lunes, 28 de junio de 2010

Homenaje a Darío y Maxi en la estación Avellaneda.-

El lugar donde cayeron los luchadores sociales el 26 de junio de 2002 se convirtió en un espacio de memoria y cultura popular. Allí, el pasado viernes, músicos, actores, murgueros y titiriteros intervinieron con su arte para demostrar que “Darío y Maxi no están solos”. Agencia NAN estuvo presente en la jornada y rescató testimonios de familiares y compañeros que recordaron a las víctimas de la Masacre de Avellaneda.

Por Adrián Pérez
Fotografías de Mariano Iñiguez

Buenos Aires, junio 29 (Agencia NAN-2010).- Antes de llegar a Constitución, el tren realiza su parada obligada en la estación Avellaneda. Allí se organizó el viernes una jornada cultural para recordar a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, asesinados por el comisario inspector Alfredo Fanchiotti y el cabo Alejandro Acosta, efectivos de la Policía Bonaerense que el 26 de junio de 2002 dispararon balas de plomo sobre columnas de desocupados que se movilizaban hacia Puente Pueyrredón para sostener reivindicaciones, en medio de un contexto social fogoneado por la crisis desatada el 20 y 21 de diciembre que provocaría la salida del ex presidente Fernando De La Rúa. Agencia NAN cubrió los actos de homenaje y rescató los testimonios de familiares y compañeros de lucha de las víctimas de la Masacre de Avellaneda.

"Para atrás, no nos tiren para atrás", parece suplicar en su canto Nicolás Falcón (miembro de la Red de Solidaridad con Chiapas), mientras racimos de personas cuelgan del tren que se dirige a La Plata. Con un cancionero inspirado en la lucha zapatista, el artista empuña como única arma su guitarra electroacústica y presenta a Sabrina Rascovsky que recita algunos pasajes de "La historia de Durito", del libro Los otros cuentos, relatos del Subcomandante Marcos. "Por los caídos de ayer. Luchar siempre. Estación Darío y Maxi. 5 años (26-06--2002, 26-05-2007)", reza el mural donde se recuestan los instrumentos de esos músicos y otros. Debajo de la estación, colectivos artísticos, actores, murgueros y titiriteros rinden homenaje a los luchadores sociales en una atmósfera dominada por la profunda emoción pero también por la alegría.

Mientras los músicos de Bajo Estatus suben sus instrumentos para desplegar un repertorio rico en reggae, hip-hop y dub, desde el patio de la estación brotan los tambores de la murga Momo A Shanty. En la escalera que conecta al andén con el hall central un esténcil denuncia la responsabilidad del Estado en los asesinatos de Avellaneda: "Darío y Maxi: ningún accidente. Contra la unidad popular que construya poder popular. Consúmala bien caliente." La consigna invita, además, a “repudiarlos en la calle, en su casa y en su lugar de trabajo”. En la boca de acceso al andén 2-3, una pintura apunta hacia el ex presidente interino Eduardo Duhalde como "candidato a la cárcel", a partir de su lanzamiento camino a las elecciones presidenciales de 2011.

Antes de salir del túnel de la estación, otro esténcil señala la responsabilidad política en la Masacre de Avellaneda, pero esta vez no sólo apunta al ex presidente: Felipe Solá (gobernador de la Provincia de Buenos Aires), Juan José Álvarez (secretario de Seguridad), Alfredo Atanasof (jefe de Gabinete), Carlos Soria (jefe de la SIDE), Jorge Matzkin (ministro del Interior) y Aníbal Fernández (secretario General de la Presidencia) también son considerados "administradores de la muerte y la pobreza". El rostro sonriente del periodista Daniel Hadad acompaña el espacio dedicado a los políticos y aves simbolizadas en aerosoles sobrevuelan el techo del túnel, que fue decorado por los estudiantes de la cátedra libre "Es-Cultura Popular" del IUNA.

A unos metros de allí, en el patio de la estación, Momo A Shanty Revolution divierte a grandes y chicos con su despliegue teatral y la fusión de hip-hop, candombe, milonga y tango. Con el rostro pintado de blanco, la voz cantante invita a "recuperar los espacios para el carnaval", mientras destaca que la performance de la murga de Burzaco "sirve para recordar, para que no vuelva a pasar." En una de las paredes del patio, convertidas cada una en un lienzo gigante, pinturas del MTD Aníbal Verón recuerdan el espíritu de los dos jóvenes asesinados y les agradecen por "dar hasta la vida por la dignidad piquetera". Un candombe desenfrenado y final se mezcla con el aplauso cerrado que despide a la murga en un solo grito: "Piqueteros, carajo. Ohhhh, unidad y organización, revolución, revolución, socialismo y revolución."

El acceso a los andenes está liberado y no hay guarda que pique los boletos. Si no fuera por la presencia de los efectivos de Gendarmería Nacional, cualquier desprevenido paseante podría imaginar que el tren ya no detiene su marcha en Avellaneda, que la estación fue trasladada para ser reemplazada por una galería de arte al aire libre sin más requisito que difundir expresiones artísticas populares. Un poco más allá, en un predio lindero, se proyecta un centro cultural que presentará durante toda la tarde en su escenario a artistas como Chala Rasta, la López Pereyra o Cumbia Tirapiedras.

El centro cultural comenzó a construirse en diciembre, cuando fue cedido por la Unidad de Gestión Operativa Ferroviaria de Emergencia a las organizaciones sociales. En memoria a los piqueteros asesinados y por iniciativa del Frente Popular Darío Santillán (FPDS), ese espacio será bautizado como Darío y Maxi. "Contamos con el permiso del Onabe (Organismo Nacional de Administración de Bienes) y de la Ugofe para construir un espacio cultural donde tenemos pensado ofrecer talleres de oficios, de formación y muestras de arte", adelanta Florencia Vespignani, artista popular y compañera de militancia de Darío Santillán.

En diálogo con Agencia NAN, reconoce que con el tiempo “la estación se convirtió en un espacio de memoria y cultura popular” y que su estructura cambió “a partir de la lucha de todos los compañeros”. La militante del FPDS conoció a Darío poco antes de que llegara al movimiento de desocupados, cuando el joven comenzaba a desnudar su preocupación por los problemas de su escuela que mas tarde lo llevarían a participar en una incipiente organización de estudiantes secundarios. Trabajó junto a él en el MTD Lanús, durante una toma de tierras en el barrio La Fe.

Mientras fabricaba ladrillos en una bloquera y preparaba el terreno para levantar su vivienda, Darío vivió por un tiempo en la casa de Vespignani, que lo caracteriza como "un militante muy activo en prensa y formación, muy decidido y comprometido, siempre dispuesto a laburar en el barrio." Hoy esa bloquera funciona en el predio Roca Negra, donde actualmente trabaja su hermano. “Allí funciona una biblioteca y un comedor social, y tenemos diferentes emprendimientos, entre los que se encuentran talleres de serigrafía, herrería, huerta, un bachillerato popular y una escuela primaria para adultos”, enumera la artista popular. Al igual que Kosteki, llevaba en su interior cierta sensibilidad e inclinación hacia la expresión y lo artístico. "Habíamos quedado con Darío que iba a enseñarle a dibujar --señala--. El quería diseñar un logo para el MTD”.

Consultada sobre su experiencia en la movilización a Avellaneda, Vespignani recuerda que “estaba llegando cuando se desató la represión”, y si bien el puente estaba despejado de manifestantes “había milicos por todos lados”. A medida que iba avanzando sobre la Avenida Mitre, los gases de la policía comenzaban a hacerle efecto, pero pudo comenzar la búsqueda de sus compañeros en la agrupación Aníbal Verón. La mujer repasa en su memoria y estima que regresó a la estación de Avellaneda, “unos 15 o 20 minutos después de que se llevaron a Darío y Maxi”, y se fue encontrando con “compañeros heridos que habían sido perseguidos hasta el baño de la Shell ubicada a metros de la estación de trenes”. Cuando finalmente llegó caminando a la estación de Lanús, intentó ubicar por teléfono a los compañeros que habían ido a la marcha pero “nos dimos cuenta que Darío no estaba ni en la comisaría ni en el hospital de Avellaneda”.

En la misma estación de servicio donde la artista plástica había encontrado a sus compañeros heridos ocho años atrás, este cronista conversa con Alberto Santillán, padre de Darío. “El sentimiento no me moviliza cada vez que se cumple un nuevo aniversario, la ausencia del hijo se siente todos los días”, afirma con firmeza en la voz, y considera que el plan político-policial de aquel día estaba clarísimo. “Fanchiotti era un comisario de trayectoria y no actuó como un idiota que iba a rifar su carrera matando por matar --analiza--. Evidentemente, tenían una orden directa del Gobierno nacional y provincial y no les importó que hubieran testigos, que los periodistas les sacaran fotos o los filmaran.” Por eso está “más que clara la responsabilidad de estos sujetos que hoy están enquistados en el gobierno o se están presentando como candidatos”.

Y agrega sobre la responsabilidad intelectual y política en la represión: “si bien hemos conseguido la condena de Fanchiotti y (Alejandro) Acosta, a través de escraches y manifestaciones, yo no como vidrio y sé que es muy difícil que la Justicia me de la derecha en este caso”. Santillán asegura que espera “una respuesta política” y que “no deben existir dos justicias: una para los poderosos y otra para los desposeídos”. El padre hace un semblante de su hijo, a quien recuerda hablando en muchas oportunidades sobre el “Hombre nuevo”, identificándose con “la sangre de los caídos”. “Hoy muchos jóvenes se consideran parte de la sangre de Darío y ahí surge una nueva conciencia --observa--. Darío era conciente de todo lo que hacía y tenía un fuerte compromiso hacia los demás, que es el que deberíamos tener todos nosotros.”

Antes de finalizar la secundaria, Darío ya transpiraba esa sensibilidad que lo llevó a optar por los más necesitados. Sensibilidad que, tiempo después, lo encontraría un mediodía de invierno en la base del Puente Pueyrredón, luchando junto a sus compañeros. “Con quince años, él era uno de los primeros en dar una mano cada vez que había inundaciones en los barrios y se preocupaba por juntar alimentos para la gente que lo había perdido todo”, rememora el padre, con la emoción atravesando la mirada. También trasladaría su honestidad al plano sentimental. “Darío siempre tuvo mucha suerte con las chicas. Como usaba barba y tenía unos ojazos verdes increíbles, ligaba mucho, pero hasta en sus relaciones amorosas no ilusionó nunca a nadie”, destaca Santillán. Finalmente, se enamoraría profundamente de Claudia, su última compañera.

Tal vez había decidido regresar sobre sus pasos para ubicar a su hermano Leo, a la misma Claudia o para seguir ayudando en la retirada a quienes escapando de las balas asesinas habían quedado rezagados en el camino. En fotos y filmaciones puede reconocerse a Darío Santillán auxiliando a otros compañeros y compañeras que corrían por la avenida Pavón --intentando replegar a los que venían más retrasados, quizás, para que pudieran subir al tren--. El luchador definitivamente no dudó en sostener la mano de Maximiliano Kosteki mientras agonizaba en el hall de la estación, extendiendo la suya ante las armas asesinas para que dejaran de disparar.

Lo cierto es que la represión de aquel día apagó la vida de dos luchadores sociales con sueños y esperanzas; episodio que el diario Clarín tituló como “La crisis causó 2 nuevas muertes” y que en su volanta destacó: “No se sabe aún quiénes dispararon contra los piqueteros”. Pero lo que no se puede tapar es la conciencia de muchos otros jóvenes que esperan por justicia y que encabezaron la marcha de antorchas rumbo a la base del Puente Pueyrredón (que da comienzo al acampe y la vigilia). Se acerca la noche y las voces de Rally Barrionuevo y Santillán padre todavía no retumbaron en Avellaneda. Cerca de las 21, Alberto cierra la jornada del viernes acompañado por las organizaciones sociales que llegaron para recordar a su hijo con un solo reclamo: “Juicio y castigo a todos los responsables. ¡Darío y Maxi no están solos!"
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