lunes, 28 de septiembre de 2009

Libros: “Las grietas de Jara” (Claudia Piñeiro, 2009).-

La autora de la novela que inspiró La viuda de los jueves (que se puede apreciar en los cines) retrata en su cuarto título un matrimonio en descomposición, la rutina laboral de un padre de familia y la paranoia de una madre.

Por Facundo Gari

Buenos Aires, septiembre 28 (Agencia NAN-2009).- La teoría de los seis grados de separación bien se podría aplicar a los campos de la producción artística. Por ejemplo, cruzando el literario con el cinematográfico, es posible alcanzar un punto de encuentro entre Las grietas de Jara, la nueva novela de Claudia Piñeiro, y La pregunta de sus ojos, la más reciente de Eduardo Sacheri, ambas editadas por Alfaguara. El recorrido es simple: Piñeiro es la autora, además, de Las viudas de los jueves, título que se puede hallar también en las carteleras en la adaptación del director Marcelo Piñeyro. Haciendo a un lado la coincidencia fonológica y la posible sinonimia de los apellidos, se deberá seguir por señalar que Piñeyro, el cineasta, comparte con su par Juan José Campanella la enfática estima de los críticos, que no pocas veces los han señalado como los máximos exponentes del cine argentino actual. Si la apreciación resulta demasiado capciosa, simplemente se podrá decir que Las viudas… está en el cine al mismo tiempo que únicamente otro film realizado sobre la base de una novela argentina: El secreto de sus ojos, precisamente de Campanella, basada --y aquí se llega al otro extremo de la premisa-- en La pregunta…, de Sacheri. Para saltar toda esta parafernalia, se podría trazar una similitud más directa y esencial entre una y otra producción literaria: la impunidad de quienes contrarían la Justicia.

Las comparaciones se pueden establecer, además, retrospectivamente, sobre la obra de un mismo autor: en Las viudas de los jueves, los muertos flotan; en Las grietas de Jara, el cadáver yace bajo tierra, sin ceremonia previa. Se puede incluso señalar que mientras en la primera Piñeiro se sitúa en el luto marital de la mujer, en Las grietas… se sitúa en el del hombre, aunque sea el matrimonio el que esté en descomposición, como la vida en tanto condena, en tanto suplicio rutinario de penas y alegrías repetidas. Aquí, Pablo Simó (arquitecto, 45 años, padre de una adolescente Francisca, esposo de Laura, empleado de Borla en el estudio Borla y Asociados, admirador secreto de su compañera Marta Hovart) es el tipo con las bolas llenas, que aún no sabe que las tiene llenas o, más bien, no se puso a pensar qué hacer para dejar de tenerlas así.

La crisis laboral y afectiva parece sólo suspenderse mientras Simó garabatea en su oficina un edificio que sabe que su jefe nunca aprobará. Lo dibuja como lo hizo mil veces, con la misma cantidad de ventanas, la misma altura, la misma proyección en su cabeza: lo hará, algún día lo hará, se miente. De su casa al trabajo, de allí al café y de vuelta a casa, transcurren sus días rutinarios. Hasta que Leonor, una joven de unos 25 años, se aparece en el estudio y pregunta si alguien conoce a Nelson Jara, ese vecino que tiempo atrás reclamó por una grieta en la pared de su departamento y que terminó muerto, enterrado bajo el edificio que ahora ocupa el estudio.

Mientras todos los involucrados en la desaparición de Jara se mantienen alerta ante la aparición de Leonor, Simó la utiliza para replantear su vida, la relación con su hija --que en una escena es descubierta por su madre dándole un beso en la boca a una compañera, lo cual desata la paranoia de Laura--, el desmoronamiento del matrimonio, la relación con su jefe –-que nunca lo asoció al estudio— e indagar en la historia de Jara, ese hombre enigmático, de zapatos feos, grotesco, que aún le parece familiar: lo que sale a la luz es también una grieta, la que hasta entonces Pablo ocultó detrás de un cuadro bonito de familia unida y hombre económicamente estable.

Entre el suspenso y el trhiller, la nueva novela de Piñeiro goza de los aciertos de su antecesora: los ambientes, los paisajes y los personajes se aproximan tanto al lector que la trama se vuelve verosímil. Pero, a diferencia de Las viudas…, el final de Las grietas… deja un sabor precipitado, ansioso, que no logra digerirse al compás impuesto por los primeros tres cuartos de libro. Tal vez esa indefensión termine por reforzar un sentimiento de impunidad, que corre de un empujón al lector, lo aleja del personaje y lo deja solo, con su grieta descubierta.
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