domingo, 31 de mayo de 2009

Represión policial en un centro cultural porteño (otra vez).-

Los participantes del Centro Cultural La Sala, cuyo trabajo está relacionado con el de la Huerta Orgázmica desalojada de Caballito, irán a la Justicia para denunciar la “represión policial” que acabó en “el ingreso sin orden de allanamiento, destrozos y detenciones sin motivos” a 21 personas, algunos miembros del proyecto cultural, otros periodistas y otros simples curiosos. Además, aseguran que en el ingreso de Infantería y la Federal al espacio, ocurrido hace poco más de una semana, “patearon hasta a una chica embarazada”. Los damnificados sostienen que se trata de una forma de combatir a “la cultura que no está mercantilizada, como quiere el PRO”.

Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Sandra Cartasso

Buenos Aires, mayo 31 (Agencia NAN-2009).‑ A casi 26 años del día en que la última dictadura militar abandonó el sillón presidencial que ocupó por más de un lustro, suceden cosas que, de un cachetazo, demuestran que algunas prácticas de aquellos tiempos siguen vigentes: cerca de 60 miembros de Infantería y la Policía Federal irrumpieron “sin orden de allanamiento” en el Centro Cultural La Sala, de Caballito, “revolvieron y rompieron, golpearon” a sus integrantes y a varios los mantuvieron detenidos. Poco más de una semana después, y luego de solicitar públicamente la renuncia del jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, las víctimas de los ataques querellarán por “torturas” a la Policía Federal: "No vamos a dejar esto en manos del Poder Judicial. Queremos acusarlos de frente, sin intermediarios", explicó María Muñoz, la abogada que los guía a la hora de llevar la denuncia a los pasillos legales, ante la decisión de desistir a realizar una denuncia y mantener el tema en sus manos.

“Si nos quedamos en la denuncia, las cosas son mucho más lentas siempre. Y además nos arriesgamos a tener menor participación en el proceso. Con la querella somos nosotros, son las propias víctimas las que exigen a la Justicia que se mueva”, explicó Muñoz. En términos judiciales, mientras que una denuncia es el acto de notificar a la Justicia de la existencia de un delito, la querella es la solicitud formal para que se investigue, se conozca y se sanciones a los responsables de la comisión de ese delito.

Pero, ¿cuál? El martes 19 de mayo por la tarde, mientras efectivos de Infantería y de la Federal intentaban desbaratar, a los palazos, a un grupo de jóvenes que manifestaban su repudio al desalojo del terreno de la agrupación Huerta Orgázmica --realizado el día anterior por la Unidad de Cuidado del Espacio Público porteña (UCEP)-- manchando con bombas de pintura la fachada del CGP N° 6 de Caballito, otro grupo de uniformados llegaban al Centro Cultural La Sala -- emparentado con el espacio desalojado-- donde ingresaron, sin una orden judicial, para destruirlo y llevarse a varios de sus integrantes detenidos.

Son más de 40 testigos, entre las propias víctimas de la violencia policial, vecinos y personas que caminaban en ese momento por el lugar, los que fundamentarán la querella que los representantes del centro cultural presentarán ante la Justicia en contra de la Policía Federal por los destrozos que realizaron en la casa donde funciona el centro, los golpes y las amenazas que propiciaron a las personas que se encontraban allí adentro y el arresto de alguno de ellos y de personas que caminaban por la calle “que las detuvieron por tener pinta parecida a la nuestra”, comentó Julián Stoichkov, integrante de La Sala.

El operativo contó con cerca de 60 efectivos, entre uniformados y civiles, que llegaron en cuatro camiones de Infantería, cinco patrulleros y dos cuatriciclos. Los camiones cortaron el tránsito de Avellaneda, donde se ubica el centro cultural, entre Hidalgo y Onorio Pueyrredón, mientras que los efectivos que viajaban en ellos permanecieron en la calle, sirviendo de apoyo a los policías que se encargaron del trabajo más sucio.

En el Centro Cultural La Sala, que nació hace 10 años, funciona una biblioteca popular, talleres gratuitos de yoga, capoeira, portugués, plantas medicinales, compostura y confección de calzado y serigrafía; y al menos cuatro cooperativas --de venta de artículos de limpieza, imprenta, fotoduplicadora y serigrafía-- con las que sobreviven unas 20 personas y sus familias: “No es una vivienda. A veces se quedan chicos a pasar la noche, pero no es la casa de nadie”, comentó Julián.

Instantáneas de la represión

“Sentimos las patadas en la puerta. Le dieron tan duro que la abrieron”, explicó Federico Keitelman a pocas horas de la irrupción policial en el centro. No despegaba la vista de la puerta rota, no pestañeaba. Recordaba que mientras algunos de los chicos y chicas recibieron con las manos en alto a los efectivos, otros huyeron hacia la terraza, por miedo. “Una de las chicas que subió está embarazada y no quería que le pegaran”, justificó, sin necesidad de hacerlo.

En simultáneo a los golpes a la puerta, otros policías “amedrentaron al vecino diciéndole que había delincuentes muy peligrosos en las cercanías. Subieron hasta su terraza y de ahí a la de La Sala”, apuntó Julián, que aseguró una y otra vez que la actitud de los integrantes del centro fue pasiva. “No les importó. Los obligaron a tirarse al suelo y ahí los patearon, incluso a la chica embarazada”. Martín, su compañero, terminó tres días internado por intentar defenderla: “Lo llevaron y en la comisaría empezó a orinar sangre. Lo llevaron al Durand. Tenía los riñones destrozados de las patadas que le dieron”, agregó Stoichkov.

Los golpes y los arrestos también sucedieron fuera del centro, en las calles aledañas. “Había un montón de cana. Los perseguían y los agarraban como si estuvieran cazándolos”, deslizó Ignacio Nardín, un adolescente que espectó todo desde el balcón del departamento donde vive, frente a La Sala. Julián utilizó la misma metáfora: “Fue una cacería. Se llevaron a 15 integrantes detenidos. A la mayoría los agarraron adentro, a otros en la calle, mientras intentaban escapar”.

Finalmente, la lista de detenidos ascendió a 21, entre los que figuraron un periodista de FM La Tribu, un joven de otro centro cultural porteño y que estaba filmando el operativo, un muchacho que volvía de jugar a la pelota con amigos y a una chica que intentaba asistir a uno de los integrantes de La Sala desmayado.

Sobre el asfalto quedó tirado varios minutos Héctor Mendizábal, inconsciente. La tarde anterior había participado de las actividades que se llevaron a cabo en repudio por el desalojo a la Huerta Orgázmika, un proyecto del que participaban algunos miembros de La Sala, en Rojas y Bacacay, a unas 15 cuadras del centro.

Héctor se desvaneció producto de la asfixia que le provocó el precinto de seguridad que los policías le colocaron en el cuello. “Como faltaban esposas a muchos chicos los maniataban con cables y precintos de plástico. A Héctor le pusieron uno en el cuello, con el que sostenían un palo que le atravesaron en la nuca, del que lo arrastraban. Lo ahogaron. En el hospital constataron las marcas que el precinto le dejó”, figuró Julián. Tras ser asistido en el Durand, fue trasladado a la comisaría 11° con los demás detenidos, por el delito de “atentado y resistencia a la autoridad, daños y lesiones”. Todos fueron liberados en el día.

Un modus operandi conocido

La violencia propiciada por las fuerzas de seguridad estatales esa tarde, y que conforman la querella por torturas, no se termina en los golpes, las detenciones y el ingreso de prepo y sin orden judicial al centro cultural. A todo aquello hay que sumarle los destrozos a la biblioteca popular que funciona en La Sala y el robo de dos cámaras fotográficas y una mochila. A la distancia, Julián analiza los hechos junto con el desalojo a la Huerta Orgázmica y a otros operativos similares que tuvieron lugar desde que Macri asumió como jefe de gobierno Porteño: “Las medidas que tomó y toma el gobierno de Macri son un mensaje claro e indudable a las personas, en su mayoría jóvenes, que participan en proyectos como la huerta o el centro. Que se realicen actividades gratuitas y que se mantengan proyectos de manera autogestionada es algo que no cabe dentro del sistema de cultura mercantilizada que propone la gestión PRO. El gobierno no ve razón de que algo exista si no da rédito”, opinó.

La querella, elaborada con la colaboración de la Coordinadora contra la Represión Policial (Correpi) llega luego de una movilización que los integrantes, junto con organizaciones de Derechos Humanos --Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, entre otras-- y otros centros culturales porteños hicieron frente al Ministerio de Ambiente y Espacio Público el día después de los destrozos. Al cabo de la manifestación, realizaron una conferencia de prensa orientada principalmente a denunciar a la UCEP, fuerza que el Gobierno utiliza para aplicar los desalojos en el territorio y que actuó en el de la huerta, “y repudiar el accionar patotero de sus miembros”, remarcó Muñoz.

Además, obtuvieron el apoyo de algunos legisladores porteños como Liliana Parada (Igualdad Social), que se presentó en la comisaría 11º para exigir la liberación de los detenidos y exigió ante la Legislatura porteña la interpelación del subsecretario de Espacio Público porteño, Eduardo Villar, para que dé explicaciones por el accionar de la UCEP en el desalojo de la huerta. En un comunicado, denunció que “detuvieron a gente que se encontraba a diez cuadras de los hechos y sin orden judicial, rompieron la puerta de un lugar privado”.

"Nadie sabe contestar sobre las facultades que tiene la UCEP. Este tipo nunca aparece cuando se le pregunta por esa patota, cosa que está dentro de sus responsabilidades. Esto demuestra que se trata de una fuerza parapolicial que responde a gente más poderosa que este funcionario", disparó Muñoz.

Que a las fuerzas de seguridad estatales no les tiemble la mano a la hora de utilizar los mismos mecanismos que aplicaban las fuerzas militares en la última dictadura sólo se entiende evaluando los resultados: el miedo se apoderó de La Sala, se siente en el aire, vuelve pesado el ambiente. La abogada de los jóvenes aseguró que “el hostigamiento es permanente" y los chicos temen al desalojo del lugar más que a nada. No están jugando limpio en ninguna parte de la ciudad. Y tampoco se mueven con argumentos coherentes. No les interesa demasiado justificar lo que hacen. “Si desalojaron la huerta con excusa tonta del dengue, que además no es verdadera, ¿por qué se van a preocupar por encontrar una razón así de tonta para hacer lo mismo con La Sala?”, se preguntó Julián.

La semana pasada recibieron un llamado anónimo de alguien que los alertaba de un nuevo allanamiento. Frente a la duda, acamparon en el lugar. Muchos compañeros de otros espacios se acercaron a expresar su solidaridad. En tanto, se pusieron en campaña para que un escribano público se acerque al lugar y constate en actas el estado del centro y de los bienes que hay ahí adentro. "El miedo es a que la policía se meta de civil y haga cualquier cosa. Que planten armas, explosivos, que sigan lastimando a personas porque sí", recalcó Muñoz.
Centro Cultural La Sala: http://cclasala.blogspot.com

sábado, 30 de mayo de 2009

Discos: “En el aire” (Attomo, 2008).-

El segundo EP del cuarteto de Adrogué logra el cometido de hacer manifiestas sus influencias al ocultarlas, pero queda en deuda con la potencia que sí tienen en vivo. No obstante, el resultado está más logrado que su antecesor y los arreglos de teclas y cuerdas son precisos para el género, esta vez mucho más.

Por Luis Paz

Buenos Aires, mayo 30 (Agencia NAN-2009).‑ En el aire es el segundo EP de Attomo, una banda formada en 2004 en Adrogué y cuyo estilo no es preciso adelantar todavía, sino que se reconstruirá en todo este artículo. Pero es, también, uno de los pocos discos de corta duración que alcanzan el objetivo de mostrar las influencias del grupo escondiéndolas. Es que ellos --Leandro Guido en voces; Gabriel Gardeazábal en bajo, programaciones y coros; Julio Baca Paunero en guitarras y sintetizadores; y Guillermo Gardeazábal en batería y programaciones-- dicen que en su música aparecen referencias a Beatles, Floyd, Dylan, Bjork, Massive Attack, Chemical Brothers, Babasónicos y Cerati. Y es cierto. Pero lo bueno, de nuevo, es que eso no esté tan claro, que no sea obvio.

Su propuesta base es cruzar las sonoridades “orgánicas” (parches, cuerdas, gargantas y cables) con otras “tecnológicas” (teclados, programaciones y sintetizadores), si es que una batería no es en sí una tecnología, claro. Sobre esos ingredientes fundamentales construyen una identidad que les puede ser adjudicada como propia más allá de ciertas reminiscencias a contemporáneos como las canciones electropop de Intima y las baladas de teclado de Emmanuel Horvilleur. Y el agregado para la puesta en escena, para el show en vivo, es la estructura audiovisual que los acompaña y complementa, que si bien no es novedosa en su completitud, sí es cierto que aparece más como una expresión en sí misma que como un artilugio para generar emociones sobre el escenario.

En el aire tiene un sonido más crudo, lo que en realidad responde a un estadio más logrado de la búsqueda del sonido propio. Hay mayor sutileza que en Simple, aquel primer maxisingle que les abrió puertas en el Conurbano Sur y los tablados porteños. Eso está logrado principalmente por una composición más adecuada para el género en el que ellos se inscriben: el pastiche del “indie rock”. Que aún son artistas autogestivos es indudable desde que este segundo EP es un nuevo lanzamiento independiente. Pero más que “indie rock”, hacen rock con una importante dosis de pop electrónico y posmodernidad. Y allí es donde, ahora sí, las guitarras y programaciones apuntan de lleno, con arreglos eficaces.

En última instancia, Cerati y Spinetta están más presentes en las líricas de canciones como “Besos” (“Jugando a la farsa de la obviedad, te adentraste en mí”) o “Entre mis grietas” (“De flores que secan las hojas del viento y vine a ver cómo te trataba el tiempo”). “Dónde vas” se acerca a una cruza entre la música para videojuegos --quien haya jugado al Megaman X encontrará melodías que suenan familiares-- y climas post punk distorsionados por la amabilidad.

“Años luz” tiene segmentos propios del hardcore melódico tocados con lentitud, incluso líneas vocales interpretadas desde esa escuela. “Agua” tiene la densidad del electropop oscuro de comienzos de esta década (rastrear las canciones de desamor de los Adicta). Y “Destripando” oculta aquellas baterías entreveradas del trip hop y esas guitarras semiacústicas del rock de garage más blando.

Sin embargo, el disco no termina de lograr uno de sus cometidos: a la mezcla le falta la potencia suficiente como para invitar al baile, se queda en el concepto de canciones de fogón. Pero eso se resuelve fácilmente: viendo a Attomo en vivo.

* Attomo sigue presentando En el aire el sábado 20 de junio a las 21 en María Castaña, San Miguel, provincia de Buenos Aires.

Sitio:
http://www.attomo.com
MySpace: http://www.myspace.com/attomo

jueves, 28 de mayo de 2009

Chicos Rodando: una perspectiva completa de La Cava.-

“Queremos mostrar que no somos peligrosos, que estamos en peligro”, afirman los realizadores de un documental realizado por niños y jóvenes de la villa de San Isidro. Y continúan: "No vamos a negar que la basura y la droga existen en la villa, pero haceremos hincapié en las historias silenciadas". Se trata de un proyecto encabezado por la Asociación Civil Empleo Joven que busca financiamiento para llegar a las salas de cine de todo el país con una mirada completa sobre la vida en la marginalidad.

Por Nic0lás Sagaian
Fotografía de Bernardino Ávila, gentileza de Fotografía-Página/12

Buenos Aires, mayo 28 (Agencia NAN-2009).- Los angostos pasillos de La Cava están impregnados de miles de historias, pero muchas de ellas no se conocen. No son comentadas en los grandes medios de comunicación las propuestas y proyectos de los jóvenes para sacar adelante al barrio ni los trabajos que desarrollan desde hace años. "La delincuencia, la violencia y la drogadicción" son las bases sobre las que se construye el retrato más visible, aunque está a la vista que no es la única realidad. Por eso, con la idea de contar “ese otro costado”, un grupo de pibes de la villa más empobrecida de San Isidro llevará adelante la producción y filmación del documental Chicos Rodando, como una forma de canalizar todas las inquietudes de los jóvenes del barrio y para permitirles que impongan en imágenes su propia visión de La Cava.

“Con todo lo bueno y todo lo malo, tratando de sortear los miles de muros simbólicos que aíslan, discriminan y excluyen a los pibes por ser pobres y vivir en el barrio”, sostiene Josefina Chávez, coproductora de la filmación y presidenta de la Asociación Civil Empleo Joven (Acej), que brinda apoyo y asesoramiento a los chicos para la realización del documental, ideado a principios de año desde un taller de comunicación que se lleva adelante los sábados en la villa. Allí, desde hace cinco años, con idas y vueltas, participan alrededor 30 chicas y chicos de entre 15 y 21 años, protagonistas centrales del documental, la investigación y la toma de imágenes: “Queremos mostrar que no somos peligrosos, que estamos en peligro”, afirman.

Para eso salen a recorrer los pasillos, desde la entrada hasta los lugares “más duros” de La Cava, con el objetivo de retratar “todos los aspectos en los que se ven vulnerados, para luego difundirlo y salir a buscar explicaciones y respuestas u opiniones, tanto entre vecinos del lugar como ante algunos funcionarios”, explica Chávez. Y de a poco lo van logrando. Aunque recién la recopilación y la edición de las filmaciones estará lista para agosto.

-- ¿Por qué surgió la idea de hacer un documental acá?
-- Porque a principio de año los chicos estaban enojados y sensibilizados por cómo los catalogaban los medios y lo canalizaron pidiendo un espacio de comunicación en uno de los talleres que venimos haciendo hace cinco años. Surgió como una idea mediante la que pretenden mostrar su realidad y evidenciar que tienen proyectos y quieren desarrollarse. Es decir, tienen muchas ganas, demasiadas, aunque también vemos que existen infinidad de condicionamientos que les complican su desarrollo y por eso, a veces, terminan cayendo.

-- ¿A qué se refiere?
-- Son varios los pibes que por todos esos condicionamientos simbólicos y físicos, léase discriminación o falta de recursos, terminan dejando la escuela, cayendo en la droga y en el delito. Pero ese ambiente lamentablemente tiene que ver con cómo viven. Porque quieran o no, los chicos siempre tienen alguien cercano con esas problemáticas. Y eso es lo que el documental también va a intentar contar y debatir. Remarcando que ese costado no es el único que conforma a La Cava: no todo es droga y delincuencia acá.

-- Es decir que van a buscar romper con ese discurso que está muy afianzado en la sociedad que iguala al pobre con el vago o el delincuente...
-- Claro, pero mostrando toda la realidad. No vamos a negar que la basura y la droga existen en la villa, pese que vamos a hacer hincapié en las historias silenciadas producto de distintos discursos que están instalados. Acá hay miles de chicos y pibes que laburan todo el día y nadie dice nada. Salen a cartonear y en 15 horas sacan 20 pesos ¿y de eso quién habla? Con el documental se van a contar esas historias, por ejemplo. Con la idea de que en un punto todos vean que es posible intentar salir adelante y cambiar la realidad. Es un camino que tranquilamente se puede transitar.

-- ¿Y cómo harán para reflejar esa realidad de La Cava, sin caer en el discurso de los medios y por ejemplo, la imagen muy usada del pibe descalzo en el barro o jugando en la basura?
-- Es que no vamos a caer en las imágenes sin contenido. En algún punto vamos a mostrar la droga y la pobreza, porque forman parte de la realidad de La Cava. Pero los chicos van a hacer un análisis mucho más amplio de lo que filmemos, no vamos a mostrarlas porque sí. Para eso en los talleres se van preparando la estructura argumental del documental, las entrevistas, el guión y las discusiones sobre el armado se van a seguir dando hasta la etapa final.

-- ¿Cuál es la experiencia que tuvieron hasta el momento?
-- Muy positiva. La verdad es que los chicos están llevando a cabo el documental casi sin ayuda y los vemos muy comprometidos, trayendo informaciones, ideas, vivencias y pensando todo el tiempo en contenido para darle forma al documental. También, en los talleres que hacemos los sábados, analizan cómo los reflejan los medios y plantean esta discusión: por qué no brindan recursos para leyes de promoción e inclusión de los pibes en lugar de reproducir un discurso que piensa encerrarlos desde los 13 años.

-- En esa estigmatización constante de los habitantes de la villa, ¿qué tan difícil es problematizar la pobreza?
-- Bastante, porque ellos viven cotidianamente eso. La vida de estos chicos es la estigmatización cotidiana. Salen del barrio y son apuntados porque la pobreza está criminalizada. Dentro del barrio a veces pasa lo mismo y es un tema que por los discursos mediáticos, políticos y sociales es muy complicado de tratar. Quizá lo digo en palabras muy universitarias, pero lo que ellos están planteando o lo que pretenden lograr es la redistribución del ingreso, cambiar la realidad. Están planteando tener la posibilidad de igualdad y piden a gritos que le den las mismas oportunidades. Eso se ve en el documental, por lo menos en el corto que fuimos filmando.

-- ¿Cómo consiguieron los recursos, las cámaras o plata para rodar?
-- En primera medida nos está ayudando la productora Urko Films, que nos está prestando algunas cámaras, pero en realidad estamos haciendo todo a pulmón. Los recursos los vamos sacando un poco de nuestra organización y también tratamos de no generar mucho gasto. De todas maneras, estamos apostando a que nos pueda salir un financiamiento a través del Incaa, exclusivamente para el rodaje y el documental, que luego de presentar un proyecto hace algunos meses al parecer podríamos conseguirlo.

-- ¿Con ese financiamiento intentarán que el documental llegue a las salas de cine?
-- Claro. Si sale ese financiamiento, nosotros podríamos conseguir un contenido de mucha calidad, para poder pasarlo en todo el país. Es decir dentro del financiamiento está esa parte de la difusión. Si logramos que sea fuerte vamos a poder cumplir uno de los grandes objetivos que tenemos con los chicos, para quienes también comenzaría a ser una posibilidad de trabajo y un comienzo para cambiar la dura realidad en la que viven.

-- ¿Y a largo plazo qué objetivos tienen?
-- Queremos que con esto se vaya realizando el mismo trabajo en otras villas del Conurbano o del Interior. Contar cómo viven, sus realidades y romper con el silencio, porque eso no sale en los medios. Así se permitiría contar la historia de miles de pibes silenciados. Para abrir la discusión del tema no sólo adentro de las villas, sino a toda la sociedad. Sería muy bueno y todo un avance que se comience a realizar una reflexión conjunta.

martes, 26 de mayo de 2009

Mostruo! en Pura Vida.-

El cuarteto integrado por Kubilai Medina (hijo del bajista de Manal), los hermanos Mutinelli y Lucas Finocchi se presentaron en vísperas de fecha patria para festejar los sonidos rockeros argentinos de la década de 1970 con cien asistentes en uno de los pocos locales que siguen siendo serviciales con los artistas. El show fue del fogón al desahogo, atravesado irremediablemente por la efervescencia heredada de Pescado Rabioso, Manal y Aquelarre.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Agencia NAN

La Plata, mayo 26 (Agencia NAN).- ¿Cómo abrir una fecha de modo demoledor? Permitiendo que la voz de Kubilai Medina, el cantante de Mostruo!, grite visceralmente que, luego de perder el control de su vida otra vez, desea irse al Palmar a pensar sólo en él. Debajo del escenario, los rostros se llenan de sorpresa. Una balada no suele ser elegida para empezar un recital y, sin embargo, parece perfecta en esta ocasión: el más reciente recital de Mostruo!, una de las revelaciones de La Plata. Luego del 2006, cuando Gustavo Cerati la nombró su banda nueva favorita, se convirtió en una de las mimadas por la crítica, dueña del mote de “banda de culto”. Liderada por el hijo de Alejandro Medina, el bajista de Manal, e integrada además por los hermanos Mutinelli y por Lucas Finocchi, Mostruo! logró el éxito de la mano del revisionismo del rock setentoso argentino que influenció a generaciones enteras: Pescado Rabioso, Aquelarre y, claro, Manal.

El domingo, aprovechando la víspera del 25 de mayo, Mostruo! se presenta en uno de los lugares que promete convertirse en espacio mítico de La Plata, Pura Vida. Más allá de la localización estratégica del bar --justo en frente de la plazoleta de La Noche de los Lápices, donde todos los fines de semana la gente se reúne para deleitarse con cerveza a precios económicos--, Pura Vida es reconocido en el mundillo under por las facilidades, hoy impensadas, que brindan a las bandas que quieren tocar en el lugar: no se cobra alquiler, el sonido corre por cuenta del bar y el total de la recaudación en puerta es para los músicos. Además, como norma que tiende a proteger al público, el precio de las entradas no puede superar los siete pesos. Todos felices.

Otra de las características de Pura Vida, y de La Plata también, es que los shows empiezan tarde, por lo que la gente baila hasta entrada la mañana siguiente. Fiel a ese estilo, Mostruo! se acomoda en el reducido escenario del bar pasadas las 2 de la madrugada. Luego del primer tema, golpea a los cuerpos sudorosos que se habían relajado con el ambiente intimista de “El control”, obligándolos, como por la intervención de una descarga eléctrica, a sacudirse a la par de “la polilla” que se choca con fuerza contra las pocas luces que iluminan el lugar. Mientras la gente baila, Finocchi toca los acordes de “La Polilla” con todo el cuerpo, incluso con el rostro, que se contrae en un gesto que, por orgásmico, resulta libidinoso. A medio metro de él, Medina lo acompaña dando saltos bruscos que hacen peligrar la integridad de uno de los parlantes que se sacude a la par del cantante.

Como si desearan enloquecer a la gente, los músicos cortan los impulsos violentos que despertaron con su última canción para dar paso, otra vez, al sentimiento melancólico que “Pinamar” desata sin tregua. Todos sufrieron alguna vez un abandono y es inevitable que esa descripción del desamor torture el cerebro confundido del público. Casi como un juego, la primera parte del show oscila entre el clima intimista y las inyecciones de canciones dignas de ser festejadas sin preocupaciones, todo sin perder el tono visceral que la banda le otorga a cada melodía que parece ser interpretada con el deseo de que la música se apropie de todo ser que, aunque sea por casualidad, la oiga.

El intermedio llega casi como una bendición. El ambiente se espesa a la par de la humedad que en forma de niebla arrincona a la ciudad. La barra del bar se atesta de cuerpos que, en busca de la salvación, esperan que alguna bebida alivie el abombamiento que se apodera de aquella casa restaurada. Veinte minutos después, y aunque el calor sigue sin menguar, todos se acercan al escenario y, como alrededor de un fogón, se sientan sobre el piso de madera. La banda deja de lado los juegos y rockea durante 45 minutos, sin embargo son pocos los que consiguen levantarse y bailar tal como la música manda.

Cuando suena “Cuidado con el monstruo”, Kubilai grita poseído. Como si le resultara difícil soportar la adrenalina que recorre su cuerpo, gira, mira al baterista, salta, se sonríe, aúlla de espaldas al público y se impulsa, contrayendo sus músculos, para cantar pegado al micrófono. Entre temas le habla a la gente, le pregunta si está pasando un buen momento y, segundos después, reinicia su danza furiosa. “La canción histérica”, anuncia Finocchi y la gente aplaude automáticamente la llegada de “No”, el tema que consigue unir perfectamente el ambiente intimista de las baladas con la fuerza de las melodías más violentas. Kubilai vuelve a exasperarse, mientras grita “no ves que no quiero decirte que sí, no ves que no quiero decirte que no”.

Habiendo agotado casi por completo sus dos discos --Grosso y La nueva gran cosa--, Mostruo! empieza a despedirse con “Ese oso”. La canción, que fue popularizada después de que rotara por varios canales de televisión un video en el que el guitarrista de la banda aparecía disfrazado de oso y salía de fiesta con los Mostruo!, es una invitación a levantarse de una buena vez, sacudirse y, como “ese oso rebelde”, resistirse a que la noche termine. Haciéndose eco de la propuesta, el público baila y canta sonriente. Después, pide a gritos que el show continúe.

La banda regala tres canciones en forma de bis, para terminar aconsejándole a su público “no te enamores de nadie”. Después de la paliza que el calor húmedo de Mostruo! sacudió sobre los cuerpos de los cien espectadores, ninguno quiere retirarse del lugar. De pie, aplauden y miran como los músicos se bajan del escenario-tarima. Esperan, en vano, que Mostruo! vuelva a apoderarse de las paredes del bar. Dos DJs intentan calmar a las personas que, resignadas, bailan exageradamente, como intentando reproducir el tiempo en que, absortas por la presencia de la banda, experimentaron su conversión en bestias.

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domingo, 24 de mayo de 2009

Una máquina para el tiempo y el espacio literario.-

Hernán Isnardi es creador de La Máquina del Tiempo, un proyecto cultural y editorial que tuvo dos ediciones en papel pero hace una década sobrevive en Internet. En su mensuario analiza a autores y traducciones y publica gratis textos que escanea de su biblioteca. Recientemente, concretó otro proyecto: una editorial que comenzó con la publicación de un libro gratuito sobre autores canarios y que tiene una cola de 40 otros títulos a publicar próximamente.

Por Facundo Gari
Fotografía gentileza de Hernán Isnardi

Buenos Aires, mayo 24 (Agencia NAN-2009).- Era 1997 cuando a Hernán Isnardi se le ocurrió crear un artefacto que posibilitara viajes espacio temporales. Quería trascender las fronteras e imaginó un mundo pletórico en convergencias: la esquina de todas las esquinas. Así, creó la revista literaria La Máquina del Tiempo, en la que hace doce años publica traducciones de textos clásicos olvidados y textos actuales de escritores desconocidos. Impedimentos económicos de por medio, dos ejemplares duró la revista en papel. Desde hace más de diez años, Internet es el soporte en el que el mensuario navega a través del mar de bytes y salitre, entre sincronías de pasado y futuro.

“Son textos de mi biblioteca que me maravillaron y yo, porque sí, los escaneo y socializo. El 90 por ciento de los textos que aparecen en la revista no estaban en la web”, enfatiza Isnardi en diálogo con Agencia NAN. Y hace una semana, el editor concretó otro proyecto que lo desvelaba hacía tiempo: la editorial, tras el lanzamiento del libro Poetas canarios en Buenos Aires, que compila algunos de los trabajos de 30 escritores de ese archipiélago del Atlántico.

“El proyecto de la editorial arranca con este libro, pero tiene un base de otros 40 a publicar”, anticipa. “Tiene dos ideas básicas: recuperar textos que hace 50 ó 60 años que no se publican acá, traducciones nuevas hechas especialmente para La Máquina del Tiempo; y luego, cuando la editorial ya sea conocida por la calidad del producto, empezar a publicar autores nuevos, sin que ellos tengan que pagar sus ediciones”.

La publicación de Poetas canarios en Buenos Aires fue casual. O providencial, según sus protagonistas. El plural abarca a Isnardi y a Juan Carlos De Sancho, un poeta español que encabeza una cruzada por universalizar la cultura. Se contactaron primero por mail y unos años más tarde se conocieron en una conferencia realizada en Buenos Aires. La idea de De Sancho era compilar autores de las Islas Canarias y armar un libro no para vender en sus tierras, sino para distribuir en el seno de otras culturas.

El contacto entre el canario y el porteño devino, pues, en la realización de la primera publicación de la empresa, que fue presentada el martes pasado en el Centro Cultural de la Cooperación y cuyo precio es ni más ni menos que la molestia de escribir a info@lamaquinadeltiempo.com para pedir un ejemplar. Es que, aunque sea increíble para los tiempos que corren, el libro es gratis.

“Es necesario universalizar la cultura porque el mundo es mi barrio. ¿Por qué lo voy a limitar al Microcentro? Para mí es lo mismo que lean mis libros en España, México o en donde sea”, alega viajero del tiempo. Y luego cuenta: “Una vez saqué una nota sobre las malas traducciones a los premios Nobel. Puntualmente, hablaba de Elfriede Jelinek. Y me escribió una traductora de Austria, que obviamente la conoce en su lengua original, quejándose de la nota porque alegaba que era una gran escritora. Y, claro, le contesté que lo que yo decía era que estaba mal escrita en español. Ni siquiera sé si está mal traducida. Ahí me di cuenta de la universalidad de la revista. No hay límites”, subraya.

El próximo martes a las 19 en la sala Jacobo Laks del Centro Cultural de la Cooperación, Isnardi presentará el segundo de los libros de la flamante editorial: el ensayo sobre arte y literatura Exploraciones, embriagueces, éxtasis, del escritor argentino Tomás Barna. Y aunque aún no tienen fecha de presentación, le seguirán los lanzamientos de Aurelia, de Gérard de Nerval, “un libro que acá no se edita desde hace añares”, comentado y traducido por Isnardi; y Charles Baudelaire, de Teophile Gautier, “nunca editado en Argentina”. Ambos con prólogo del español Ramón Gómez de la Serna: “Apuntamos a que haya una revalorización del prólogo, que ha ido en bajada. Se ha hecho mucho culto a la amistad y nosotros le queremos dar una valorización distinta”, señala Isnardi.

Algunas de las traducciones que incluirá la cuarentena de libros pautados para la fase de lanzamiento editorial son: Ibis, de José María Vargas Vila, con prólogo del periodista y escritor argentino César Fuentes Rodríguez; Los poetas malditos, de Paul Verlaine, que no cuenta con una edición moderna y que supere la que se puede hallar en las librerías; y Cinco cuentos filosóficos, de Honoré de Balzac.

Sitio:
http://www.lamaquinadeltiempo.com

sábado, 23 de mayo de 2009

Libros: “Un dios demasiado pequeño” (Juan José Burzi, 2009).-

Una pareja sadomasoquista, un predicador incestuoso y un fetichista son algunos de los personajes que uno de los fundadores del grupo literario Alejandría presenta en esta colección de siete cuentos cortos donde intenta acercarse al horror desde lo bello y al mal desde la voluptuosidad, desde los arquetipos de lo inmoral.

Por Esteban Vera

Buenos Aires, mayo 23 (Agencia NAN-2009).- El horror, la malicia, la perversión y la depravación sobrevuelan como espectros en cada una de las historias de Un dios demasiado pequeño, de Juan José Burzi. Ya desde las tres citas que anteceden a los cuentos se comienza a tejer una trama oscura que cohesionará el libro. Cada una podría funcionar como anticipo de lo que ocurrirá en cada segmento. Con guiños a nombres religiosos (Betsabé, Teodoro, Esther, Pablo, San Camilo, Irene), varios de los personajes de Burzi son arquetipos de lo instituido como inmoral: una pareja sadomasoquista, un predicador incestuoso o un fetichista, entre otros. Sobre todos ellos flota un desborde que se traduce en acciones desmesuradas. Pero el autor no los juzga sino que deja esa tarea para el lector, que tendrá en sus manos los hechos narrados.

Publicado por la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata (Edulp), el libro integra la colección “Sólo cuentos”, dirigida por el propio Burzi, miembro fundador del Grupo Alejandría y director de la revista literaria Los asesinos tímidos. Conforman la colección, además, Hacia el mar, de Marina Arias; El salto del final, de Pablo Vinci; y De la noche rota, de Marina Porcelli. Un dios demasiado pequeño reúne siete cuentos cortos, divididos en tres segmentos. Son 103 páginas que se leen de un tirón, no sólo por su brevedad, sino sobre todo por la construcción verosímil de los relatos.

Cita 1: “Sólo los que no son artistas de verdad pueden no encontrar atractivos en lo horrible”. Akutagawa, Las puertas del infierno.

En “Mil ojos” (cuento incluido en la antología Tres mundos, que reúne ficciones creadas en el ciclo narrativo organizado por el Grupo Alejandría) se narra la experiencia de una mujer que simula ser un cadáver en un bar. “Simplemente iban a mirarla, a jugar a un juego de apariencia y fantasía. Quienes concurrían a ese lugar, en su mayoría hombres, simulaban creer todo, y tanto ellos como los que trabajaban ahí se entregaban a la farsa al punto de tomarla como verdadera”. En torno a esa ficción se construye el relato.

Mientras que en “Cuando la rosas caen”, una pareja sadomasoquista (él, con parálisis casi total en su cuerpo; ella, con un brazo menos) juega a mutilarse con un cuchillo, para sentir placer. La historia podría ser clasificada dentro del género de ficción cinematográfica clase B denominado splatter, que consiste en la destrucción física del cuerpo. Claro, si se aceptara nominar una obra con categorías ajenas (¿etnocentrismo cinematográfico?). Así, en ambos cuentos se presenta al horror como arista de la belleza.

Cita 2: “La voluptuosidad única y suprema del amor radica en la certidumbre de hacer el mal. Y el hombre y la mujer saben de nacimiento que en el mal se encuentra toda voluptuosidad”. Charles Baudelaire, Mi corazón al desnudo.

En el segundo segmento, Burzi ofrece tres cuentos que giran alrededor de los integrantes de una misma familia, en tres tiempos y lugares distintos. Así en “Reyna” se relata la historia de Pablo Ferrer. Él, con 35 años, no tiene ambiciones, trabaja en un hospicio (“un depósito de seres humanos no deseados por sus familias”, describe el narrador). Allí, Pablo Ferrer establece, autoritariamente, una relación amorosa-morbosa con una de las pacientes: una veinteañera que tiene “en lugar de brazos, dos muñones de no más de 10 centímetros” y que tampoco tiene piernas. La joven, además, sufre debilidad mental y no puede hablar. Pablo ve en ella el recuerdo de su madre y un pasado que es lo único que posee.

En “Un dios demasiado pequeño” emerge la familia Ferrer y tres cualidades que la abarcan: malicia, sufrimiento y dolor. Raúl, el padre, es un pastor evangélico que obra milagros de curación. Creó una iglesia, un dios e ideales de redención. Por ellos, deja morir a su mujer, víctima de un cáncer. Para él, su dios la había elegido para sufrir, ya que así “había sucedido con Job y así había elegido morir Jesucristo”. Irene, la hija adolescente, ocupa entonces el lugar de su madre en el hogar, incluso en la cama del matrimonio. Ella es sumisa y al mismo tiempo autoritaria como su padre. Pablo, su otro hijo, relegado, es el tercero excluido en lo que queda de la familia Ferrer. Finalmente, Raúl sufrirá una parálisis que lo dejará en silla de ruedas. En “Una tarde soleada y fría” se pone de manifiesto la relación de Esther (la madre de Pablo e Irene y mujer de Raúl) con ellos. ¿Final abierto o la continuación de la historia de los Ferrer? En fin, la trilogía cumple la aseveración de Baudelaire citada por Burzi.

Cita 3:“Miraba el mal para realizar su concepción de lo bello”. Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.

Con la orientación de Wilde, en “Como gotas de polen” y “Un acto privado” se narra la historia de una joven anoréxica y un hombre filonazi, respectivamente, que sienten placer de maneras aberrantes. Ella emulando la delgadez de los judíos asesinados por el nazismo (“hombres y mujeres en sus formas más puras”, para ella). Él, vistiendo un uniforme del ejército hitleriano en la soledad de su habitación.

jueves, 21 de mayo de 2009

Tonolec: “En lo elemental están las enseñanzas”.-

El dúo que cruza música electrónica con la autenticidad del arte toba considera que “es necesario recuperar la armonía con el espacio” y que eso no se logra con flores de Bach, acupuntura ni psicólogos, sino saliéndose de la cultura de la histeria. Ella, Charo Bogarín, es dueña de una fuerza ancestral sobre el escenario, con su cuerpo arraigado a la tradición. Él, Diego Pérez, encarna la delicadeza de la electrónica. Juntos, en sus álbumes oscilan entre el pop, la electrónica y los climas de la música de películas.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Eduardo Sánchez Iturbe

Buenos Aires, mayo 21 (Agencia NAN-2009).- Iluminada en el centro del escenario, Charo Bogarín baila, mide cada uno de sus movimientos y, finalmente, canta como una auténtica Ldetac ada'alo, nombre con el que los tobas denominan a las mujeres que entonan lamentaciones. Ella hipnotiza con su voz y a casi medio metro del micrófono se permite gritar, confiada de que se la escuchará incluso en el fondo del salón. El grito parece nacer en sus entrañas y, desde ahí, amplificarse logrando que el resto de su cuerpo se contraiga y extienda, como un ave en pleno vuelo. A su lado, Diego Pérez, su compañero de Tonolec, se mueve con timidez. Debajo del escenario, la parte femenina del dúo de electrónica toba recibe a Agencia NAN. A diferencia de la imagen de reina madre que proyecta durante su show, en los camarines Bogarín parece una mujer diminuta, introvertida.

Lejos del vestido lleno de tules y plumas que ella misma define como “alta costura orgánica” y que la acompaña durante sus espectáculos, Bogarín mira a los ojos mientras habla y se permite reír al tiempo que describe los males que aquejan al mundo occidental. Es que los Tonolec creen firmemente en que la música que interpretan no sólo es rica por la inclusión de sonidos nativos, sino que además sirve como nexo para que el hombre blanco sane las heridas que la pérdida de vínculos con la naturaleza le dejó: “Es necesario que se recupere esa armonía que los tobas tienen con el espacio. Somos seres totalmente desarmonizados, necesitamos ir al psicólogo, flores de Bach, acupuntura… ya no sabemos cómo sanarnos cuando son los pilares los que hay que sanar”, revela.

Bogarín sonríe mientras reconoce que ella tampoco puede evitar ser parte de lo que la cultura occidental determina para sus miembros. A esa cultura es a la misma que ella llama la “cultura de la histeria, o mejor de la historia”, que con su individualismo lleva a que las personas se queden solas y sufran por esa soledad que tanto buscaron. La bailarina, cantante y periodista asegura que esos son los aprendizajes que, junto su compañero y en el trabajo realizado durante siete años con el coro toba Chelaalapí, fue tomando como propios.

Entender la cultura de este grupo aborigen no sólo consistió en aprender a través de la tradición oral la lengua qom y los cantos tradicionales, sino que también les permitió de adquirir los valores tradicionales, “ese realismo mágico que tienen ellos que permite que realicen esa lectura de la naturaleza” y no disocien el ser humano del ser animal y del ser vegetal. “En las canciones se intentan recuperar esos diálogos con la naturaleza, apaciguarse, usar los silencios, que en música son una nota, y ser elemental. En lo elemental están las enseñanzas”, afirma con calma, la misma calma que dice haber aprendido de los tobas, Charo Bogarín.

Para que Tonolec fuera el puente entre dos culturas “que no estaban conociéndose totalmente” fue necesario que Bogarín y Pérez comprendieran el sentido paisajístico que tiene su música, “la aridez del monte chaqueño representada en sonidos” y la sencillez de las composiciones. Después vino el trabajo vocal que la cantante hizo a fuerza de sentarse durante tardes enteras con las ancianas de la comunidad toba para escucharlas interpretar cantos tradicionales e imitarlas: “En el rock nacional yo no encontraba voces que me identificaran, y de repente estaban estas mujeres cantando con esos agudos, imitando sonidos del monte, de aves, del n´vique, que es el violín toba”.

Bogarín se entusiasma cuando afirma que ese descubrimiento fue maravilloso, casi como una epifanía de su destino: “sentí que era algo que quizás corría por mi ADN, que era el cauce de mi río también, que yo había pasado por ahí en algún momento o que estaba escrito que me tocaba pasar por ahí”. A la par de ese trabajo de investigación sobre la cultura nativa que emprendió Tonolec, llegó el reconocimiento, vestido de agradecimiento, de los miembros de la comunidad toba: “Ellos sintieron que se expandía su lengua, que su cultura se daba a conocer en lugares donde antes jamás hubieran tenido acceso por la cuestión ceremonial con la que cargan”, destaca Charo.

Esa cuestión ceremonial es la misma que, según Bogarín, ellos lograron echar por tierra entre los miembros más jóvenes de la comunidad toba a fuerza de componer cantos infantiles que hasta entonces eran prácticamente nulos entre ellos. El dúo electrónico entendió que en esa ausencia estaba la oportunidad “de darle a los chicos ganas de estar con su idioma, cantarlo y sentirlo más actual, no como esa cosa solemne que por ahí escuchaban en el coro toba, que para esos niños es como escuchar el himno nacional argentino”.

Hacia afuera de la comunidad aborigen, la versión de “Antiguos dueños de las flechas (indio toba)” contenida en el primer disco de la banda les regaló el reconocimiento popular, ése que provocó que mientras que ella cantaba a capela, los chicos gritaran “como si se tratara de una banda de heavy metal” y Rosalía, una de las ancianas de la comunidad, se emocionara y le pidiera a la cantante de Tonolec fuerzas.

El acercamiento a la cultura toba fue casi casual, determinado por una cuestión geográfica y por la tendencia humana de acudir a lo conocido. Como artistas, Bogarín y Pérez sintieron la necesidad de pensar qué era lo que querían transmitir con su música y se encontraron con que aspiraban a “buscar ese color local que siempre es tan necesario cuando uno se plantea la obra que está haciendo y lo que quiere dejar a posteriori”. Como chaqueños descubrieron que era momento de acercarse a eso que siempre habían tenido cerca, pero que nunca habían tenido en cuenta. La cantante de Tonolec jura que aquel momento representó encontrarse “con toda la riqueza de una cultura que era tan poco conocida”. Después, sosteniendo la mirada, no duda en asegurar que la experiencia fue como acercarse a un tesoro, abrirlo y dejarlo brillar.

Siete años después de aquel primer encuentro con el coro Chelaalapí --del que recuerdan como anécdota el absurdo de llevar para la ocasión la tecnología del hombre blanco para retratarlo y luego sentir que todos esos elementos además de innecesarios consistían una “profanación a ese espacio que era tan austero”--, el dúo se atrevió a escribir la mayoría de las canciones en lengua qom para el segundo disco, Plegaria del árbol negro. “Fue una manera de brindarnos a ellos, escribir sus letras”, dice con satisfacción Bogarín.

Junto a Pérez, casi sin quererlo, establecieron los roles que desempeñarían en Tonolec. “Él es hombre pero sin embargo la fuerza en el escenario no la transmite él, él es la delicadeza de la electrónica, que es algo que está contenido dentro de los cables. La tierra está afuera, el canto de los pájaros está afuera… Son conexiones diferentes”. Durante los recitales, Bogarín es la dueña de la fuerza, el cuerpo conectado a las raíces que conduce, como una matrona, la impronta de la tradición. Él es la parte calma, el hombre occidental que, entre las sombras, intenta estar en armonía con la naturaleza que baila a su alrededor.

A pesar de que las canciones de Tonolec oscilan entre el pop, la electrónica y, según Bogarín, la música de película por el carácter “climático” que tienen, hay quienes no dudan en afirmar que se trata del nuevo folklore argentino. A la cantante le da risa la categoría en la que su banda fue posicionada, sin embargo dice convencida que no se trata de una calificación contraproducente porque implica reconocer a la cultura autóctona, “poner a la lengua nativa en un lugar que debería haber ocupado desde hace miles de años, que es el lugar del folklore de nuestro suelo”.

Ese posicionamiento dentro de la música tradicional enorgullece, al mismo tiempo, a Bogarín. Sentada en un camarín iluminado con velas y satisfecha por el trabajo realizado, asegura que Tonolec la llena de satisfacciones porque además de permitirle indagar en la cultura nativa la convierte en miembro de un movimiento nuevo, “el de las fusiones”, y eso, en el tiempo, “es como estar haciendo un poco de historia”.

Sitio:
http://www.tonolec.com.ar
MySpace: http://www.myspace.com/tonolec

martes, 19 de mayo de 2009

Lucio Mantel y Tomi Lebrero en el Club Atlético Fernández Fierro.-

Ambos artesanos de las melodías compartieron escenario y público el pasado miércoles para presentar sus recientes y muy logrados discos, donde uno revisa la canción de autor y el otro la música popular. Repetirán el formato el miércoles 20, en el mismo espacio, ideal para reunir artistas de la movida independiente. El clímax de la noche ocurrió cuando juntos, uno desde la guitarra y otro desde el bandoneón, le dieron forma a un estreno de Mantel.

Por Sergio Sánchez
Fotografía gentileza de Lula Bauer

Buenos Aires, mayo 19 (Agencia NAN).- Lucio Mantel y Tomás Lebrero son la combinación perfecta para acompañar una noche relajada con amigos o en pareja. Porque estos dos músicos generan el clima ideal para el diálogo, la reflexión y el cuelgue. Y así lo hicieron el pasado miércoles en el Club Atlético Fernández Fierro (CAFF), un sitio ideal para reunir a artistas --y a sus adeptos-- de la escena independiente. Encontrar el club es tarea difícil para los distraídos, ya que la fachada aún aparenta ser el taller mecánico que alguna vez fue. Ojo, porque lejos de ser un defecto, esa particularidad es una virtud, ya que refuerza el concepto de espacio cultural alternativo sin fines netamente comerciales. No por nada Mantel y Lebrero compartieron sus canciones en un sitio de estas características para presentar sus recientes discos Nictógrafo y Cosas de Tomi, respectivamente, dos producciones muy bien logradas dignas de ocupar un lugar privilegiado en la discoteca propia.

Para llegar a la sala había que atravesar un pasillo largo y una puerta angosta. Y una vez adentro, la ambientación intimista con mesas pequeñas y poca luz adelantaban la esencia del show que vendría. En ese marco, los concurrentes tampoco parecían estar ahí por una cuestión azarosa. De hecho, la mayoría parecía conocerse entre sí. Tal es así que antes del show, los besos y los abrazos no pasaban desapercibidos.

El primero en subir al escenario, pasadas las 23, fue el bandoneonísta y guitarrista Tomás Lebrero, quien demostró que su sentido del humor no se encuentra únicamente en sus composiciones. Junto a su grupo El Puchero Misterioso interpretó canciones de sus dos álbumes como solista, que transitan desde el tango hasta la chacarera, pero que tienen su sello propio. Por ejemplo, el tercer tema que sonó, “El artista en Buenos Aires”, es una clara muestra de esa mezcla de ritmos populares que le interesan a Lebrero.

Mientras los vasos de cerveza y los tragos pasaban por las bocas de las más de cien personas que asistieron, el músico multiinstrumentista cantaba sus canciones que relatan anécdotas de viajes y amores frustrados: “Tilcara es un pueblo en una quebrada, con historias por siglos guardadas y un sol tan radiante que a los cerros convierte en poemas”, describió en “Tilcara”, localidad jujeña donde grabó la mitad de su último trabajo discográfico, publicado este año. Luego, la nostalgia de “Gualeguay” creció gracias al violín de Ramiro Miranda y al contrabajo de Cristhian Ludueña, músicos que también grabaron en el disco.

Y el que no quiso esperar para salir a escena fue Mantel, que se calzó la acústica y salió a tocar junto al bandoneonista: “Este tema de Lucio lo aprendí ayer, vamos a ver cómo sale”, confesó antes de arrancar con los acordes del inédito “En el siguiente suspiro”. El que no improvisaron fue el tango instrumental “Armando Discépolo”, que combinó la guitarra serena de Mantel con el bandoneón arrabalero de Lebrero. Sin duda, el momento que más alimentó al aplausómetro fue cuando conformaron una dupla sobre el escenario. Casi tanto como las ingeniosas y disparatadas letras de Tomi, como se lo conoce más en el circuito under.

Ya es la medianoche y nadie parece tener prisa para llegar a su casa. Mientras Mantel se prepara para su set, algunos se levantan de sus sillas, pero para saludar a los impuntuales que acaban de llegar o comprar un trago. Nadie se retira. Las relaciones entre ellos es muy amistosa, el sitio es conocido por muchos y los músicos se pierden entre los espectadores, como si fueran parte del público y no las “estrellas” de la noche. No hay lugar para el cholulismo.

En ese ambiente sube el pequeño Lucio. Pequeño de estatura, pero con una voz gigante, hipnótica; acompañada de unos músicos ajustadísimos. Es que la banda suena como en el disco: prolija, limpia y sin acoples. Y eso se sintió con el primer tema, “Vapor”, compuesto con un clarinete que tranquilamente podría encantar serpientes. Pero, en este caso, los encantados no fueron reptiles.

Después, en “Lunar”, el artista mostró su excelsa capacidad para componer canciones que respetan rigurosamente ciertas escalas musicales. Lucio pareciera tener la fórmula para crear temas que cierran desde la perspectiva que se los mire: letra, música y concepto. “Afuera o adentro”, “Luminosa Sombra”, “Respirar”, todos de su disco debut, Nictógrafo, dan cuenta de ello.

Como si no alcanzara con los anfitriones, fue invitada la cantante de música popular Mariana Baraj. Preciosa y talentosa, como siempre, aportó su voz aguda en “Zamba desnuda”. Y a pedido del público, como suele suceder, cantaron a dúo una más: la clásica “Zamba soltera”. El final llegó con “Refugio”. ¿O acaso no fue lo que todos fueron a buscar? Un escape, un sitio alejado de los problemas, un refugio para contrarrestar el cansancio mental, viajar a otra dimensión y olvidarse que aún restan la mitad de los días para el fin de semana.

* Lucio Mantel y Tomi Lebrero repetirán su recital conjunto el miércoles 20 de mayo a las 22 en el Club Atlético Fernández Fierro, Sánchez de Bustamante 764, Buenos Aires.

Tomi Lebrero:
http://www.myspace.com/tomilebrero
Lucio Mantel: http://www.myspace.com/luciomantel

domingo, 17 de mayo de 2009

Carlos Larrondo: “El hospital psiquiátrico es el espejo de las miserias del hombre”.-

El autor del documental LT22 Radio La Colifata (sobre la emisora de “los locos” del Borda), se entrevistó con Agencia NAN para anticipar datos sobre su reciente film, que retrata casi 20 años de aire radial en el hospital neuropsiquiátrico porteño y que será presentado a fin de mes en el Festival de Cine de Derechos Humanos. “No somos psiquiatras ni psicólogos, nuestro acercamiento fue como artistas, a partir de una visión de la locura desde la sensibilidad artística”, explicó incluyendo a Manu Chao, coautor del proyecto documental.

Por Facundo Gari
Fotografías gentileza de Carlos Larrondo

¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando,
me saco el melón para saludarte,
te regalo una banderita y te digo:
ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...
“Balada para un loco”, Horacio Ferrer.

Buenos Aires, mayo 17 (Agencia NAN-2009).‑ Estadio de All Boys, noviembre de 2005. Lleno total. Sobre el escenario, Manu Chao. Un puñado de hombres y mujeres vestidos con remeras rojas aguarda con expectativa el momento de salir junto al cantante. Están el boliviano que le llorará a la Pachamama; la mujer que alegará ser la esposa de Batistuta; la Mirtha Legrand de los bancos de plaza; y el de las rimas filosofales que hace que quien lo escuche se quede tendido. El músico franco-español también lleva musculosa roja y agita un brazo en el aire. Entonces, pide un fuerte aplauso para recibirlos. De los del grupo, Hugo López, con sus lentes de marco ancho y la astucia que no le ha robado el tiempo, se detiene frente al micrófono. Es claro en la consigna. “Tenemos derecho a ser felices”, grita ante un público exultante. Nadie le grita que está loco, pero qué más daría si alguien lo hiciera. No está solo y eso es lo que lo llena. “Manu Chao reparte estrellas de esperanza, más efectivas que las pastillas y psicofármacos que hacen los laboratorios”, subrayará luego. Pero la experiencia de La Colifata, la radio de los internos y ex internos del Hospital Municipal José Tiburcio Borda, ubicado en la ciudad porteña de Barracas, no fue siempre tan atestiguada.

Los 30 mil ojos que miran, las 30 mil manos que aplauden en Floresta no estuvieron en 1991 cuando un puñado de locos empezó a delirar en frecuencia modulada, en directo desde el loquero. Durante aquellos primeros años, estuvieron ellos y ellas, pacientes; Alfredo Oliveira, el director de orquesta que era, por entonces, aún estudiante de psicología; y la lente curiosa de la filmadora de Carlos Larrondo, realizador de LT22 Radio La Colifata (Bausan Films/Filmanova), un documental inédito en Argentina que comprime en hora y media la experiencia de casi 20 años de aire radial en el Borda y que será presentado en el Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos, del 27 de mayo al 10 de junio en Buenos Aires.

Tiene 35 años y hace 10 que vive en Barcelona. Se enamoró de quien fue su mujer y madre de sus dos hijos y la siguió hacia España. Allí se hizo amigo de Manu. Pero eso sucedió después. En 1995, cuando la sanción de la Ley de Educación Superior del menemato permitió el arancelamiento de los estudios de grado y la limitación del ingreso, Carlos comenzó a estudiar Imagen y Sonido en la UBA. Un año después, cursó un taller de realización audiovisual donde le solicitaron hacer un documental: “Tenía una amiga que estaba trabajando en el Borda, haciendo prácticas como estudiante de medicina, y me dijo que vaya, que había historias muy interesantes para contar. Fui y mientras esperaba que abrieran el servicio en el patio para los pacientes, me quedé sentado en la puerta. Allí conocí a los que fueron los protagonistas de mi documental”, reseña desde Barcelona en la charla telefónica con Agencia NAN.

“Aquel primer corto para la facultad se llamó De locos para locos. Me lo traje a Barcelona y lo pasamos en alguna muestra y a los amigos en el barrio. Así fue como Manu me pidió una copia. Y enloqueció. En ese momento, él quería hacer un disco compilatorio con artistas de la calle. Y un día me dijo: ‘Mira, me gustaría poner a La Colifata’. Y yo le di el audio de aquel documental de 1996 y le dije ‘Tú haces eso que sabes hacer tan bien, mezclar todo’”. Así nació Siempre fui un loco, el disco con canciones de Sativa Reggae, Che Sudaka, Piratas Urbanos, Malaya, Placton, Mikilez y del propio Chao, entre otros, mezcladas con los audios tomados de los programas que Larrondo registró con la cámara. Llegaron a ser 300 horas de grabación en su archivero: discos y casetes de programas enteros, charlas con los internos, viajes por Europa, América y las provincias argentinas, donde los colifatos fueran invitados a contar su experiencia. Por eso, hacer el documental fue duro: Carlos y Manu a la par; el primero editando el celuloide, el segundo seleccionando y montando la música. “Tuve que dejar muchísimo afuera. Fue un proceso largo y doloroso”, admite el cineasta.

-- Si bien la finalidad del documental es contar la práctica de los colifatos, hay varios ejes que sostienen el relato. En principio, la arbitrariedad de los que señalan la locura. Justamente, promediando el video, Manu Chao hace referencia a las fronteras entre los que están locos y los que no...
-- La frontera que demarca quien está loco y quién no se desdibuja. Puedes coger y encasillar, poner una estructura y decir aquí entra y aquí no, por tanto es tal cosa o tal otra; podes clasificar. Pero luego te encuentras con gente ahí adentro que está en una terrible situación de necesidad y problemas mentales, pero también materiales y afectivos. Es muy difícil de diferenciar, en esos aspectos, quién está loco de quién no. Hay ciertos parámetros: si le preguntas a un psiquiatra o psicólogo te van a dar justificativos. Pero nosotros no somos psiquiatras ni psicólogos. El acercamiento fue como artistas. Los trabajos que hicimos son a partir de una visión de la locura desde la sensibilidad artística, que sirve para acercar realidades. El discurso científico está para los científicos. Nuestra tarea es pasar la palabra.

-- Otro eje son las condiciones sanitarias infrahumanas en las que viven los internos. Trinity, uno de los colifatos, compara el hospital a un campo de concentración.
-- Con solo ver las condiciones en las que está el Borda, te das cuenta. Es un problema estructural. Acá en Europa eso no pasa. El Borda pertenece al Estado, que tendría que ocuparse y no se ocupa. Los funcionarios hacen lo que pueden. Donde no hay, no hay. Si el Gobierno no destina dinero a poner eso en condiciones, quién lo va a hacer. Hace un tiempo me enteré de eso de que van a tirar el Borda y me parece una barbaridad. No creo que se animen, pero no es para mejorar la situación de nadie. Lo que van a hacer es un negocio. Después, que cada uno se busque la vida como pueda.

-- Durante el proceso de filmación viajó varias veces a Argentina y fue testigo a saltos de los avances que La Colifata fue realizando. ¿Qué diferencia nota entre la radio de su primera aproximación a la de 2007, en su última visita?
-- Lo que ha cambiado es la historia. La radio ha crecido muchísimo, pero operativamente sigue siendo lo mismo. Cuando fui en 1996 estaba funcionando de la misma manera: en un alerito, en un pasillo abierto. Luego se fueron a la placita, debajo de los árboles. Alfredo a los controles, un micrófono que pasa de persona en persona y algunas visitas. La estructura es básicamente esa. Los equipos fueron donados y Alfredo ha ido consiguiendo financiación. Pero no la tienen del Estado. Tampoco del hospital, que no presta más que el huequito para montar la radio. Ellos no tienen ayuda económica oficial... Ahora están recibiendo dinero de Francia y nosotros con la película hemos aportado algo. Toda la gente que viene de afuera a filmar o lo que sea, aporta. Ellos van buscando todo el tiempo formas de financiación. Y reciben donativos de ropa o la antena o un Citroën, como donó una persona. La gente les manda música, invitaciones a Rosario, Mendoza, México o Europa, y otros regalos.

-- Muchos de los pacientes dicen sentirse mejor, más aceptados a partir de la experiencia. ¿Notaba mejoras en la forma de socializarse entre ellos y en el aire?
-- Sentirse útiles les hace obtener reconocimiento. Eso es muy bueno porque les abre puertas. Ahora les reconocen en la calle, por la voz y la cara. Dejan de ser extraños.

-- ¿Cómo conoció a Manu Chao?
-- Lo conocí en Barcelona, cuando llegué. De amigo, en el bar, de tomar una cervecita y charlar, o de ir a jugar a la pelota y andar en bicicleta. Yo sabía que era músico, pero en ese momento recién empezaba a rodar lo de Clandestino, publicado hacía unos meses. Le estaba yendo muy bien, pero aún andaba por la calle y nadie lo paraba. Era otra vida. Manu es buena gente, muy cálido y cariñoso. Cuando fabricamos el disco, los de La Colifata se enteraron y fue todo un acontecimiento aquí y allá. Para todos fue muy bonito.

-- ¿Y cómo es la relación de los internos con él?
-- Manu se lleva muy bien con ellos. El es lo que ves: muy humilde. No ocupa mucho espacio al otro. Y con los colifatos tiene un comportamiento muy especial. Hay un cariño mutuo, respeto y admiración. Así la relación fluye.

-- También se lo ve a Lalo Mir en el corto. ¿Qué rol cumple en la radio?
-- Fue el primer locutor masivo que empezó a transmitir microprogramas de La Colifata, hace ya una punta de años. Ha cambiado de empresa muchas veces, pero ha llevado a los colifatos siempre consigo. Siempre está llamando, invitando a alguno de los internos. Es como un padrino de la radio.

-- En uno de los testimonios que aporta, Lalo sostiene que La Colifata es un fenómeno que contrapone dos locuras, la de adentro y la de afuera. ¿Estamos todos locos?
-- El hospital psiquiátrico es el espejo de las miserias del hombre, de la sociedad. El Borda es el espejo de la podredumbre de la sociedad argentina, no porque los internos estén podridos, sino porque están viviendo la miseria. Es como me dijo una vez Alfredo: el Borda es como un resto arqueológico. Y no hay que cavar para encontrarlo, lo tienes ahí adelante.

-- ¿Qué diferencias encontró entre La Colifata y las experiencias europeas que tomaron el modelo del grupo del Borda?
-- En Argentina, el Borda es más abierto, más explosivo, catárquico. En Europa es bastante más contenido. Lo que es lo mismo es que hay una gran hermandad y solidaridad. Están muy unidos. Son grupos sólidos. A los de Radio Nikosia, en Catalunya, los veo de vez en cuando por la calle o los voy a visitar.

-- De todas las reflexiones que hacen los colifatos sobre la locura, los locos y la sociedad, ¿hay alguna que sintetice el mensaje del documental?
-- Me pones en un aprieto si me haces elegir (risas). Me gusta esa que un hombre lee en un taller, que dice que la locura es un papel en blanco. Es una poesía que ahora se me ha volado de la cabeza, pero me encanta. Los aforismos de Jorge Garcés son maravillosos. Uno dice algo así: “Si todos los médicos dicen que los pacientes son iguales, nosotros tenemos derecho a tratarlos a ellos como un igual”.

-- Manu Chao dice que Bush es el loco más grande. ¿Para usted qué o quiénes lo son?
-- Ahora, los que están inyectando al mundo con noticias absurdas como lo de la gripe porcina. Eso me parece una locura. Me parece una locura que un gobierno quiera cerrar un hospital psiquiátrico sin ninguna justificación, sin pie ni cabeza. Este mundo está en la freidora, este mundo está loco. Los colifatos echan luz sobre eso. Están diciendo miren, los locos no estamos tan locos. Lo de la fiebre porcina ha paralizado el mundo un mes. Los científicos han estado publicando cosas por todos lados diciendo que se han investigado virus mucho más peligrosos y esta es una gripe más. La gripe normal mata a 4 mil españoles al año. Con esta gripe, se muere uno y ya hay que cerrar todos los aeropuertos. Eso me parece una locura total. Este es un virus mediático que tiene más que ver con el control y las ventas de una gran empresa farmacéutica que con una amenaza real. En México de lo último que te tienes que preocupar es la gripe; allí pasan cosas realmente graves que tienen solución y que nadie resuelve. Y ahora hay que gastar una millonada en comprar una vacuna mientras hay gente muriendo de hambre. Eso es una locura.

LT22 Radio La Colifata:
http://lacolifatadocumental.blogspot.com
La Colifata: http://lacolifata.openware.biz
Carlos Larrondo: http://www.carloslarrondo.blogspot.com

sábado, 16 de mayo de 2009

Discos: “Mariano Massolo Quinteto” (Mariano Massolo Quinteto, 2008).-

El primer álbum del armonicista es una celebración con amigos, un recupero de ciertos standards olvidados y una exploración de la técnica del overblow. Sin virtuosismos, el álbum cautiva por su sencillez y amabilidad.

Por Luis Paz

Buenos Aires, mayo 16 (Agencia NAN-2009).‑ Perdón al lector que ya conozca el dato y no tenga ganas de releerlo, pero existe una diferencia entre las armónicas diatónicas y las cromáticas que no es tan sutil como la existencia del “botoncito” lateral que hace destacar a las segundas. Con las diatónicas se pueden ejecutar básicamente notas o acordes mayores. Y las cromáticas suman a los sostenidos y bemoles. Por tanto, las del “botoncito” permiten mayor expresividad. Por eso es que unas se usan para el rock, el reggae, el funk y la música country, especialmente; y otras para el jazz, el blues, la bossa nova, la música klezmer o el bluegrass.

Pero Mariano Massolo prefiere tocar todo eso junto con la simpleza de una única herramienta, una diatónica, algo equivalente a lograr con seis cuerdas pero en sólo cuatro trastes toda la diversidad sonora de una guitarra.

Mariano Massolo Quinteto, a la vez nombre de su primer registro fonográfico y del ensamble que encabeza, es básicamente un disco de exploración de las posibilidades de su diatónica mediante los recursos técnicos del overblow y overdraw que aprendió del armonicista estadounidense Norton Bufalo y perfeccionó ampliamente al estudiar con Howard Levy, el “papá” de esta particular técnica.

Mediante ella, Massolo relee standards compuestos para cromática y canciones tradicionales, y ejecuta tres creaciones originales (“Mateo’s blues”, “Blues del Junco” y “Blues Patán”) con un swing muy destacable y un resultado amable, sutil y flashero que aporta mucho pero no llega al virtuosismo porque Massolo no cae en el abuso.

En ese conglomerado, destacan la versión del clásico de The Skyliners “Since I don’t have you”, de las pocas interpretaciones con voces (en este caso de Kevin Johansen, con quien Massolo comparte The Nada) y las propias obras de Massolo, más bien por la novedad, aunque la mayoría de los standards estén logrados con correción.

La “banda de acompañamiento” es en realidad un grupo de amigos y un buen combinado de intérpretes jóvenes: el guitarrista Ramiro Penovi, el armonicista Matías Fernández, el contrabajista Adrián De Felippo, el clarinetista Eduardo Prado, el flautista Andrés Reboratti, el baterista Javier Martínez (¿el de Manal?) y los pianistas Patán Vidal y Jorge Navarro.

Y sí, claro, el disco termina siendo también una celebración de esa amistad, lo que queda claro en dos composiciones compartidas de Massolo: “Blues del Junco”, a medias con Gaby Myndlis, autor de música publicitaria y para televisión, y dedicada a Carlos del Junco; y “Blues Patán”, compartida con Patán Vidal, músico, compañero y amigo. Y por otra parte, “Mateo’s Blues”, donde se da un diálogo interesantísimo entre la armónica de Massolo y el piano de Vidal.

* La presentación de Mariano Massolo Quinteto será el próximo jueves 21 a las 21.30 en el Teatro Empire, Hipólito Yrigoyen 1934, Ciudad de Buenos Aires.

Sitio:
http://www.massolo.com

jueves, 14 de mayo de 2009

Liliana Díaz Mindurry: “No creo en los niños buenos”.-

Docente, abogada y escritora, porteña y clase 1953, la autora se entrevistó con Agencia NAN para charlar acerca de sus inicios en la práctica literaria, la poesía en su prosa, los niños antiheróicos que aparecen en sus relatos y su actual trabajo en una novela autobiográfica que recuperará la afición suya y de su hermano fallecido por los desafíos a los límites del lenguaje. “Me gusta la cuestión experimental, el relato que no se puede contar, la literatura de la mancha, del borrón, de la pérdida del lenguaje, del deslenguaje, de la recuperación, de contar una cosa veinte veces y no saber cómo contarla”, se define.

Por Valeria Tentoni
Fotografía de Agencia NAN

Buenos Aires, mayo 14 (Agencia NAN-2009).- “Como si fuera real”, la escritora Liliana Díaz Mindurry entra en el departamento. Y aunque la entrevista bien podría haber sido infinita, si tiene punto final es por capricho del tiempo. Pero Díaz Mindurry se continúa a sí misma en sus libros y es toda un universo indecible, en el que busca desinstalar al lector, hurgando en lo perturbador y exponiéndolo, sin ninguna intención de construir una literatura amable sino, más bien, una que inquiete, que corra el límite. Así ocurre en la novelas Pequeña música nocturna (Premio Plantea 1998), Summertime, y Hace miedo aquí; en los poemarios Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas y Wonderland. O los relatos Buenos Aires, ciudad de la magia y de la muerte y La estancia del sur, entre otros. En ese camino diagonal, en ese vacío sostenido por palabras, la autora (galardonada con varios premios en su recorrido de más de 25 añ0s por las letras) charla con Agencia NAN.

-- ¿Cómo llegaste a la literatura?
-- Solía inventar cosas y a mi papá se le ocurrió la genial idea de regalarme un diario, a mis ocho años. Ahí viene un poco la historia del diario de Pequeña música nocturna. Eso en lo que hace a la escritura. En cuanto a la lectura, al principio fue bastante desperdigada. Lo primero que leí fue teatro y estaba muy fascinada con eso. Empecé leyendo a Shakespeare, prácticamente no leía más que teatro y poesía. Después comencé a leer cuento, luego novela, en ese orden. A escribir empecé, creo, a los 18.

-- ¿Tenías a alguien que te guíe con los gustos?
-- En mi casa se leía mucho y había una eterna pelea entre Borges y Onetti, porque mi papá era argentino y mi mamá uruguaya. Yo creía que era un tema de nacionalidades. Después empecé a entender lo que querían decir con eso. A Onetti no lo leí hasta que me exilié. Mi mamá me ponía siempre en la cartera, para que lo leyera, algún libro de él, pero yo veía el libro y lo sacaba, no lo quería leer. Pero como me tuve que ir en avión, intempestivamente, encontré El astillero en mi cartera y lo leí. Me transformé en amante literaria de Onetti. Pero antes había leído a Faulkner, había leído las lecturas base de Onetti. Quise hacer un tipo de lectura más orientada a latinoamericanos y españoles, me pareció que yo tenía que manejar primero mi propio lenguaje, no me quería contaminar con otros idiomas.

-- ¿Y a Borges cómo llegaste?
-- Borges me gusta mucho. Lo leí entero, de un golpe, y me gustó. Me divierten muchísimo sus ensayos. Hay cuentos que no me gustan, ni siquiera El Aleph. Pero hay otros que para mí son inolvidables, como La espera o Sur. Me tomé el trabajo de meterme en su universo, cuando me interesa un autor leo toda su obra y después paso a otra. Así hice con Onetti, Saer, Faulkner. Leo mucha filosofía también. Creo que leí más poesía que novela. La poesía es la base de la escritura. A mis alumnos de taller siempre les digo que lean poesía. Te abre la cabeza hacia lugares diferentes y te ayuda a ver otra manera de escribir. Te enseña a no tenerle miedo a las palabras. Yo soy muy brutal y desprejuiciada en el uso de las palabras, y la poesía te da mucha libertad.

-- Tu prosa es muy poética. Eso te emparenta mucho con Saer.
-- Si, yo me siento absolutamente unida a una escritura como la de Saer. Me gusta mucho la cuestión experimental, por ejemplo el relato que no se puede contar, como El limonero real, ese tipo de literatura, incluso la literatura de la mancha, del borrón, de la pérdida del lenguaje, del deslenguaje, de la recuperación, de contar una cosa veinte veces y no saber cómo contarla.

-- Si, eso se ve en vos…. “Como si fuera real”.
-- Si, creo que lo que más influyó en mi manera de escribir no es lo del diario ni nada de lo que te dije, sino un sueño que tuve de chica, ahora que me pongo a pensar. Soñé que me acercaba a una persona que tomaba consistencia de cortina, se volvía irreal. Hablaba con otra y lo mismo. Yo estaba absolutamente asustada, me preguntaba ¿entonces no hay persona? Lo primero que hacía, en el sueño, era ir a mi casa a buscar a mi papá, porque mi viejo tenía que existir. Mi papá estaba durmiendo y yo me acercaba y le preguntaba “¿Papá, vos existís?” y él me respondía “Si, claro”, pero de repente veía que se transformaba, él también, en cortina. Ahí me despertaba y lo iba a buscar a mi papá y le preguntaba. Y él me decía; “lo descubriste a Berkeley”. Y me pareció tan fascinante esa posibilidad de lo irreal, que creo que eso marca todo lo que escribo.

-- Lo indecible es el elemento que une todas tus obras.
--Hay un escritor que yo recomiendo siempre, argentino, que me parece muy poco leído y creo que tendríamos que leerlo; Jorge García Sabal. En un poema habla de la sospecha, de aquello que no se quiere escuchar. Creo que esa sensación de no poder alcanzar a decir aquello que está absolutamente prohibido, y aunque estuviera permitido es imposible para el lenguaje, es lo que está más cerca de lo que quiero decir. Tanta fuerza para mí tuvo esa cuestión de no poder llegar a decir “aquello”, aquello que está ahí, afuera, afuera de lo decible pero no por una cuestión de que sea algo más o menos siniestro, sino que es algo que no se termina de entender. Y que es la clave de lo que uno está buscando, y no encuentra palabras para decirlo.

-- ¿Es el límite del lenguaje?
-- El límite del lenguaje y el límite también de lo que se siente. El día que deje de interesarme por eso no voy a poder escribir absolutamente nada. La palabra indecible me suena a muchas cosas, no sólo a la más clara (que sería lo que no se puede decir porque no hay palabras para decirlo), sino también aquello que es terrible --un grado de terribilidad o de violencia extrema--, de cosa que llega al límite. Lo indecible sería traspasar un límite, un límite que no sólo engloba el lenguaje. Todo lo que escribo trata de decir “eso” y, por supuesto, fracasar.

-- En tus personajes se advierte esa obsesión...
-- Mis personajes están obsesionados, de alguna forma, con eso también, y fracasan. Creo que lo que puedo entender que se cifra en mi literatura es pasión, pensamiento diagonal y paradoja. Pasión no sólo en el sentido de padecer, sino en el de energía, o exceso de energía o deseo intenso; casi como una libido puesta prácticamente en eso.

--¿Y cómo interviene la paradoja?
-- A mi nada me interesa si no existe la paradoja, es decir donde algo sea eso y a la vez lo contrario; no sólo la ambivalencia sino también la situación. La ironía siempre está mostrando una situación paradójica; me parece un recurso muy interesante. Me adhiero a una concepción de Borges: la de que el hecho estético está ahí en el límite de la situación de una revelación que vos sentís que estás a punto de tocarla, y no se produce. En este no llegar se cifra la estética. Y en cuanto al pensamiento diagonal digo: si el objeto está aquí, tengo muchos caminos para llegar, pero el más lógico es el camino recto, el de la ciencia. El camino del arte es buscar el camino más largo, no va en pos de la utilidad práctica. Más que llegar al objeto interesa el desvío.

-- ¿Por eso puede ser que tengas tantos personajes niños, que son esencialmente pasionales y juegan con el límite?
-- Si, tenés razón en eso. Creo que en el niño debe haber menos mandatos o filtros desde el afuera, hay contenidos más auténticos y brutales. No creo en los niños buenos. El niño tiene, justamente, esa posibilidad de una especie de pureza, si bien no me gusta esa palabra. Hay a veces un extremo de ternura, de bestialidad, de sexualidad incluso; yo creo que la sexualidad en los niños es una cosa que todavía molesta, pero es un hecho. Y hoy todo el tiempo se habla de pedofilia y no se acepta lo otro, la pulsión sexual del niño; no es que esté aceptando la pedofilia ni nada por el estilo. Quiero decir que, por ejemplo, Pequeña música nocturna le molestó a mucha gente porque el tío, finalmente, no era pedófilo. Molestaba más que simplemente todo era un juego de una niña. Los niños me atraen muchísimo para escribir, como también los personajes violentos, psicópatas.

-- Si, los perturbados. Tus libros son libros de perturbación.
-- Si, la palabra es esa. Cuando leo un libro, busco que me perturbe y es lo que también busco cuando escribo. Siempre cuento que quiero desinstalar; si yo logro desinstalar un poquito al lector, me alcanza. En la vida misma me gusta desinstalar. Me acuerdo cuando era chica, en el colegio, tenía la costumbre de sacarle la silla a la chica que tenía adelante, para que se caiga. Esto de sacar la silla se ve que era un intento mío, que me quedó, como una cosa infantil, de desinstalar. No quiero dejar tranquilo al lector, no quiero dejar tranquilo a nadie que me conozca, no me quiero quedar tranquila conmigo misma. Me gusta, en general, que un libro me saque de todo lo preconcebido en mí. Las experiencias de límite son las que me mueven a escribir.

-- En este momento, ¿qué estás escribiendo?
-- Una novela autobiográfica que me cuesta mucho escribir. Se llama Estado de sospecha, y tiene que ver con los últimos días de mi hermano. Él fue la persona que más influyó en mi, más que cualquier escritor. Tenía sólo un año más y era un investigador, desde chico, de las palabras. Teníamos un mundo propio donde experimentábamos juegos cada vez más profundos con las palabras. Mi hermano fue enganchado, por no decir chupado, por la triple A. Salió de la experiencia luego de un año, de toda clase de torturas. Vino a París, donde yo estaba, e intentamos tratar de vivir de vuelta. Cuando volvimos a Argentina se puso muy mal. Los últimos días de su vida estuvo viviendo en mi casa, y estaba en una situación de desborde psíquico absoluto. Teníamos frecuentes discusiones, no sobre cosas personales, sino sobre las cosas en sí, o las palabras en sí; él estaba generando cada vez una mayor violencia respecto del mundo de las palabras. Yo sabía que se iba a suicidar, era obvio, y finalmente lo hizo; se pegó un disparo en la boca. Yo lo vi. Y acerca de eso estoy escribiendo, que viene a ser la única novela autobiográfica que tengo, pero me cuesta mucho. Sería como una novela que podríamos haber escrito juntos.

-- ¿Cómo ves hoy el estado de autores contemporáneos que están publicando?
-- Me siento fuera de campo, creo que no tengo nada que ver con nadie de los que están escribiendo en este momento. La literatura tipo Aira no me interesa en lo más mínimo, tampoco me interesa una literatura minimalista, de hechos cotidianos; no es que no me guste, sino que no lo haría. Creo que siempre trabajaría en esta cuestión de la locura, del límite, de la violencia mental, incluso en mi poesía, que no es una poesía amable. Incluso mi libro de poesía Wonderland es sobre una mujer borracha que pasa por las experiencias de agrandarse y achicarse, viviendo maravillas infernales, haciendo una poesía que cuenta. Después tengo mucha poesía que trabaja con cuadros.

-- Tenés mucha influencia de lo pictórico. ¿Pintaste alguna vez?
--Intenté, con pocas ganas de pintar pero mucho interés por la pintura, al punto de decirte que me gusta más la pintura que la literatura. Antes de leer mi primer libro a mí me habían regalado libros de arte. Y te diré que la pintura me sigue conmoviendo más que la literatura.

-- ¿Y la música?
-- También. La música es la experiencia más límite de todas; prescinde de todo y se mueve en el universo de los sonidos. Lo que pasa es que yo me di cuenta de que lo único que podía hacer era escribir, no que era lo que más me gustaba. Lo bueno que tiene la literatura es esta posibilidad del no pensamiento y del pensamiento. Yo me siento cerca de las palabras por una cuestión vivencial. La influencia, en ese sentido, de mi hermano Leonardo fue muy fuerte; nosotros jugábamos, de chicos, sacando una palabra de un libro, y le preguntábamos a otra persona otra palabra, cualquier cosa, como si te dijera ahora “serpiente de inodoro”, y entonces teníamos que encontrar la relación que había entre una serpiente y un inodoro. Perdía aquél que no podía encontrar nada, y claro que era un juego absurdo. ¡Y después me dí cuenta que estábamos haciendo la analogía universal de los surrealistas!

martes, 12 de mayo de 2009

Los siete locos en el Centro Cultural de la Cooperación.-

La obra de Roberto Arlt es una profecía de lo que ocurrió en Argentina en el último medio siglo. Y la adaptación del director Omar Aita, que recupera a casi todos los personajes de la obra original del novelista, periodista y dramaturgo, tiene una puesta en escena fiel. Tal vez demasiado, lo que le quita naturalidad en los diálogos.

Por Esteban Vera
Fotografía de Santiago Corti

Buenos Aires, mayo 12 (Agencia NAN-2009).- “Rajá, turrito, rajá”. Suena a advertencia para aquellos que quieran llegar a la sala sin saber lo suficiente del novelista, periodista, dramaturgo e inventor fallido Roberto Arlt (1900-1942). Los siete locos es una historia gestada en años de frustración y desencanto de los argentinos imposibilitados de cumplir sus sueños tras los primeros cimbronazos de la crisis económica que estalló en 1929 y que ocurría entre cambios políticos y culturales, retratados de manera excepcional por Arlt. También es una profecía de lo que ocurrió años después en el país. Por ejemplo, los golpes militares, con complicidad de algunos empresarios. En la adaptación del director Omar Aita (Esperando a Godot, El lago, Medio punto... corpiñeras), en las tablas del Centro Cultural de la Cooperación , se invita a descifrar realidades que se repiten actualmente.

La obra: de Erdosain a El Comentador

El elenco se luce en el retrato de un grupo que comparte grados de irracionalidad y angustia. Actúan Pablo Iemma (Erdosain), Julio Ordano (El Astrólogo), Darío Levy (Barsut), Enrique Papatino (El Rufián Melancólico), Coni Mariano ( La Coja ), Marcelo Sánchez (Ergueta), Verónica Intile (Elsa), Claudia Pereira Obando ( La Vizca ) y otros. Incluso, algunos actores interpretan a más de uno de los personajes del escrito rabioso.

Erdosain es un estafador en apuros. Fue denunciado por robar 600 pesos y siete centavos y debe reponer la cifra. El logrado Erdosain de Iemma, vestido con un traje gastado y un zapato roto, vive angustiado y no encuentra sentido a su existencia. Le pide un préstamo a Ergueta, quien le responde con la celebre frase (otra vez: “Rajá, turrito, rajá”). Allí aparece El Astrólogo, un hombre convencido de que la mentira es la base de la sociedad y que planea la instalación de prostíbulos para financiar una revolución (¿?), ayudado por el Rufián Melancólico, un cafishio exitoso. A ellos se les suma El Capitán, un militar que lanza una premonición: “Nuestro país podría ser terreno próspero para una dictadura".

En la última línea de Los siete locos Arlt anuncia que “la acción de los personajes de esta novela continuará en otro volumen titulado Los lanzallamas”. Sin embargo, en esta nueva puesta, Aita realiza una adaptación que incluye el final de la aventura. No, no hay final abierto ni incertidumbre por el desenlace; tampoco angustia, como la que sufre Erdosain. El vestuario de época seleccionado, la iluminación y la música ayudan al espectador a sumergirse en las penumbras de la historia. Sin embargo, algunos diálogos carecen de naturalidad, por ser tomados casi textualmente, apenas reelaborados.

El semiólogo ruso Yuri Lotman sostiene que si se toma una novela y se la transforma en una película se obtiene una obra nueva, diferente. Y eso es lo que ocurre entre el texto de Arlt y la pieza de Aita. Y como consecuencia, tal vez por dificultades técnicas, la adaptación teatral pierde la presencia de uno de los personajes de la historia: El Comentador, una innovación arltiana que cumple, al menos, dos funciones; una, relativizar la verdad dentro de la historia, puesto que relata otros hechos o contradice al narrador; otra, defender a Erdosain, como ocurre cuando Elsa lo abandona y se va con el Capitán, situación intolerable para la moral de los lectores de entonces (ya era Erdosain un antihéroe, ser cornudo hubiera sido mucho).

El director: “Un mundo decadente y miserable desde la épica de lo real”

Mediante la selección de episodios realizada por Omar Aita, la adaptación logra transmitir la angustia y el vacío de sentido que atraviesa a Erdosain. Sus monólogos refuerzan las cualidades del personaje. “Los siete locos es una crítica social profunda encarada desde el disconformismo de Erdosain, personaje principal y casi excluyente de la obra. Nos habla de la condición humana en un mundo decadente y miserable, contada desde la épica de lo real”, explicó el director en diálogo con Agencia NAN.

-- ¿Teniendo en cuenta que Arlt escribió obras dramáticas, por qué decidió montar una de sus novelas? ¿Y por qué Los siete locos?
-- Si bien toda la obra de Roberto Arlt fue de una importancia que otros autores no tuvieron, sobre todo en mi juventud, lo que siempre me impactó fue su narrativa y en especial su novelística. Los siete locos fue siempre mí preferida, digna de varias lecturas. Como obra emblemática de su producción tiene una teatralidad quizás mayor que la de sus obras teatrales. Sus personajes, sus situaciones, el entramado de las escenas, el desprejuicio y la mal llamada “desprolijidad” a la hora de contar la historia, lo hace salir del naturalismo y lo emparenta con el expresionismo, incentivo más que suficiente como para elegirla para una adaptación teatral. Fue el fuerte desafío que asumí desde el principio con todos los riesgos que implicaba.

-- ¿Tuvo en cuenta el actual contexto socio-económico para realizar la obra?
-- Fue tenido absolutamente en cuenta, comparado y estudiado también desde el punto de vista socio-político presente y de nuestra más reciente historia, encontrando un sin número de temas coincidentes. En algunos párrafos Arlt denuncia a través de sus personajes, no solo cuestiones del momento, sino algunas que son reveladoras de un futuro que nos afectaría como argentinos durante décadas, sin salirse del contexto mundial, especialmente cuando se refiere por boca de El Astrólogo al industrialismo y a los reyes del acero y, especialmente, del petróleo. También cuando habla de las dictaduras militares usadas por los grandes capitales en su propio beneficio.

-- ¿Los temas que se abordan en Los siete locos se pueden considerar actuales?
-- Son absolutamente actuales, aunque hoy yo quise seguir poetizándolos en la misma época que se escribió, podría tranquilamente traerlos a la actualidad: la angustia, la soledad, la falta de objetivos, el ambiente prostibulario, el uso de las personas para cumplir objetivos personales, la imposibilidad de amar, la desilusión. "Yo creí que la vida reservaba para mí un acontecimiento sublime”, le dice Erdosain a Elsa, su mujer, en una de las escenas donde desesperado buscará consuelo en un prostíbulo. En otra escena el mismo personaje dice que la única forma de irse es "matándose" y en otra que el "espectáculo de la muerte" sería lo único que cambiaría su vida. Y por último la creación de una gran mentira que desafíe a Dios y por la cual creen que atraparán la conciencia de una generación para llevar a cabo su revolución. Creo que no hace falta ahondar demasiado más para ver, en esta novela adaptada al teatro, cuestiones de la actualidad y más reciente pasado.

-- ¿A qué se debe la ausencia de El Comentador?
-- Pensé muchas veces en El Comentador como un personaje más de la obra, incluso me pareció que podría aclarar muchas cosas que quizá en la adaptación no queden demasiado claras, pero sentí que le quitaba teatralidad al espectáculo. Por otro lado, esto que a primera vista aparece como desprolijo, creo que me acerca a esa "desprolijidad" tan atractiva atribuida al mismo Arlt.

-- ¿Qué busca decir con esta obra?
-- No busco decir nada más que lo que la novela dice, solo que contada desde el teatro. Así como el mismo autor, en su momento, tuvo la necesidad de pasar al teatro un fragmento de esta novela en El humillado, con dirección de Leónidas Barletta, tuve la necesidad de contarla completa. La complejidad de los personajes, su vida interior y su relación con la sociedad en que se desarrollan cuentan nuestra historia reconociéndonos en la actualidad.

* Los siete locos va los viernes y sábados a las 22.30 en la Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación , Avenida Corrientes 1543, Buenos Aires.
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