra todo tipo de discriminación y opresión, en Chala Rasta esto se hace evidente y manifiesto en cada una de sus canciones pero también en su práctica permanente. Ya pasó “Séptimo Hijo” y en el telón de fondo –-como no podía ser de otro modo: verde, amarillo y rojo-- puede leerse: “La voz que canta con el pueblo en la garganta”.

Abajo, en la oscuridad de la penumbra, 950 almas hambrientas de música corean como epílogo a la primera canción: “Chala es lo más grande del reggae nacional”. Arriba, una big band con Cristian Gordillo en voz y guitarra rítmica; Mariano Hollman en guitarra; Juan Arébalo en bajo; Lucas Lemma en teclados; David "El Niño" Cáceres en batería; Hernán Mendoza en percusión; los vientos de Leonardo Ramírez Leiva, Diego Silva y Leandro Farías y, cerrando la formación, los coros de Mariana Iturri, Agustina Iturri y Gabriel Olaizola.

En la lista siguen “Lucero”; “Cuerpo sin alma”; “Ya lloré”; “Diamantes, vidrios y penas”; “La virgencita”; “Como será”; “Escarabajo”; “Me fui”; “Candombe”; “Espíritu”; “Deudas”; “Milagrero”; “Quijotes”; “Ska”; “Desabrazados”; “Cuando me muera”; “Cerca del río”; “Hijos del sol”; “Reflejos”; “Magia”; “Nube Negra”; “Cinturón vacío”; “Lejos de mí”; “No te vayas de aquí”, y “África”.

Son dos horas y veinticinco minutos de baile y exorcismo bajo y sobre el escenario, que ahora sostiene a viejos socios de Gordillo como Alejandro "Pelado" Fernández en bajo y Haby Hilal en guitarra, que actualmente están tocando con Javier Calamaro. Ludmila Gallardo en cajón peruano y Oscar en charango completaron la lista de invitados.

Dieciocho años, tres mil shows. Novecientas cincuenta almas en Niceto y otras tantas ciudades que los vieron pasar, dejando su estela de alegría y compromiso social. El balance de Chala Rasta tiene saldo positivo.

sábado, 26 de julio de 2008

Semiyero: dos años construyendo conciencia solidaria en el público de rock.-

Al notar que “la potencialidad del rock estaba desaprovechada”, Florencia Brescia creó en 2006 la agrupación solidaria “no formal sin fines de lucro” Semiyero, una “red de voluntades” autogestionada donde la única consigna es “ayudar al otro de manera honesta, sin banderas políticas ni religiosas”. ¿Cómo lo hacen? Según le contaron a Agencia NAN, recolectando alimentos en recitales para espacios sociales que los necesiten y entablando una relación “íntima” con los receptores.

Por Sergio Sánchez.
Fotografía gentileza de prensa de Semiyero.

Buenos Aires, julio 26 (Agencia NAN-2008).- Técnicamente, concurrir a un recital de rock significa disfrutar de ver a una banda tocando en vivo. Pero el ritual es efímero: pocas horas intensas, de sudor, cánticos y emociones, que sirven al goce propio. Cuando la banda baja del escenario, cientos de almas enérgicas se apagan y vuelven a la rutina. ¿Qué hacer, entonces, con toda esa potencialidad adormilada del público de rock? ¿Cómo transformar el acto individual en uno colectivo y solidario? La agrupación Semiyero encontró algunas respuestas valiosas para estas preguntas. Respuestas que accionan y que no se reducen a un mensaje estático o demagógico. “Voy a recitales desde que soy muy chica y, como es habitual, también fui a festivales solidarios. Pero en los recitales hay un público para aprovechar, un potencial solidario que no se utiliza más que en determinadas ocasiones”, le explicó a Agencia NAN Florencia Brescia, la creadora y principal impulsora del proyecto.

Ese reaprovechamiento del público masivo que asiste cada fin de semana a recitales de rock consiste, básicamente, en recolectar donaciones y distribuirlas en espacios sociales con necesidades básicas permanentes, siempre y cuando “no dependan de partidos políticos, iglesias o capillas”. Bajo los estandartes de “resignificación de los espacios musicales” y “concientización solidaria”, Semiyero estampa su logo en las entradas de las bandas que adhieren a la iniciativa y expresa la solicitud de donaciones voluntarias del público. Durante los recitales, Semiyero recolecta los alimentos y, luego, los destinatarios pasan a buscarlos por el show.

Pero no acaba allí, sino que se propone una continuidad con la realización de actividades de base junto a los receptores de las donaciones, en la búsqueda de una retroalimentación y participación activa desde diversos espacios culturales. “Desde el comienzo nos preocupó que no fuera una propuesta asistencialista, que no fuera solamente juntar alimentos y entregarlos”, diferenció Brescia.

La primera fecha en la que pusieron a prueba su accionar fue en junio de 2006, en un recital de la banda de punk pop Boas Teitas. Con el correr de los meses, se fueron sumando bandas de diferentes estilos y carreras dentro del rock: El Otro Yo, Attaque 77, Las Manos de Fillipi, Bulldog, Aztecas Tupro, Shaila, Inmaduros del Carajo, Cadena Perpetua, Ojos Locos, Trabajo Sucio, WDK, Loquero, Borregos Border, y hasta los españoles de The Locos (ex Ska-P) y Reincidentes hicieron su aporte a esta iniciativa, según enumeró Brescia, licenciada en Comunicación Social, en su entrevista con Agencia NAN.

Durante estos primeros dos años de vida oficial, la agrupación participó en más de cincuenta espectáculos musicales, destinó más de 7500 kilos de alimentos, ropa y juguetes a espacios sociales y colaboró con la creación de una biblioteca popular en un barrio de Villa Celina, en el partido bonaerense de La Matanza.

- ¿Cómo surgió la idea de crear Semiyero?
- Desde muy chica voy a recitales. Y, como es habitual, he ido a festivales con fines solidarios. Siempre sentí que hay un potencial que no se aprovecha más que esporádicamente. Entonces, la idea surge con el fin de que el acto solidario o el acto de donar se transforme en algo habitual dentro del rock, que no sea necesario esperar a una fecha determinada o a un evento masivo para hacer una donación. Si emprendimos la iniciativa y pegó tan rápidamente es porque no cuesta tanto. El público, las bandas, los productores, las personas involucradas en el armado de fechas, todos tienen ganas de colaborar. Y necesidades sobran.

- Cuando la acción trascendió la idea se sumó más gente, ¿verdad?
- Semiyero surgió como un emprendimiento personal, pero enseguida logré la colaboración de un chico que armó el sitio web, que funcionó como radiador: la gente se contactó inmediatamente y se armó un grupo de colaboradores. Hoy somos un equipo de quince personas más colaboradores que surgen todo el tiempo para actividades y donaciones específicas o para la difusión.

- Teniendo en cuenta que en los recitales de rock prevalece el público joven, ¿partieron del preconcepto de que la potencialidad solidaria era mayor en ese público?
- Fue ver un poco la predisposición y otro poco eso que nos sucede a la mayoría de los jóvenes, que es que no encontramos un espacio para insertarnos y poder colaborar de manera permanente. Esta es una iniciativa que se propone como permanente pero cada persona va al recital que se le antoja. Por otra parte, hay muchos pibes que nos escriben, que participan, que van a recitales y colaboran.

- ¿Hay alguna relación entre la elección de ese espacio de acción y la historia de compromiso social y político del rock argentino?
- Las primeras bandas que se sumaron tienen una fuerte consigna de protesta en sus letras, pero es llamativo que también hay otras que van por otro lado y, sin embargo, están muy comprometidas con la propuesta. La idea surgió por un perfil de bandas que escuchamos quienes empezamos con Semiyero, pero nos dimos cuenta de que públicos de otros géneros no tan involucrados a la lucha, a la protesta, participan igual. Si bien el rock estuvo muy vinculado a propuestas transformadoras en lo social y lo político, el apoyo viene de diferentes géneros.

- ¿Cómo logran el vínculo con las bandas? ¿Se proponen ellas o las contactan ustedes?
- El primer año tuvimos que difundir la propuesta, pero ahora nos sorprende que, desde fines de 2007, es como que no hace falta presentarse. De hecho, hay muy pocas bandas que contactamos nosotros, ahora se van contactando ellos. Hace unos días respondí un mail de unos pibes que siguen a Las Pastillas del Abuelo, que nos decían que iban a salir con un micro a recolectar donaciones. Eso muestra que la iniciativa sale también del público. Está bueno que haya una reciprocidad, sino estaríamos todo el tiempo remándola. También logramos una buena relación con la gente de las productoras, ya que el pedido de donación sale directamente en la calcomanía de las entradas y ya no tenemos que ir a abrocharlo nosotros. En síntesis, hoy funcionamos como una red de voluntades.

- ¿Y a qué tipo de espacios sociales distribuyen lo recaudado?
- Si bien nuestra única consigna es ayudar al otro, el discurso está acompañado de un alejamiento de lo político partidario, porque pensamos que no hacen falta partidismos ni consignas religiosas para hacer actos solidarios. A la gente que colabora le interesa saber cuál es el destino final de las donaciones. Hay una necesidad en la juventud de poder identificarse con algo, y esta propuesta es apta para muchos jóvenes que durante años no pudieron participar. Por lo común, trabajamos con hogares para chicos o para ancianos, comedores, proyectos que dan a basto sólo para alimentar, sin lograr mayor transformación.

- ¿En qué consisten las actividades de retroalimentación y participación que buscan compartir con esos receptores directos?
- Siempre nos preocupó que esto no quede como una propuesta asistencialista, que no fuera sólo juntar alimentos y entregarlos. El primer criterio fue elegir a qué destinatarios ayudar, porque lamentablemente hay miles. Colaboramos con espacios que no son creados por partidos políticos ni por iglesias o capillas. Nos parece más destacable que gente autogestione sus proyectos para colaborar con otros. En la mayoría de los casos, el que ayuda está en igual, o a veces en peores, condiciones que quienes son ayudados. Nuestra idea es poder aportar más allá de los alimentos. El año pasado, por ejemplo, con un festival que armamos a total beneficio, destinamos cinco mil pesos a la construcción de una biblioteca popular en el comedor La Esperanza, en el barrio Las Achiras, de Villa Celina. En 2007, colaboramos con la ampliación del comedor La Red, de Villa Lugano, que necesitaba ser ampliado para incorporar a abuelos que no tienen familia.

- ¿Y qué se viene en 2008?
- Estamos comenzando a delinear un proyecto conjunto con un comedor de Chacarita que funciona de manera autogestionada. Tiene un espacio muy grande y pensamos en armar algo junto a la agrupación Proyecto 7, que trabaja con personas en situación de calle. Nos reunimos las tres agrupaciones para pensar una serie de ciclos, para que la gente que va al comedor no reciba el alimento y nada más. Hay veces en que no damos a basto por la falta de insumos y recursos. Pero en la medida en que podemos, seguimos terminando la biblioteca popular en el comedor La Esperanza. En el Día del Niño van a ir los muralistas Proyecto Fénix para pintar un mural junto a los a chicos del barrio.

- ¿Han considerado extender su accionar a otras disciplinas?
- Entendemos el rock como movimiento, no como género; concebimos la música como herramienta de inclusión y transformación. Es una propuesta que está pensada para aprovechar en los espacios musicales, pero llevamos adelante otras prácticas transformadoras en los destinatarios: comedores, centros para la tercera edad, hogares para chicos. Por ahí, la propuesta de acción es aprovechar al público de rock, pero sí, también incluimos folclore, reggae y música clásica. De hecho, hay colaboradores de zona sur que hicieron fechas con bandas, pero incluyeron disciplinas como el teatro y los malabares, y funcionó bien. Por eso siempre estamos abiertos y si recibimos propuestas las evaluamos.

- ¿Y no han pensado en pedir financiamiento del Estado?
- Debatimos si sacar o no la personería jurídica, lo que te da un reconocimiento en términos formales y legales y, de esa forma, las empresas o el Estado pueden financiar los proyectos. No lo descartamos, pero decidimos que en ese momento nuestra propuesta no requería de eso, nos interesaba ser “no formales”. Nos autobautizamos como una “organización no formal sin fines de lucro”. Un poco, también, con la idea de que la anarquía no es un caos, la anarquía es una forma de organización diferente, sin burocracia de por medio. Nos gusta más que sea así. Además, en este momento, no tenemos la organización interna necesaria.

- ¿Entienden esta “independencia” como un legitimador?
- No tener dinero de por medio es un plus, le da otra imagen a la organización. No sé si mala o buena, pero sabemos que todo lo que hacemos es a puro pulmón y funciona igual. Hacemos todo sin un peso, con colaboraciones de imprentas, con productoras, granitos de arena que suman. Este proyecto se puede hacer sin dinero. A veces, a los chicos que recolectan les preguntan cuánto cobran. Nadie recibe un peso y estamos ahí aunque llueva o nieve. Pero de todas formas, la integridad no pasa por el dinero que se maneje, sino por los objetivos y por la forma en la que se hacen las cosas.

Sitio web:
http://www.semiyero.org
Fotolog: http://www.fotolog.com/semiyero

martes, 22 de julio de 2008

Sebastián Ortega: “Hay que agrietar desde adentro el circuito que fagocita a la música”.-

Invadido por la música desde pequeño, el cantautor bonaerense es ahora el invasor de sus alumnos en jardines de infantes y polimodales, donde enseña el arte que mamó de su padre. Empezó a andar las estaciones de subte, juntando monedas como paga por sus canciones. Así se bancó la grabación de sus dos discos. Pero Ortega se cansó y ahora busca sonar en la radio.

Por Ailín Bullentini.

Buenos Aires, julio 22 (Agencia NAN-2008).- “Una invasión”. Así definió Sebastián Ortega al inicio de su relación con la música. “No fue decisión mía. Fue ella quien me eligió”, recordó. No tenía más de siete años cuando las melodías que su papá creaba en la guitarra “invadían” sus horas de sueño, temprano en las mañanas. Entraban en sus oídos por la fuerza, se colaban en sus poros y le provocaban “un placer en el corazón difícil de explicar con palabras”. Pasaron sólo unos años hasta que decidió dejar de ser “territorio ocupado” para ser dueño de su destino. “Me entregué a esa invasión de una forma totalmente placentera. Me fundí con esa fuerza que estaba encima mío y le di para adelante”, le relató el cantautor bonaerense a Agencia NAN.

El artista maduro que es hoy Sebastián tiene mucho de aquel niño que amanecía entre rasgueos y punteos. Es el mismo placer el que sigue llenando su corazón, sólo que eso que lo invadió cuando era pibe, luego de un camino que ya lleva más de 30 años, es hoy su estilo de vida e impregna cada uno de sus espacios: habla de música con sus hijos Gonzalo, de 9, y Paloma, de 5, y con su pareja, amigos, conocidos y extraños a quienes les regala los dos discos que tiene editados “porque sí”. Además, Ortega enseña música en dos jardines de infantes y en una escuela polimodal. Como autor, escribe canciones sobre “cosas que pueden pasar en cualquier momento de cualquier día. Siempre estás expuesto a que te pasen cosas que te movilizan”, explica. Esas canciones forman parte de los shows que ofrece cada fin de semana en bares de la zona sur del gran Buenos Aires y de Capital Federal.

La música ya no se corrió de su lado. O él no se corrió del lado de ella. Ambas premisas sirven para explicar el camino que el guitarrista y cantante construyó con el correr de su historia. Ocupó puestos de trabajo de distintas clases y tipos --desde empleado ferroviario hasta ayudante en el quiosco de su padre-- con el único objetivo de poder seguir alimentando su vocación. Hasta que decidió dejarla llenar cada espacio de su vida y tuvo que buscarle la vuelta a esto de vivir de la música, teniendo en cuenta que ofrecer sus canciones en los bares y pubs de la zona sur del Gran Buenos Aires --además de resultar “un golpe permanente a los sueños”-- no deja un rédito económico suficiente para la supervivencia.

“Estaba harto de todo lo que un artista tenía que atravesar para poder mostrar lo que hace. El circuito que ofrece este sistema busca hacerte creer que te está haciendo un favor, que el músico tiene que estar agradecido con el dueño de un bar por que le da un espacio. No hay lugar para quejas; si te gusta bien, y si no, andá a tocar al subte. Y eso fue lo que hice.”

Para ese tiempo, los conceptos aprendidos tras años y años de clases tomadas con el ex Vox Dei Ricardo Soulé y con Walter Malosetti, entre otros profesores particulares, le sirvieron para saltear varios módulos en la carrera de profesor de música. Así, no tuvo que cursar más de un año para recibir el título intermedio que lo habilitó para convertirse en docente en jardines de infantes y en instituciones de la educación básica y polimodal. Sin embargo, nunca renunció a ese “circuito fagocitador”. Para él, “la solución no es escaparse de ahí sino sobrevivir en el sistema sin que te coma vivo, buscar en lo que uno hace una beta original que genere una grieta en el sistema, desde donde poder discutirlo”.

Entonces sí, dejó de tocar en lugares cerrados por un tiempo y se fue a la vía pública, más precisamente debajo de ella. Una mañana a la semana --la única en la que no daba clases-- se levantaba temprano, se preparaba su equipo y, desde Glew, donde aún vive, viajaba en tren y subte hasta llegar a su escenario improvisado, un sector del pasillo que une las estaciones Avenida de Mayo, de la línea C, y Lima, de la A, “justo bajo el mural que muestra un Piazzolla alado”.

Durante un año y medio, su forma de pelearse con el sistema fue ofrecer su música allí, bajo tierra: “Llegaba, sacaba la guitarra, me sentaba en mi banquito especialmente comprado para la ocasión, tiraba la gorra en el suelo y me ponía a tocar hasta el mediodía”. Allí, mientras interpretaba canciones propias, de Andrés Calamaro, Los Tipitos o la Mancha de Rolando --a veces alguna de Silvio Rodríguez se colaba en el repertorio--, ofrecía Agotado, su primer “intento de” disco, como prefirió llamarlo, del que sólo realizó 100 copias y donde “quedó plasmada la crudeza de la canción y la composición como parte del proceso de formación como artista”.

Hoy ya no frecuenta los pasillos de subte y juega con todas las reglas del mercado. A principios de año, y con la ayuda de la Unión de Músicos Independientes, editó su segundo trabajo en estudios, Un corazón libre, un prolijo álbum compuesto por once canciones pop escritas y compuestas por él e interpretadas junto con un grupo de músicos amigos, entre los que figuran Ricardo Soulé, Federico Bugallo (bajista de Los Tipitos), Diego Silva (saxofonista de Chala Rasta) y Leandro Rivas (bajista de Maple Azul). Es prácticamente el mismo repertorio que saca a pasear cada fines de semana por Capital y Gran Buenos Aires.

Mientras tanto, lucha contra los grandes amigos del sistema para que, así como los dueños de los bares, le hagan favores, aunque él no lo llame de esa manera y sostenga que “no hay músico que no busque un reconocimiento comercial por aquello que hace”. De esta manera, entre su pelea para que las cadenas de radio pasen sus temas y las grandes empresas que comercializan música ofrezcan su disco entre los otros que ocupan sus bateas, Sebastián Ortega sueña con que algún día valoren su “laburo de artista”.

sábado, 19 de julio de 2008

Discos: “The Tristes” (The Tristes, 2008).-

En la cuna por excelencia del cuarteto, un periodista del principal diario cordobés armó una banda de powerpop con impronta de nuevo rock argentino de comienzos de la década de 1990, que lidera con una voz que va del registro ceratiano al homenaje a Palo Pandolfo y la carraspera de Iván Noble.

Por Luis Paz.

Buenos Aires, julio 19 (Agencia NAN-2008).- “Siento la birome sobre mí, del periodista que se muere por tocar. Basta de noticias y carteles, basta de la farsa del rock and roll”. En “Paraguay”, de Acariciando lo áspero, su segundo álbum con Divididos, Ricardo Mollo da cuenta de la existencia de una relación tormentosa entre el periodismo y el rock. También hay casos en los que, por el contrario, ambas funciones conviven. Un ejemplo es el de Eduardo de la Puente y su banda Tristemente Célebres. Pero hay otro que, alejado de la porteñidad, manifiesta una carrera pujante en el under cordobés: The Tristes, liderados por Germán Arrascaeta, periodista de La Voz del Interior.

Su homónimo álbum debut fue recientemente editado en forma independiente y autogestionada y está compuesto de once canciones bien compuestas y correctas interpretaciones, más allá de que la novedad no esté puesta en el armado de sus temas. Si bien en una primera escucha la melodía de “Putas”, el tema que abre el disco, recuerda a los Babasónicos y a Juana la Loca de comienzos de la década de 1990, el disco en general tiene el eje puesto en el powerpop, aunque no se pueden obviar las similitudes compositivas e interpretativas entre Arrascaeta y Palo Pandolfo cuando lideraba Don Cornelio y La Zona. Incluso, canta parecido.

The Tristes se formó en 2004, cuando Arrascatea disolvió La Cosa, una banda de stoner rock. Entonces, se unió a Raúl Guzmán y Ariel Elicabe en guitarras y coros, y Andrés Náñez en la batería, e invitaron al bajista Carlos Sada para las grabaciones de su disco. El tandem Guzmán-Elicabe genera ese efecto de “pared de guitarras” que buscaron la mayoría de los ingleses, desde Beatles hasta Oasis y The Coral. Apoyado en ese sonido, Arrascatea canta sobre amores y desamores, sobre el sexo y las relaciones de poder.

Por ejemplo, en “Putas”: “Y para qué querés volar si a la tierra vas a volver. Y qué pensás cuando pensás a dónde va tu tentación por esas perras, perras súper nenas. Ellas están so close, siempre so close, pero su audacia se choca con tu ego”. La voz de Arrascatea puede sonar similar a la de Rodrigo Martín en la prehistoria de Juana la Loca, pero también puede tener el arrabal de Iván Noble. En “Eclipse”, el bajo del sesionista cabalga sobre una melodía circular. Hay que aclarar, ningún tema abandona el esquema estrofa-puente-estribillo y todos están en 4 x 4. No es la experimentación lo de The Tristes, sino la crónica sobre colchones sonoros, con los fraseos del periodista en el papel principal.

“Narcisismo” se pone bien powerpop, casi punk melódico, para que Arrascatea repita su delirio bilingüe: “Yo no me siento tan down, tampoco estoy tan up”, en su registro vocal más similar a Pandolfo, y por momentos llega al de Mariano Martínez, de Ataque 77. Y en el estribillo, entra en plan Cerati, logrando buenos falsetes. Todo entremedio de un fuerte acompañamiento coral. En “Uñas” llegan al plan balada rock, con toda la angustia que supone: “Esa herida no luce bien, no hay que respirarle encima. Sinsabores dulces, licores viscosos”.

“Yo nunca cambio por cambiar, soy un camaleón sin convicciones. Y hoy la mentira es underground, es underground; la honestidad, puro simulacro”, critican en “Camaleón”. Y en “Killer Cat”, Arrascatea cuenta que, cuando entra a su casa, lo ve al gato asesino comiéndose a Stuart Little. Un poco de humor para descomprimir, sobre una melodía funk bailable. Pero enseguida le salta la ficha a Arrascatea: “Le arranca la cabeza, deglute su riñón, fiesta de papilas gustativas”, eso es lo que hace Killer Cat con el ratoncito, para luego ofrecer “su protección, pagadera en cuotas de mucho amor”. Y el periodista lo cronica con una métrica que recuerda a Los Brujos.

Las influencias no se agotan en el rock vernáculo, también hay guiños a The Replacements, Hüsker Dü y Echo & The Bunnymen. En la senda de los últimos se meten para “Diadema”, donde parecen haber invitado a Carca en violas. Los coros que Arrascatea se hace a sí mismo vuelven a traer a Pandolfo al recuerdo, pero el clima se pudre cuando arranca “Teens”, un protopunk dedicado al sexo: “Si la carne roza con la goma, la pasión desaparece. Si la carne roza con la carne, alegría al por mayor. Sabrá Dios qué intoxica más, si el puro amor o el sexo casual”. No es un gran consejo sanitario, pero suena bien.

Las melodías pop regresan hacia el final, con “Colmillos” y “Mudanzas”, donde el autor concluye que “las mudanzas cambian todo, a la vida misma y más”. Y, al fin, Arrascatea se saca las ganas que venía manifestando en todo el disco y cierra el disco cantando en ingles, en “Tenés razón”: “Can you remember my generation? All my people fought for a little bit of love”, canta en tono beat.

Concluyendo, el álbum debut de The Tristes aporta más desde las líricas que musicalmente y, aunque parece un conglomerado de influencias, pone de manifiesto la profesionalidad con la que se encaró el proyecto. The Tristes anunciaron recientemente que ya trabajan en su segundo opus. Hasta tanto, se presentarán el 4 de agosto en una feria artesanal del centro cordobés y planean participar en septiembre de un festival que organiza el DJ Andrés Oddone.

jueves, 17 de julio de 2008

Libros: “Ian Curtis/Joy Division” (Varios autores, 2008).-

Ignoto hasta hace un trienio para la mayor parte del público rockero juvenil, la figura de Ian Curtis, vocalista de la banda inglesa Joy Division y jóven martir del post punk, cobró mayor fuerza en los últimos años en base a la biopic Control y el protodocumental Joy Division. En paralelo a los estrenos, un grupo de jóvenes poetas convocados por la pujante editorial Caja Negra se entregaban a la traducción de sus canciones. Con ciertas licencias poéticas.

Por Luis Paz.

Buenos Aires, julio 17 (Agencia NAN-2008).- “Este libro no es un cancionero, es el producto de la incursión que Walter Cassara, Mariano Dupont, Roberto Echevarren, Andi Nachón y Violeta Percia hicieron en la escritura que Ian Curtis produjo para Joy Division, con el propósito de efectuar una doble traducción: la de las letras al castellano, sostenida simultáneamente por la traducción de la experiencia de la música a la escritura poética”. La explicación es muy clara desde la contraportada de Ian Curtis/Joy Division, recientemente publicado por la editorial Caja Negra en una cuidada edición que emula el formato de los álbumes triples en vinilos de siete pulgadas.

Básicamente, cada uno de los cinco coautores del libro --seis, si se incluye al verdadero autor de las obras, Ian Curtis-- seleccionó cuatro canciones de Joy Division y, con claras concesiones poéticas a la hora del trabajo, se entregó a la traducción de las líricas, sin perder el eje de que se trata de composiciones musicales.

Pero ¿por qué no un cancionero? “La fuerza expresiva de la escritura de Curtis es producto del compuesto en el que esa escritura funciona --se aclara en el libro--. Aislarla de ese sistema sería anestesiarla”. Por eso, los jóvenes poetas, que oficiaron de interpretadores más que de traductores, se dejaron afectar por la mística de las canciones de la banda emblema del post punk.

Pero el libro no se agota en las “reversiones”. Además, incluye una somera biografía de Ian Curtis, inseparable de su rol de cantante en Joy Division. Y, claro, están las letras originales de las canciones e, incluso, un apéndice que hace las veces de sumario discográfico de la banda que, tras la muerte de Curtis, mutó en New Order.

Desde elecciones obvias como “Atrocity exhibition”, “Transmission” o “She’s lost control”, hasta raras avis en el verseo poético del inglesito, como “The eternal”, “Komakino” o “Ice age”, son veinte las canciones “reversionadas” en Ian Curtis/Joy Division. Eso sí, para sorpresa de muchos, no se halla contemplada “Love will tear us apart”.

Poco resta por agregar, ya que de por sí el libro puede resultar breve y ronda casi en exclusividad sobre las canciones de Joy Division. Sólo cabe decir que se trata de una muy buena aproximación a la obra de Curtis, tanto para aquel que se ha dejado hipnotizar por la música de la banda sin haber prestado mayor atención a las líricas, como para aquellos para quienes el joven mártir del post punk permanecía ignoto. En resumen: una puerta de entrada a la épica de Ian Curtis y su banda, ofrecida con una buena calidad, más allá de ciertos desajustes subjetivos en las traducciones.

martes, 15 de julio de 2008

La FLIA, esa otra feria del libro.-

Independiente, autogestiva, autónoma, alternativa, hasta “anárquica, apasionada y agitadora”, la FLIA se consolida en cada nueva edición como un buen espacio donde hallar material literario de autores independientes, de alta calidad y bajo precio. Su octava edición se realizó el pasado domingo en una fábrica recuperada y Agencia NAN se dio un paseo por allí.

Por Esteban Vera.

Buenos Aires, julio 15 (Agencia NAN-2008).- Libros artesanales de poetas y narradores con tapas pintadas a mano, páginas fotocopiadas y tiradas limitadas fueron los elementos en común que compartieron los stands montados bajo el techo de chapas de la cooperativa IMPA, una fábrica de laminados de aluminio recuperada por sus trabajadores. Allí, el domingo se llevó a cabo la octava edición de la Feria del Libro Independiente, Autogestiva, Autónoma, Alternativa, Anárkica, Apasionada y Agitadora (FLIA), un evento cultural que permite conocer la fértil producción del under literario y que se realiza desde 2006, cada cuatrimestre, en centros culturales, asambleas barriales y cooperativas.

“Antes de 2000, había una contraferia en el predio municipal de la Ciudad de Buenos Aires que permitía darle voz a editoriales y poetas independientes que no estaban en el circuito comercial. Hace dos años, entre varios autogestionados y editoriales pequeñas surgió la idea de agruparnos y hacer otra contraferia, pero por la positiva: una feria independiente para difundir e intercambiar obras y crear más vínculos entre escritores y editores”, relató a esta agencia Matías Reck, de la editorial El Asunto y uno de los organizadores del encuentro.

En el predio hubo stands literarios colectivos, miembros de editoriales que se autogestionan y escritores independientes que editan y hacen circular sus creaciones artesanalmente. “Nos ayuda a difundir y a intercambiar nuestras obras, a relacionarnos con editoriales y escritores porteños y bonaerenses. Y si vendemos algo, mejor”, admitió Lucas Ameri, de la editorial chaqueña Cospel. “Difundir nuestros trabajos desde allá es muy difícil, por eso vale la pena viajar mil kilómetros hasta acá para participar de un evento así”, agregó, frente a la consulta de Agencia NAN por la llegada de sus libros a “la Capital”. En el espacio de Cospel, uno de los más grandes de la exposición, hubo libros y fanzines de prosa, poesía y ensayos, además de revistas literarias.

Según los organizadores, en total fueron “más de 150 puestos” en el predio del IMPA. Todos ofrecían libros artesanales, revistas contraculturales, fanzines, pósters, discos, remeras, prendedores, historietas y pinturas. También hubo lecturas en vivo, perfomances artísticas y proyecciones de cortomerajes y documentales. Entre ellos, Yerba mala, del grupo argentino Colectivo 7, acerca de la editorial cartonera boliviana que lleva ese nombre y que se sumó en América Latina a la experiencia local de Eloísa Cartonera, fundada por los jóvenes escritories Washington Cucurto, Fernanda Laguna y Javier Barilaro.

Desde la mesa de informes, Dafne Mociulsky, una escritora que vende sus obras en los colectivos de Caseros, en el partido bonaerense de Tres de Febrero, despejó dudas a los asistentes al encuentro y, de paso, aprovechó para vender rifas a dos pesos para los libros de la muestra. También ofreció unos pequeños ejemplares blancos con sus propios poemas y nouvelles, en ediciones de cartón, con tapas pintadas a mano y páginas fotocopiadas. Incluso hubo algunos más excéntricos, con diskettes o plumas de gallinas pegados sobre el lomo. "Acá, uno puede crear vínculos con otros escritores para hacer cosas en común”, aseguró Mociulsky, desde dentro de su delantal de cocina con bastones naranjas, amarillos, verdes, blancos y rojos. Según explicó, el multicolor atuendo es su “uniforme de trabajo”: allí carga “los libritos y el dinero”. En ese mismo puesto estaba “la gorra” de la FLIA. Con bastante escasa recaudación, según pudo observar Agencia NAN.

En otro rincón de la muestra, la revista THC tuvo su puesto. Allí se pudo adquirir ediciones de la publicación de la cultura cannábica, pero también aprender un poquito. Los responsables del stand se la pasaron explicándole a jóvenes prolijamente desalineados que “el principal reclamo que promueve la revista es la despenalización de la tenencia para consumo personal, la enseñanza del cultivo de cannabis para uso recreativo y medicinal, y el cese de la persecución judicial a perejiles”. Mientras tanto, en otros stands no faltaron pipas, "lillos" y humo dulce.

El de La Quetrófila, la revista literaria dirigida por la joven escritora Valeria Tentoni, a quién esta agencia entrevistó meses atrás, fue uno de los nuevos espacios participantes de la FLIA. Allí se pudieron adquirir las dos ediciones de la publicación, que ofrece cuentos cortos, ensayos, sueños de autor, poesías y una novela por entregas, tanto de escritores con trayectoria a los que se invita a colaborar, como de autores nóveles.

“Estar acá nos permite difundir la que hacemos en un espacio que reúne a otros colectivos independientes, además de mostrar en papel lo que hacemos a lectores que vienen a buscar novedades”, sumó su voz Natalia Iñíguez, de Humo Suburbano, un colectivo de artistas que habitan “del otro lado de General Paz”. Otro espacio presente fue el de Poesía Urbana, emprendimiento online dedicado a difundir literatura independiente a través de internet y otro de los organizadores de la feria: “En la primera FLIA hubo ochenta stands y más de mil visitantes; estimamos que en esta edición pasaron casi 2500 personas y que hubo el doble de stands”, arriesgó Javier Basin, de Poesía Urbana.

En el espacio de la Editorial Ananda, Agencia NAN recogió una de las pocas críticas a la iniciativa: “Falta mayor difusión para que se acerque más gente”, consideró una integrante de esa editorial, dedicada a textos de psicología, filosofía y autoayuda.

sábado, 12 de julio de 2008

Laura Piñero: “Los jóvenes están arrojados a la existencia; deben buscarse un sentido”.-

Al hablar de juventud, podríamos definir de qué sector hablamos y cuál es su rol, pero la noción tiene apenas medio siglo y, sin embargo, un movimiento de expresión político y cultural muy amplio en la búsqueda de una identidad, que en la actualidad es un collage de expresiones pasadas y se reinventa, mientras atraviesa una etapa de transición asfixiada por la capacidad de “rotular y vender” del mercado. Este sería un resumen del recorrido histórico y conceptual en el que se adentró AgenciaNAN durante la entrevista con la psicóloga, master de Estudios Culturales, y especialista en juventud Laura Piñero.

Por Nahuel Lag.

- ¿Cuál es la génesis de los primeros movimientos juveniles?
- Antes de la segunda mitad del siglo XX, las personas trabajaban desde muy jóvenes. No existía la noción de que el niño tiene que jugar e ir a la escuela, y de que el joven tiene que formarse. Está noción de jóvenes educados es muy reciente. Con esto, empezó a haber nuevos sujetos de derecho en sociedades que por mucho tiempo mantuvieron la noción de clases dominantes y dominadas. Así surgen los movimientos juveniles, feministas y, en la década de 1980, los de homosexuales. Personas que no necesariamente están identificadas con una cuestión de clase, sino que se organizan para revindicar derechos hasta entonces no reconocidos. La idea de movimiento está asociada a la irrupción en la escena social de sujetos que no tenían derecho y que empiezan a tener noción de ellos.

- ¿Está situación tiene que ver también con que los jóvenes, durante esa etapa de formación, no están adaptados al mundo laboral y eso les permite replantearlo desde fuera?
- Siempre en los movimientos tiene que haber un grado de ociosidad. Es muy raro que surjan de personas adaptadas al trabajo o al estudio, porque no hay hendijas para plantear movimientos. Siempre surgen de personas excluidas. El primer movimiento juvenil importante es el posterior a la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos, donde había jóvenes, muchos veteranos de guerra, que no estudiaban ni trabajaban, que no tenían una inserción social.

- ¿Cuál es ese primer movimiento juvenil fuerte?
- El primer movimiento es el de los beatniks*(1), que largados a las rutas, viajando en auto o a dedo, van descubriendo una identidad juvenil. Ahí surge la idea de “los jóvenes que pierden el tiempo” que angustia a los adultos. Pero ese tiempo siempre tiene un rédito en una identidad que subvierte el orden adulto, porque sin apartarse de la sociedad no hay manera de confrontar.

- ¿De qué manera confrontaban los beatniks?
- Estos jóvenes confrontaban desde el ocio, las drogas, el viaje inicial; cuestiones anti-burguesía que produjeron una reacción muy fuerte en los norteamericanos y generaron mecanismos muy fuertes de control hacia ellos.

- ¿Uno de esos mecanismos es el “pánico moralizador” que usted citó en una exposición?
- En algún momento los valores imperantes ponen un alerta al advertir que están siendo socavados. Cuando el sistema de valores está en riesgo empieza a generarse la noción de un “enemigo” que está subvirtiendo el orden. A veces se utilizan metáforas de degeneración de tejidos, de agentes externos que corroen el cuerpo ordenado y que hay que extraer como si fuese un cáncer. Así ocurrió con la teoría de la Seguridad Nacional aplicada por las fuerzas militares en América Latina y todo el tercer mundo. La represión y el discurso organicista llevaron a hacer desaparecer, literalmente, a los movimientos juveniles, que supieron ser los más masivos.

- ¿Qué ocurre con los movimientos culturales después de esa persecución y desaparición de los movimientos políticos?
- Algo que empieza a ocurrir, ya a finales de la década de 1970, con el punk es que el mercado capitalista gana los movimientos juveniles y los transforma en movimientos estéticos, no políticos. Ligándolos a la ropa, la música y aparece una nueva moral en los jóvenes, que es la moral de la máscara, en la que el sistema de señales y de ropa es muy importante en la protesta juvenil estética.

- Entonces hay dos vertientes en los movimientos juveniles…
- Hay dos fuertes raíces: una más panfletaria en el discurso y otra metafórica. La primera es la política, que surge en el Mayo Francés y tiene su réplica en América Latina y África, que no tenían que ver con lo esteticista, pero había elecciones musicales que se ligaban al folklore nacional. La segunda está ligada a la poesía, la estética, la vanguardia, como ocurre con los punks y los skinhead o movimientos herederos, como el grunge: generan estéticas desde el horror, el ruido, subvirtiendo los valores imperantes burgueses.

- Con los movimientos estéticos lo que logra el mercado es adaptarlos al sistema. ¿Por qué cosas se protesta desde dentro?
- Estas expresiones son más sutiles, más exquisitas, pero también más fáciles de ser capturadas desde los objetos o elementos propios de la identificación de los jóvenes. La estética, la ropa, aunque sea disonante, puede ser captada por el mercado como un valor, no sólo para vender sino para quitarle genuinidad al movimiento. Así, las tribus urbanas son captadas de antemano por el mercado. Por ejemplo, en el movimiento raver se utilizaban galpones como escondites y se tomaban pastillas para “mantenerse alerta”. Hoy está insertado al mercado a través de las drogas y los estimulantes.

- ¿Tiene que ver con los conceptos de “rotular y vender” que también mencionó en esa exposición?
- Cuando te rotulan socialmente terminás asumiendo una identidad, obrando en consecuencia. La rotulación tiene un impacto en la identidad de los jóvenes y genera una falta de creatividad porque la identidad tiene mucho de invención, de asumir nuevos sentidos. El mercado juega con la rotulación inamovible porque los jóvenes, cuando no tienen otros universos, la asumen. Por ejemplo, los darks tienen una caricatura estética que no les permite tolerar ningún objeto que no sea de esa tribu, obran en consecuencia de un mercado, asumen una identidad aparentemente interesante, pero termina siendo un corsé ideológico.

- ¿Así se incorporan sectores de la sociedad que estaban al margen?
- A fines del siglo XX y ahora, en el siglo XXI, se vive el gran mercado de la identidad. Se vende individualidad como en ningún otro momento. Una persona nunca tuvo tanta necesidad de individualizarse, había estructuras colectivas que lo sostenían. Te definías como tornero, como comunista, como peronista y no existía la necesidad de realizarse a sí mismo. Con la decadencia de estructuras colectivas, el individuo necesita inventar identidad y el mercado es un inventor de sentidos. Los jóvenes están arrojados a la existencia y, estratégicamente, deben buscarse un sentido.

- Pareciera que la evidencia más fuerte de la venta de la individualidad, son los productos del “salto a la fama”, los American Idol
- La idea de salvarse por un golpe mediático, de existir sólo si se es televisado, está instalada como un valor universal, pero con mayor contundencia en los sectores marginados, para quienes pertenecer al mundo televisivo es la única manera de ser respetado. Y significa exhibirse con el cuerpo, ya sea jugando al fútbol o en alguna forma de neoprostitución televisiva. El cuerpo joven es una mercancía a la que todos quieren acceder y no pueden, en está sociedad donde la belleza juvenil del cuerpo es un valor en si mismo y la vejez está vista como una anomalía, generando un mercado que vende cuerpos eternos, que vende fenómenos de lo efímero*(2).

- ¿Qué otros fenómenos de lo efímero produce esta desaparición de lo colectivo?
- Los jóvenes en las grandes capitales viven una suerte de orgía*(3), como era la romana: se juntan, se emborrachan, pero como ritual de encuentro corporal que vence la individualidad imperante. Parece que cada vez que hubo decadencia de los modelos colectivos se produjeron estas nuevas orgías. Sobre todo porque después de estás orgías anómicas surgen movimientos muy autoritarios.

- Estos encuentros corporales se refieren a festivales masivos…
- Lo que se ve es el fenómeno de las tribus*(4), en el sentido de aglomerarse, masificarse para desaparecer. Las drogas están relacionadas con estos rituales, pero no como se las lee socialmente, o sea, de destrucción masiva. Sino drogas que permiten los encuentros. Las drogas han sido funcionales a los valores de las épocas, los hippies fuman marihuana como manera de tener paz y toman ácidos para la creatividad; y en otros movimientos los utilizaban como viajes iniciativos. En la actualidad, son funcionales al interior de las tribus: para bailar más, para distenderse, para aumentar el rendimiento sexual. Estas formas de encuentro entre jóvenes son elementos no conscientes, pero es evidente que hay una búsqueda.

- Sin embargo, es difícil que no se las cuestione…
- En mi opinión, no son destructivas, no es una generación entera que se quiere destruir, son transiciones. Sí puede ser que la droga destruya a los pobres, pero eso ha pasado en toda las épocas, el paco no tiene que ver con una forma ritual de encuentro sino que tiene que ver con la pobreza y no con la droga, porque los ricos se drogan y no se destruyen. Si hubiera más consumo de droga colectiva lo tomaría como algo transicional. Si uno pudiera peinar la historia en grandes momentos, no veo que está juventud se este destruyendo, lo que puede ser es que no está metida en sentidos colectivos, está entre paréntesis.





Laura Piñero (medio) en la presentación del libro sobre inclusión social juvenil "Salir del descarte", del cual es autora como integrante de la Fundación de Organización Comunitaria (FOC)

- ¿Este paréntesis tiene que ver con que no surgen movimientos juveniles masivos desde principios de la década de 1990?
- En realidad, los movimientos artísticos que han surgido después de la caída del muro de Berlín son nihilistas y su mensaje sostiene que sólo hay que permanecer, que no hay futuro. Hasta que surjan nuevos movimientos colectivos, va a pasar una transición muy larga, si es que van a surgir.

- ¿Cuál es el denominador común de los valores juveniles de la actualidad?
- Lo que está impactando en este momento a los jóvenes de todas las clases es un valor estratégico de la vida, ya que van tomando sentidos de acuerdo a las circunstancias, analizando, y reinventando su identidad cada día. Son más estratégicos en comparación a la “vía de tren” que significaba, en otra época, tener un sentido colectivo que velaba por tu crianza. En la actualidad, se nace arrojado a la existencia y los sentidos colectivos aparecen de a ratitos. La juventud se compromete con una causa, un tiempo, pero siempre que se le asegure que podrá salir de eso, son temerosos de la hiperinclusión y el compromiso. Hacen muchas cosas colectivas pero no una sola y todo el tiempo. Y también tienen un sentido más líquido en el amor*(5).

- ¿Y cómo compatibilizan está manera de ser reinventándose con el arte, la música?
- En está generación de jóvenes que cada vez hablan menos, la música es un elemento de comunicación no verbal genial, hay una cantidad de cosas tácitas, no verbales, donde no es muy importante la palabra, que de hecho ha sido desacredita. La mayoría de los pibes desconfían de la palabra, cuando alguien tiene muchas certezas, le huyen.

- Partiendo desde la escuela de los estudios culturales, a la cuál usted adhiere, y utilizando un concepto de Jesús Barbero. ¿Qué cosas están “resignificando” los jóvenes para buscar su identidad?
- Se reinventan y resignifican todo el tiempo. Por ejemplo, si alguien pasa por una etapa fuertemente ligada a la música electrónica, quizás la concilia con tomar clases de tango y militar en un partido de izquierda, collages simbólicos impensados años atrás, porque había unidades monolíticas que no permitían estar en un movimiento y en otro, se veía como una deslealtad. A estos collages que hacen los jóvenes, Néstor García Canclini los explica como una descolección de colecciones sagradas de modelos colectivos de la modernidad para inventar nuevas. Por lo tanto, los jóvenes son restos de restos que reinventan para crear un nuevo sentido; y lo veo como una gran capacidad de creatividad. Pero lo preocupante son los 500 mil pibes que no estudian ni trabajan en la provincia de Buenos Aires, metidos en la exclusión total.

- En relación a la pobreza, quienes hacemos Agencia NAN solemos discutimos si se puede o no considerar a la cultura como un bien de necesidad básico para el desarrollo de una persona. ¿Cómo lo ve?
- Sería ideal que fuera así, pero lo que ocurre en la pobreza es que son ghettos muy aislados, están metidos en su barrio sin insumos universales, y no tienen necesidad de acceder a eso. Si no hay una madre y un padre que te enseñen que la vida está en otra parte, no es innato querer conocer lo externo, lo universal: museos, recitales, teatros, películas. Un pibe criado en una villa quizá acceda a la cumbia, a elementos de su cultura más cercana, pero para acceder a lo universal se necesita un nivel de heterogeneidad social mayor, de movilidad social, que le permita entrar a una tendencia y acceder a un trabajo, a una educación más universal. Imposibilitados, se ven envueltos en un mercado de traslado de cosas (narcotráfico, por ejemplo), donde la vida vale muy poco*(6).

- Los jóvenes con la posibilidad de acceder a ese “sentido universal” muestran una intención de salir del circuito comercial, del mercado de la industria cultural, a partir de redes en internet, blogs, fotologs, sellos independientes.
- Sí, por ejemplo, el movimiento de los sellos independientes, que tienen una institucionalidad diferente. Igual son captados, mire cómo empezó el indie, que ahora es una monstruosidad: cuando crecen, negocian con el mercado. Eso es interesante, porque se ve que en algún punto tienen que jugar con las mismas reglas. Aunque si hay más consciencia se negocia mejor.

- Entonces, ¿es positivo?
- Si bien el mercado gana terreno, no capta todo. Surgieron muchas cuestiones alternativas: revistas, publicaciones, organizaciones, redes de jóvenes, redes de información, que funciona como una minipolítica maravillosa, y en la que es muy difícil que el mercado las alcance debido a la flexibilidad que tienen. El problema es que son invisibles en los medios, pero se genera mucho movimiento alrededor de lo alternativo. ¡Y la potencia que puede tener!

* Libros recomendados por Laura Piñero durante la entrevista con AgenciaNAN: On the road (Jack Kerouac, 1957); El imperio de lo efímero, la moda y su destino en las sociedades modernas (Gilles Lipovetsky, 1990); De la orgía, una aproximación sociológica (Michele Maffesoli, 1996); El tiempo de las tribus: el ocaso del individuo (Michele Maffesoli, 2004); Amor líquido (Zygmunt Bauman, 2005); Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Cristian Alarcón, 2003).

jueves, 10 de julio de 2008

Burning Metro: “Hay un under que es todavía más under; ahí estamos nosotros”.-

Entremedio de pizzas aceitosas y balones de cerveza tirada, Francisco Negrello y Matías “Laney” Oyhandy --vocalista y violero de Burning Metro-- charlaron con Agencia NAN acerca de su tormentosa carrera, rememoraron su etapa en el circuito hardcore, analizaron qué significó haber quedado fuera de un concurso de bandas de una compañía de celulares y denunciaron cómo, luego de la masacre de Cromañón, se les complica cada vez más conseguir lugares dignos donde tocar.

Por Luis Paz.

Buenos Aires, julio 10 (Agencia NAN-2008).- Mientras juguetea con un vaso con chimichurri, Francisco Negrello piensa la respuesta a la consulta del cronista. “Es verdad, tenemos como una doble propuesta, de discos muy cuidados y shows más al palo, y eso creo que le suma matices a la banda”, arriesga finalmente el vocalista de Burning Metro. A su lado, Matías “Laney” Oyhandy junta con el tenedor las migas de una porción de pizza de muzzarella. “Igual no es que buscamos eso, nos salen temas y si nos divierten los grabamos y los tocamos, no es más que eso”, aminora. Entonces se les consulta cuáles son sus pretensiones al respecto de su música. Y allí uno cae en la cuenta de que más allá de sus conocimientos y cualidades musicales, se trata de muchachitos apenas mayores de edad: “Como Billy & Ted y los Sementales Salvajes, queremos revolucionar el mundo gracias a nuestra música”.

Dicen que están "cansados, hartos, asqueados" de que los cataloguen como math rock, que “si leyeran eso bandas que hacen math rock de verdad se querrían matar”. ¿De dónde sale esa etiqueta, entonces? “Quizás porque no nos gusta equivocarnos en vivo”, apresura Francisco. “Yo y Joaquín escuchamos esa música, puede ser por eso también”, expande las posibilidades Laney, incluyendo a Joaquín Romera, su compañero en el tandem de violas. En lo que sí coinciden es en que lo suyo es rock alternativo. “La gente se olvidó de esa palabra, pasa que lo alternativo siempre fue muy vapuleado”, recuerda el de las seis cuerdas. “El emo ocupó su lugar, pero el alterno me cabe más, tenían razón por la que vivir”, ironiza el de la garganta como instrumento.

Parece que los cuatro años que llevan tocando juntos hacen que piensen en términos de grupo. Así, juntos concluyen que “la escena musical independiente de este momento es bochornosa”, y lamentan que si bien “hay una regresión a tratar de hacer algo psicodélico, setentoso”, la mayoría de sus colegas “ponen un pedalcito y tiran un acorde y creen que con eso son psicodélicos, sin explorar un carajo”. La charla se cierra sobre el concepto de “indie”. ¿Es una moda, un género musical, una forma de vestir o una postura al respecto de la producción musical? Los tres interlocutores coinciden en que la última. “Acá el indie se toma como un estilo simple y lindo de escuchar. Nuestra idea es componer temas que nos parezcan divertidos, temas pulidos, y tocarlos. Pueden decir que eso es math rock, indie o jazz fusion, no nos importa”, se desmarcan.

“Cuando empezamos a tocar, en lo único que coincidíamos, en cuanto a gustos musicales, era en el hardcore y el punk. A mí me gusta el pop y Sinatra, a Laney y Joaquín el math rock, a Hueso (Javier José Santini, bajista) el jazz fusion y Eugenio (García Mason, baterista) no escucha ninguna banda que no tenga batero negro”, ilustra Francisco, de barba y cabello colorados. En realidad, la base rítmica es la única que permaneció durante toda la historia de Burning Metro. Quienes hablan con Agencia NAN tocan juntos “desde quinto grado, año 1997”. Obviamente, lo único que puede tocar uno en quinto grado es punk rock. Un par de años después, en 1999, nacía Maple, semilla de Burning Metro, con Hueso y Eugenio, más Nick en guitarra.

Todavía no saben de dónde salió “Burning Metro”. Sólo recuerdan que el cambio de nombre llegó con el nuevo siglo y el marco para el enroque fue la cocina de Nick, que tiempo después abandonó la banda y se fue a Estados Unidos. Ése fue el primer parate prolongado. Y difícil de sobrellevar, ya que venían metiendo fecha tras fecha en antros y bares, clubes y bolichitos, tocando con cuanta banda hardcore conocieran. “El ambiente hardcore te banca mucho y te toma cariño… hasta que te vas”, sentencia el vocalista. El violero hace memoria y, desde este presente, concluye que “esas fechas servían para aceitar a la banda pero no para mostrarnos”, porque eran “fechas fantasmas”. Para entonces, los dos ya se adjudicaban buena parte de las composiciones del grupo.

Esas fechas podían hacerlas antes de la masacre de Cromañón. Laney: “Era difícil, pero de última armabas una fecha en un lugar fantasma y listo, pero ahora no podés, te quedan lugares que te arrancan la cabeza y con suerte salís hecho con la plata de las entradas. Aparte no da estar a punto de tocar y tener que andar pensando: ‘¿llegó gente? ¡qué suerte que no voy a tener que poner plata!”.

La historia de Burning Metro es tormentosa, eso ya se ha dicho en este artículo. Pero ¿por qué? Luego de ciertos “asuntos internos” entre Nick y Laney --“luchas de ego”, según Francisco--, rearmaron la banda y, cuando tenían todo listo para editar su segundo disco, el sello desapareció y los dejó “en pelotas”. Las cien copias que hicieron de Spotlight, su primer EP, se habían agotado en una semana (“aprovechamos para decir que no íbamos a reeditarlo, porque no nos gustaban esos temas”). En 2006, cuando el sello fantasma se borró, lo editaron por las suyas. Y estaban a punto de empezar la difusión, pero dejaron de sentir ganas de tocar y la banda entró en una suerte de fade out. Las fechas en Caja Naranja, Tabaco, Remember (“todos antros”) eran sólo recuerdos de un pasado juntos, aunque nunca se separaron formalmente.

El año pasado, quizás influenciados por el regreso de Soda Stereo, a ellos también se los vio volver. En mejor forma que nunca, más aceitados como compositores y con los réditos logrado por el estudio de sus instrumentos. Pero este año tuvieron otro golpe: “Como grupo nos bajoneó mucho perder en el MotoRokr --un concurso de “bandas nuevas” organizado por Motorola--. Justo dio la casualidad de que veníamos muy pila y no nos gustó perder contra bandas que no aportan nada nuevo y se quedan en el sonido cuadrado del barrio. Yo no podía componer nada, me agarró bloqueo de compositor, y era ir a ensayar y no poder sacar nada”, admite Francisco. Pero el show debía continuar.

Con temas nuevos, aún sin letra, volvieron de a poco a los ensayos en el último mes. Ahora tienen ganas de grabar un disco en español (su primero con letras en ese idioma) y anexarle aquel segundo que nunca vio la luz más que sobre manteles en sus fechas, esas mismas donde, si bien parecen tener mucho de improvisación, en realidad no lo hacen mucho. “Intentamos que la banda sea como un relojito, pero el escenario te lleva a romper todo, tenés el factor visual, la energía entre los integrantes, la gente que se copa o no”, enumera razones Laney para sus ansias de romper amplificadores de la marca que es su homónimo de su apodo.

“Arriba del escenario hay que hacer bardo, subirse a la batería y romper guitarras son cosas muy divertidas. En la escena es como que todos están aputazados”, condena Francisco. “Hace poco mandaban un mail quejándose de que hay que pagar para tocar. Y sí, todos sabemos eso, pero con el mail no hacés nada, sin embargo esas bandas que se quedan en el indie como estética, como ropita linda y lentes, son los que trascienden”, suma su voz Laney. Enseguida, los dos parecen darse cuenta de algo: “Nuestro karma también es que no tocamos música que pueda quedar de fondo, como ambiente, no hacemos bossa nova ni canciones fáciles de digerir, entonces laburamos en el ghetto”.

¿Y cómo piensan salir del ghetto, si es que les interesa? “Convenciendo a los niños emo que escuchen nuestra banda. Así como la unidad entre alternos y El Otro Yo, hay que lograr la unidad entre emos y Burning Metro. Es un mercado grande, tenemos que conseguir el monopolio”. Cuando bajan por la escalera mecánica, el sarcasmo de sus lenguas filosas prende fuego el subterráneo.

MySpace:
http://www.myspace.com/burningmetro

martes, 8 de julio de 2008

“Cantina de amores” en el Espacio Cultural Carlos Gardel.-

Agencia NAN husmeó en la presentación de la nueva obra de la compañía teatral La Farfala, ¿y qué encontró?: una puesta original y multidisciplinaria en la que los performers salen bien parados tanto si dan vida a títeres, vuelo a las clavas o expresión a un texto teatral con eje en el malevaje de la década de 1920.

Por Sergio Sánchez. Fotografía de Carolina Gómez.

Buenos Aires, julio 8 (Agencia NAN-2008).- Si hay algo que siempre llama la atención es lo diferente. Pero, lejos de temerle, se lo debe experimentar. De otra forma, uno se perdería de una obra diferente y original como el espectáculo Cantina de amores, del grupo independiente de teatro La Farfala. ¿En qué consiste su originalidad? En que combina la performance teatral con elementos circenses, de títeres y una interesante puesta en escena ambientada en un Buenos Aires tanguero de comienzos del siglo pasado.

En una de las escenas, por ejemplo, los personajes Silvia Parranda, lookeada con un vestido rojo bien arrabalero, y Pedrito Chaleco Bianchi se lucen bailando una milonga mientras sus habilidosos compañeros se arrojan clavas por el costado de los bailarines, sin rozarlos. Todo está fríamente calculado y ensayado; cualquier movimiento erróneo podría ser producto de un golpe doloroso. Pero lejos de producir golpes, la compañía genera momentos graciosos y sorpresivos.

De esta manera, con una dosis grande de humor, Parranda, Chaleco, el "Loco" López, Jorge "Virutita" Rinaldi y el “Pichi” organizan una suerte de canto bar integrado por canciones de cumbia, melódicas y electrónicas. La curiosidad de la escena no radica solamente el contraste que genera la incorporación de géneros musicales contemporáneos sino también que, en este momento de la obra, los protagonistas son unos histriónicos títeres que López se encarga de presentar y, a la vez, de hacer interactuar con el público.

Si bien Cantina de amores no cuenta una trama a la manera del teatro clásico, sí parte de una historia dada. Y esta historia transcurre en una cantina tanguera que su dueño, el “Pichi”, popular en el mundo milonguero, heredó a sus amigos de andanzas. Es en ese lugar donde los actores Diego Asmad, Cintia Gómez, Alejandro Lancellotti, Mariano del Pozzo y Gastón Elissamburu despliegan disciplinas dispares que pasan tanto por el dominio de títeres, los malabares y el humor como por la puesta en escena teatral.

Luego de los aplausos, los actores invitaron a ver en la pantalla gigante detrás del escenario una selección de fotografías tomadas en ensayos y obras anteriores. Además, gran parte de esas fotografías, pero impresas, se muestran en las paredes del Espacio Cultural Carlos Gardel, el marco de la obra. “Lo bueno dura poco”, dicen. Y sí, los 40 minutos de la obra dejan con ganas de seguir disfrutando de un trago en esa cantina repleta de arte. Pero la despedida marca una sonrisa amplia en el rostro. Una casi tan grande como la del “zorzal criollo”.

Cantina de amores seguirá con sus presentaciones en el Espacio Cultural Carlos Gardel los sábados 12 y 19 de julio a las 20; el sábado 26 y el miércoles 30 a las 16. Y en agosto, el viernes 1, el sábado 2, el miércoles 6, el viernes 8 y el sábado 9, en todas las fechas con funciones a las 16.

sábado, 5 de julio de 2008

Capitán Fok: el auténtico electrochongo argentino.-

Tecladista de bandas de rock y pop, compartió escenario con Zeta Bosio, Martín Carrizo, Boom Boom Kid y Andrea Álvarez. Compuso teclados para proyectos folclóricos y publicitarios, y participó del tributo latinoamericano a Depeche Mode. La propuesta de Capitan Fok se centra en el electropop, con beats dance y paisajes cercanos a sus orígenes dark. A fines de 2007 editó su primer disco solista, en forma independiente y autogestionada, que ya mostró en fiestas, bares y fondas. En esta entrevista, Agencia NAN propone un acercamiento a un artista pujante dentro de la incipiente escena electropop.

Por Luis Paz.

Buenos Aires, julio 5 (Agencia NAN-2008).- Juan Pablo Malvasio toca teclados hace 15 años. Primero lo hizo en la soledad de su cuarto, sacando temas de Fito Páez “de oído”, hasta que conoció a New Order, Depeche Mode, Soda Stereo, Virus y el electropop ibérico. Su primera banda, Z80, tenía un sonido “muy depechero” y tuvo un éxito “poco más que nulo”. Luego de dos proyectos tributo a Soda, se convirtió en Capitán Fok, avatar bajo el que registró Irónico!, crónicas del amor urbano contemporáneo que lanzó en agosto en clave electropop. Desde entonces, tocó en cuanto escenario pudiera, desde las fiestas Divas & Divos, Eyeliner y ElDorado, a la peluquería Prana, pasando por la Marcha del Orgullo, el homenaje a Miguel Abuelo y hasta fondas.

A principios de siglo, se iba a peinar a Prana para los shows. Entonces, como ahora, era un musculoso simil Glen Danzig (vocalista de Misfits). Ahora, en los estertores de la primera década del Siglo XXI, dice dar más con su physique du rol: está más “punkoso”. A Fok le encanta acuñar términos. En la hora y media de charla con Agencia NAN, se despacha con “depechero”, “punkoso”, “ceratoide”, “porteñoide” y otros. Entremedio, y mientras se baja dos termos de mate en su casa-estudio, opina sobre la escena, da tips para el homemade producer y explica de dónde salió el mote que da título a esta entrevista.

- Irónico! ya tiene un año. En perspectiva, ¿qué estima le tenés?
- Tiene cosas que hoy no haría, mucha producción. Ahora estoy más preocupado en otras cosas que en tanto ornamento. Tiene que ver con que estoy escuchando cosas más indies e italo disco, artistas que son más teatrales que musicales; y con que cambié los instrumentos. Antes era muy sónico, de exploración, y ahora estoy trabajando en base al Casio, que me obliga a pensar en canciones. Antes capaz tenía un cuelgue electrónico y me mandaba un tema. Pensá que empecé a tocar teclado a los 13 y armé mi primera banda, Z80, en 1999.

- Adicta empezaba a salir del ghetto, Miranda! no existía y la importación de discos estaba a punto de acabarse por unos años. El escucha porteño no estaba preparado para el electropop.
- Claro, todo era o house o rock and roll, no había circuito alternativo, era tocar con bandas de rock and roll o en fiestas electrónicas. Me costó, pero después aprendí en la época que estaba viviendo y, si bien sigo clavado en un sonido, ahora trato de meter cosas más modernas. En ese tiempo no era vocalista, tocaba teclados. Estuvimos tres años con un éxito poco más que nulo.

- ¿Y colgaste los teclados?
- No, nos separamos y después de un año seguí con una banda tributo a Soda, en 2003, cuando era una banda retro que había muerto en 1997. Pero nos iba bien, cobrábamos por show y nos vinculamos con gente como Martín Carrizo, de ANIMAL, que nos produjo un tema, o Zeta Bossio, que vino a vernos. Después vino un flaco de otra banda tributo y me llevó. En 2004 estuve en dos bandas tributo a Soda Stereo en paralelo.

- ¿Podías sobrevivir sólo con eso? Te pregunto en términos económicos y en términos artísticos.
- No, para nada, mantenía otro laburo. Pero aprendí cosas distintas, una era más hitera y la otra más lados B, en una me tenía que preocupar por que suene todo bien y la otra era más performática, había que poner más actitud. Después nos fuimos quedando sin laburo porque la de temas propios se fue cerrando en componer y dejó de ser rentable, en términos económicos, y la otra en términos artísticos, porque me limitaban mucho porque era “muy dark”. Cuando corté con las dos me puse a armar temas que ya tenía, yo componía en paralelo.

- Y los subiste a Internet, en los albores de los sitios musicales gratuitos.
- Sí, tenían una calidad vocal espantosa pero, por la urgencia, los subí igual. Fue a fines de 2005 y recibí criticas horribles. Entonces me puse a estudiar canto. Es normal: cuando te ponés a armar algo que es tuyo te ponés más ansioso y lo querés mostrar. Hoy estoy más tranquilo porque sé dónde están mis puntos débiles y dónde no. Antes componía canciones complicadas de cantar, más para alguien que no sabe, como yo. Pero de a poco, estudiando, le agarré la mano. Y en paralelo me puse a producir a otra gente y aprendí.

- En esa época empezás a producir a Peter Pank, ¿no?
- Así es. En una época yo tocaba con Blitto Falcone y Peter me vio y me comentó que se estaba quedando sin productor. Me propuso laburar con él y tocamos muchísimo. Peter tiene una propuesta artística muy definida. Con él teloneamos a Boom Boom Kid y yo me imaginaba que nos iban a escupir. En ese momento no era la cosa emo de ahora y creí que nos iban a escupir y nada que ver. Ahora la escena alternativa es como un hardcore con brillantina. Yo no me pongo brillantina, a mí no me queda bien.

- ¿A Peter le diste la sensibilidad pop que traías de Virus y Depeche?
- Con Peter busque laburar de forma más ecléctica, el venía techno industrial y traté de meterle más disco, cosas más alegres. Él tenía una sensibilidad pop pero no la explotaba. Hacerlo cantar fue todo un tema, porque él es performer, no es cantante. Juntos tratamos de de que esto no quede en el ghetto.

- ¿Le mostrás tus canciones a gente de otro palo?
- Sí, a gente del rock y la electrónica. Y me pasa que la del rock es más receptiva, la del electro dice que “es muy canción”. ¡Y sí, es una canción, para hacerla en vivo, más allá de que sea electropop!. Yo tuve una época muy dark y también otra muy raver, de ir a Parque Sarmiento.

- Por estética, uno te alinea más con el rock que con la electrónica.
- Es algo que trato de explotar: un chabón pelado, musculoso, tiene que hacer heavy metal, es un clissé. Pero yo soy muy individual y me gustan ciertas cosas de cada cultura y las tomo, otras no. Por ejemplo, fui muy raver, pero nunca me drogué con pastirulas. También está eso de que vas a una Creamfields y lo tenés que hacer. Hay algo muy social ahí que no pasa por una decisión de uno, y yo soy de decidir por mi cuenta, más allá del medio.

- De hecho, en Irónico! te das permiso para hacer una crítica de eso.
- Me gusta hablar mordazmente de lo que veo. Por ejemplo, tengo un tema nuevo que se llama “Tengo onda”. Yo salía con alguien que laburaba en la tele y me la pasaba los findes en ese mundo, todos con lentes y bailando todos igual. Por suerte la relación duró un mes nada más, jajaja.

- En ese tema decís: “Tengo onda, escucho a Cattáneo, a Martín García, tengo un iPod, tengo onda, me pongo las gafas, pastis, pastis, pastis, gafas”. Es un cuadro perfecto…
- Escucharlos hablando así decís: “Tengo que grabarlo”. Está todo bien con Cattáneo y con Martín García, me gustan cosas de ellos, pero no me va que se consuma algo con tanto fanatismo. “Tengo onda” pasa por ese lado. Me va mejor con ese tema en lugares chicos, que se escucha bien y nos cagamos de risa. En Prana los peluqueros se morían. Yo tengo amigos “Tengo onda” pero no me gusta ser ofensivo, estoy diciendo lo que veo. Es un tema muy irónico, pero no lo tenía para el disco, lo hice a principios de este año. Irónico! lo edité en agosto, quería terminarlo y ponerme a hacer otras cosas. Lo dejé que se moviera en un circuito under independiente y me puse con esas otras cosas.

- En Agencia NAN buscamos apoyar a artistas autogestionados y mostrar posibilidades a otros que están en la misma senda. ¿Vos como laburás la composición, edición y distribución desde la independencia?
- La distribución la hago por Duck-o-homo (el sello de Fun People) porque en la fecha con BBK pegamos muy buena onda; en Roberto Sánchez, porque conocí al flaco en un recital de Azafata; y después en Prana y en Corazón Brillantina, que es una feria itinerante. Son todos lugares amigos. Si me mandaba a hacer “la gran Musimundo”, el material estaba viejo.

- Irónico! es un material contemporáneo al circuito, que todavía es incipiente…
- Y sí, en Musimundo quedaba anacrónico. En cambio mis temas nuevos, como “Devolveme mis CD’s”, son más irónicas, más mordaces incluso que las del disco, pero hablan de cosas muy concretas, historias cotidianas, comunes. Me estoy centrando en eso, en cosas que pasan. En mi caso, los CD’s que pido que me devuelvan son uno de house y uno de Depeche. Hablo también de cosas más domésticas. Hay otro que se llama “Vos me cargás porque no tengo ganas de ordenar”, que es más infantil. Son temas más costumbristas.

- Sorprende, en el sentido de que es un debut solista y, sin embargo, aborda temas universales: la vida en la ciudad, las rupturas.
- Es verdad, parece más un tercer disco de solista que el primero. El solista suele ser más autobiográfico, pero son períodos. Y también es contextual. “Tengo onda” afuera de Argentina no se puede hacer, no se entiende, lo mismo que en el Interior. Es un tema muy porteñoide. En Rosario, por ejemplo, di un show con un maquillaje tremendo y fue como demasiado raro.

- Y bueno, imaginate que venga al bar al que vas a tomar cerveza “el auténtico electrochongo argentino” todo maquillado…
- Jajaja, eso me lo pusieron unos amigos que son muy modernosos y que siempre me decían: “¿Qué venís a chongear acá?”. Un día le di un flyer a Ciro de Los Piojos y se cagaba de risa. Fue una joda entre amigos, con buena onda, y quedó. Aparte tiene gancho. De última, es mucho más revolucionario que los rockeritos exageradamente producidos que no dejan de ser nenes de papá.

- Haceles una canción, por favor, un “Tengo onda” para rockeritos.
- Sí, sí, esta ahí grabada en un demo. O sea, hay gente que dice: “Yo me visto indie”. ¿Cómo carajo te vestís indie? Debiera de ser que la ropa que usas no tiene marcas, o que te la hacés vos, o que te ponés un harapo. Se están refiriendo a una onda. Yo tenía una concepción de que lo mío es indie porque no tengo compañía y hago todo independiente, aunque sea electro, pero no me catalogan como indie. La realidad dice que para los medios y el publico el indie es eso: pelo semilargo, ropa vieja, anteojitos. Son las reglas. Hay una canción gallega que dice “Mucho indie techno pop”. Y lo que hago debe ser eso. Si aparece una discográfica tendré que evaluar cuánto me puede convenir.

- Que se apuren, ya tenés casi listo el segundo disco ¿no?
- Tengo varias canciones, pero no lo voy a hacer en estudio, lo voy a grabar entero acá. Irónico! grabé las voces en estudio pero hoy prefiero usar esa plata en comprar un buen micrófono. Aparte estoy haciendo cosas instrumentales y pensando en mandarme algo más “indie”, pero la cosa electropop me queda. En Irónico! hay mucho plug-in, también la composición a partir de elementos digitales por línea mejora la fidelidad. Usé buenos samples de bata que le dieron un hi-fi. Tenía la idea de hacer algo dance, también. Nunca pensé en meter una banda, pero en algún momento capaz lo haga.Y también estoy haciendo cosas en inglés, pero que no sé si las voy a usar como solista o si las mandaré afuera.

- ¿Cómo te las arreglas para tocar en vivo siendo solista?
- Ponele, tengo amigos bateros que quieren tocar, pero en general me gusta que haya espacio en el escenario. Los escenarios de la movida independiente no son demasiado grandes. Me pasa en Espacio Plasma, abajo, que me tengo que poner a caminar entre las sillas, las uso como pasarela, porque me gusta la cosa de que no sea el show todo el tiempo un tipo clavado en el escenario. Igual, usualmente salgo con un violero, alguien en teclas y mi hermana (Ella!) en coros, y algunas otras veces con algún performer.

- Un show de varieté…
- Claro, de golpe meto una drag queen. Igual ahora mi propuesta en vivo es un poco más punk, me pongo a romper cosas en el escenario. Estoy haciendo un cover de "Ultraviolento", de los Violadores, en clave electropop. El “Tengo onda” tengo que ver en qué entorno lo toco, porque hay lugares donde no se escucha la voz y hacerlo es un desperdicio. Me pasó en Acero, en Adrogué. Se tiene que escuchar la letra, tienen que estar prestándole atención, y no era así, era una fiesta. Esos shows me dan como para hacer algo más hardcore. En Plasma siempre me ponen a tocar con los Good times for Dynacom y ellos son como muy indies, y hacemos una noche muy trash, una vuelta se cayó un parlante, es un punkismo.

- Te queda la anécdota, que siempre sirve para difusión.
- Tengo una mejor, en Plasma, en el barcito de abajo, se me cortó la luz y seguí haciendo el show con el Casio VL-Tone y los parlantitos, eso fue fantástico. Encima me lo cuelgo como cumbiero.

- ¿Con ese tecladito hiciste 6 obras para Casio VL_Tone?
- Claro, lo hice con este Casio y una doble casetera. En 2001 estaba parando en la casa de amigos porque me había ido de la casa de mis viejos. Una tarde, aburrido, muerto de hambre, me compré dos casetes y me puse a grabar con un mic. Grababa una pista de batería, la tocaba en una casetera y por la otra tomaba el audio ambiente y sumaba el bajo. Después ponía batería y bajo y grababa por otro lado los teclados. Fue muy casero y no le di más bola. Un día lo encontré, le limpié un poco el ruido y lo subí. Tuvo bastantes downloads y lo presenté en Casa Brandon el año pasado. Eso me disparó la idea de hacer algo más básico, más low-fi para mi próximo disco.

- Ojalá que, para entonces, ya hayas recuperado tus CD’s.

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