En seis años, la ONG ya contribuyó a la reinserción social y laboral de unas 300 personas. Todo comenzó en 2003 con un proyecto dedicado a transformar algunas paredes porteñas atacadas por capas y capas de propagandas políticas en murales. En la actualidad, Arte Sin Techo ofrece talleres artísticos, recupera el sentido del cooperativismo y prepara próximas muestras junto a reconocidos artistas. Algunos artistas sin techo se animaron a una pequeña fábrica de bastidores, atriles y estampados. Y como siempre, siguen trabajando en pos de aquel objetivo esencial: ser “una forma de salir adelante, un lugar de pertenencia y una compañía para los que tienen el deseo de una vida más plena”.
Por Nicolás Sagaian
Fotografías de prensa de Arte Sin Techo
Buenos Aires, abril 26 (Agencia NAN-2009).‑ El camino de los murales los condujo hacia otra alternativa. Fue una opción más de las tantas que probaron para salir de la situación de calle, como cuando cartoneaban o trabajaban de vendedores ambulantes. Y pintando fueron dibujándose una salida, aunque la tienen que seguir luchando, tal como lo hace diariamente Quique, uno de los pintores callejeros que desde hace más de dos años participa del motor creador de esa posibilidad: la Asociación Civil Arte Sin Techo, una institución que desde el 2003 trabaja en la Ciudad de Buenos Aires con el objetivo de reinsertar a personas de la calle en las redes culturales y productivas mediante talleres artísticos. Un espacio para el arte de los excluidos. Pero además, y sobre todo, es una plataforma para que los pobres e indigentes, con su trabajo y esfuerzo cotidiano, puedan salir adelante.
De esa idea surgió la iniciativa, que comenzó en 2003, cuando Felicitas Luisi, presidenta de la ONG, llevó a cabo un proyecto dedicado a “limpiar” las paredes de la Ciudad escrachadas con propagandas políticas. Pero la limpieza no fue sólo con aguarrás y rasqueta en mano, sino con pintura y mucha creatividad, para vestir con colores poco más de 4400 metros cuadrados de muros dispersos en los barrios porteños. “Lo que se hizo fue primero una convocatoria a pintores profesionales, también una capacitación para los ‘pintores sin techo’ y desde ahí se comenzó a trabajar en esas obras, algo que todavía se sigue haciendo”, comenta Luisi mientras muestra cómo quedó terminada la decoración de “la casa” de la organización, una ex fábrica abandonada en Almagro, a pocos metros de las vías del Sarmiento.
En ese gran galpón de ladrillos a la vista, varios “sin techo”, como Quique, Víctor y Juan Carlos Núñez, encontraron un motivo para cambiar sus rutinas. Y de caminar incansablemente las calles, de dormir en la galería de algún edificio o de concurrir a centros de día para tener un plato de comida, pasaron a toparse con una posibilidad: dejar de formar parte de ese número que los señala como unas de las 5 mil personas que viven en las calles de la Capital Federal. “Esto es una forma de escaparse, una salida. Participar de cosas como estas y aprender un oficio son las claves para salir adelante, más en la situación en la que estábamos y están algunos de nosotros”, ilustró Quique, quien hace unos años se quedó sin casa y sin familia, pero de a poco va entusiasmándose con la idea de “recuperar algo de todo eso”.
Económicamente, lo que consiguen pintando los murales no es demasiado. Son poco más de 200 pesos que les otorga el Gobierno porteño. Sin embargo, tanto para los artistas sin techo como para sus coordinadores, en la experiencia obtienen mucho más: una salida laboral y una reinserción social completa. Para eso, en la organización funcionan talleres de mural, luthería, carpintería, albañilería y círculos de terapia con especialistas. “¿Qué más damos acá?”, se pregunta la presidenta de la ONG, y la respuesta surge inmediata: “Nada más. Lo que hacemos acá es quitar, sacar esa idea de asistencialismo, esa postura de dejarse estar y dejarse morir, para entregarles un lugar de pertenencia y acompañarlos en el camino con el objetivo de que puedan tener una vida más plena”, remarca.
Sin embargo, eso no es todo. Complementan ese proceso de aprendizaje y realización de talleres con muestras y ciclos como los “encuentros sin techo” de todos los viernes, donde se exhiben las pinturas, instrumentos y muebles que hacen los miembros. Con lo que pueden sacar alguna retribución adicional, aunque no sea suficiente. “De todas maneras --explica Felicitas-- con este proyecto buscamos devolverles dignidad y expectativas a futuro, algo que tendría que ser una tarea ineludible del Estado”. Por eso el dinero queda en un segundo plano y se mantiene una idea mucho más profunda: la del trabajo en conjunto.
“Nosotros tenemos el cooperativismo, no salimos a hacer política a la calle. Salimos a pintar murales, a traer gente. Otro tipo de política más realista: una que te dice que ‘eso que está tirado en la esquina no es una botella de gaseosa, es una persona a la que hay que tenderle la mano”, subraya Quique. Y así ya le tendieron la mano a muchos. Si bien el proceso de reinserción es extenso y complicado, en estos casi seis años “se reinsertaron más de 300 hombres y mujeres, que ahora tienen una herramienta más para rebuscárselas con un trabajo”.
Como a través de las muestras. “Los caminos del arte sin techo” fue la última, ocurrida el 21 de abril en el Centro Cultural Recoleta, donde ocho pintores profesionales expusieron en el Patio de Los Tilos. “Ése es un punto muy importante” para la organización, según su presidenta, ya que mediante la ayuda de personalidades del arte como León Ferrari, Ernesto Pesce, Mariano Sapia y Norberto Onofrio, entre otros, “se construye un ida y vuelta mucho más rico” entre los “sin techo” y quienes los acompañan en la enseñanza diaria y sus tareas. “Este programa ha cambiado la vida de todos los que tomaron contacto y, sin duda, trasformará a cualquiera que se acerque en el futuro”, se ilusiona la representante de la ONG.
Y de a poco ese futuro ya se va transformando para algunos. Porque varios de ellos decidieron completar sus estudios secundarios, formarse como agentes sociales o seguir cursos de cooperativismo. También cobraron mayor fuerza y se lanzaron al armado de una pequeña fábrica de bastidores, atriles y estampado. “De a poco vamos avanzando y dejamos de ser los nadie que éramos, y de paso ayudamos a otros que están en una situación complicada, como en la que estuvimos nosotros en su momento”, puntualiza Quique, al tiempo que prepara un cuadro para la próxima muestra.
Sin embargo, pese a todo ese avance, la sigue luchando: “Porque aún no hemos conseguido nada. Todavía no tenemos un lugar estable para dormir y si queremos sobrevivir tenemos que seguir haciendo changas, porque con todo esto no alcanza”, señala. Igual, todos los días lo intentan para conseguir una vida más plena.
Sitio: http://www.artesintecho.org.ar
Por Nicolás Sagaian
Fotografías de prensa de Arte Sin Techo
Buenos Aires, abril 26 (Agencia NAN-2009).‑ El camino de los murales los condujo hacia otra alternativa. Fue una opción más de las tantas que probaron para salir de la situación de calle, como cuando cartoneaban o trabajaban de vendedores ambulantes. Y pintando fueron dibujándose una salida, aunque la tienen que seguir luchando, tal como lo hace diariamente Quique, uno de los pintores callejeros que desde hace más de dos años participa del motor creador de esa posibilidad: la Asociación Civil Arte Sin Techo, una institución que desde el 2003 trabaja en la Ciudad de Buenos Aires con el objetivo de reinsertar a personas de la calle en las redes culturales y productivas mediante talleres artísticos. Un espacio para el arte de los excluidos. Pero además, y sobre todo, es una plataforma para que los pobres e indigentes, con su trabajo y esfuerzo cotidiano, puedan salir adelante.
De esa idea surgió la iniciativa, que comenzó en 2003, cuando Felicitas Luisi, presidenta de la ONG, llevó a cabo un proyecto dedicado a “limpiar” las paredes de la Ciudad escrachadas con propagandas políticas. Pero la limpieza no fue sólo con aguarrás y rasqueta en mano, sino con pintura y mucha creatividad, para vestir con colores poco más de 4400 metros cuadrados de muros dispersos en los barrios porteños. “Lo que se hizo fue primero una convocatoria a pintores profesionales, también una capacitación para los ‘pintores sin techo’ y desde ahí se comenzó a trabajar en esas obras, algo que todavía se sigue haciendo”, comenta Luisi mientras muestra cómo quedó terminada la decoración de “la casa” de la organización, una ex fábrica abandonada en Almagro, a pocos metros de las vías del Sarmiento.
En ese gran galpón de ladrillos a la vista, varios “sin techo”, como Quique, Víctor y Juan Carlos Núñez, encontraron un motivo para cambiar sus rutinas. Y de caminar incansablemente las calles, de dormir en la galería de algún edificio o de concurrir a centros de día para tener un plato de comida, pasaron a toparse con una posibilidad: dejar de formar parte de ese número que los señala como unas de las 5 mil personas que viven en las calles de la Capital Federal. “Esto es una forma de escaparse, una salida. Participar de cosas como estas y aprender un oficio son las claves para salir adelante, más en la situación en la que estábamos y están algunos de nosotros”, ilustró Quique, quien hace unos años se quedó sin casa y sin familia, pero de a poco va entusiasmándose con la idea de “recuperar algo de todo eso”.
Económicamente, lo que consiguen pintando los murales no es demasiado. Son poco más de 200 pesos que les otorga el Gobierno porteño. Sin embargo, tanto para los artistas sin techo como para sus coordinadores, en la experiencia obtienen mucho más: una salida laboral y una reinserción social completa. Para eso, en la organización funcionan talleres de mural, luthería, carpintería, albañilería y círculos de terapia con especialistas. “¿Qué más damos acá?”, se pregunta la presidenta de la ONG, y la respuesta surge inmediata: “Nada más. Lo que hacemos acá es quitar, sacar esa idea de asistencialismo, esa postura de dejarse estar y dejarse morir, para entregarles un lugar de pertenencia y acompañarlos en el camino con el objetivo de que puedan tener una vida más plena”, remarca.
Sin embargo, eso no es todo. Complementan ese proceso de aprendizaje y realización de talleres con muestras y ciclos como los “encuentros sin techo” de todos los viernes, donde se exhiben las pinturas, instrumentos y muebles que hacen los miembros. Con lo que pueden sacar alguna retribución adicional, aunque no sea suficiente. “De todas maneras --explica Felicitas-- con este proyecto buscamos devolverles dignidad y expectativas a futuro, algo que tendría que ser una tarea ineludible del Estado”. Por eso el dinero queda en un segundo plano y se mantiene una idea mucho más profunda: la del trabajo en conjunto.
“Nosotros tenemos el cooperativismo, no salimos a hacer política a la calle. Salimos a pintar murales, a traer gente. Otro tipo de política más realista: una que te dice que ‘eso que está tirado en la esquina no es una botella de gaseosa, es una persona a la que hay que tenderle la mano”, subraya Quique. Y así ya le tendieron la mano a muchos. Si bien el proceso de reinserción es extenso y complicado, en estos casi seis años “se reinsertaron más de 300 hombres y mujeres, que ahora tienen una herramienta más para rebuscárselas con un trabajo”.
Como a través de las muestras. “Los caminos del arte sin techo” fue la última, ocurrida el 21 de abril en el Centro Cultural Recoleta, donde ocho pintores profesionales expusieron en el Patio de Los Tilos. “Ése es un punto muy importante” para la organización, según su presidenta, ya que mediante la ayuda de personalidades del arte como León Ferrari, Ernesto Pesce, Mariano Sapia y Norberto Onofrio, entre otros, “se construye un ida y vuelta mucho más rico” entre los “sin techo” y quienes los acompañan en la enseñanza diaria y sus tareas. “Este programa ha cambiado la vida de todos los que tomaron contacto y, sin duda, trasformará a cualquiera que se acerque en el futuro”, se ilusiona la representante de la ONG.
Y de a poco ese futuro ya se va transformando para algunos. Porque varios de ellos decidieron completar sus estudios secundarios, formarse como agentes sociales o seguir cursos de cooperativismo. También cobraron mayor fuerza y se lanzaron al armado de una pequeña fábrica de bastidores, atriles y estampado. “De a poco vamos avanzando y dejamos de ser los nadie que éramos, y de paso ayudamos a otros que están en una situación complicada, como en la que estuvimos nosotros en su momento”, puntualiza Quique, al tiempo que prepara un cuadro para la próxima muestra.
Sin embargo, pese a todo ese avance, la sigue luchando: “Porque aún no hemos conseguido nada. Todavía no tenemos un lugar estable para dormir y si queremos sobrevivir tenemos que seguir haciendo changas, porque con todo esto no alcanza”, señala. Igual, todos los días lo intentan para conseguir una vida más plena.
Sitio: http://www.artesintecho.org.ar