viernes 29 de enero de 2010

Eduardo Misch: “Todos somos un poco como Poroto o queremos serlo”.-

Haciendo una analogía desde un personaje de su profundo interés, el director de Dirección Contraria, artesanía teatral --basada en una novela de Eduardo Pavlovsky-, comenta en una charla con Agencia NAN cómo trabajó el tema de la huida desde varios puntos de vista: como fenómeno terapéutico para escapar de lo tóxico o lo nocivo, como forma de movimiento y además de creación. Algunos puntos que atraviesa su nueva obra que se muestra los sábados a las 20.30 en El Camarín de la Musas.

Por Facundo Gari
Fotografías gentileza de
Dirección contraria

Buenos Aires, enero 29 (Agencia NAN-2010).- La era de la publicidad se instaló hace rato, e incluso ciertas consignas que parecieran alejadas de las fórmulas marketineras están solapadamente empapadas de recursos efectistas poco mentados para otras circunstancias. Sucede con la trillada “Todos somos” seguida, recurrentemente, del nombre de una víctima de alguna de las formas que el sistema adopta. El sentido es claro: la proposición busca que el receptor se identifique con el sufriente, con Jesús crucificado. Claro que en algún punto todo ser humano es víctima, aunque también victimario. Pero no hay aires de relativismo en el coro: “Todos somos Fulano”, liso y llano, tan inclusivamente que habría que preguntarse adónde van a parar los culpables de que Fulano sea un nadie tan ejemplar.

Otras veces, el sentido de la premisa es menos parcial. Como cuando Eduardo Misch, director de Dirección contraria, artesanía teatral --obra que se muestra los sábados a las 20.30 en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960)--, alega que “en algún punto todos somos Poroto”, personaje creado por Eduardo “Tato” Pavlovsky para la puesta de la pieza epónima en el Teatro Calibán durante la segunda mitad de la década pasada, con dirección de Norman Briski y actuaciones del propio Pavolvsky, Susana Evans y Elvira Onetto. En resumen, Poroto es un fugitivo permanente. ¿De qué huye? De lo que Pavlovsky denomina situaciones tóxicas, “ese tiempo que sentimos que perdemos, en el que nos encontramos capturados y obligados a decir algo. La estrategia del personaje es aprender a huir y crear otras zonas de comunicación”, explica el autor de Telarañas, El señor Laforgue, El señor Galíndez y Potestad, entre otras obras.

Seguido a la presentación de aquella primera puesta, en 1997 el iniciador del psicodrama en América latina publicó la novela Dirección contraria, “que es lo que le faltaba decir sobre el personaje, un compendio de variadas situaciones disparatadas que involucran a Poroto con amigos, en el trabajo, con familiares”, explica Misch, que además actúa junto al resto de los integrantes del grupo El Soporte (su hermano Pablo, Lucrecia Oviedo, Javier Medina y Daniela Volpe). Algunos de esos episodios --hilados por la impronta de un documental realizado por especialistas becados que estudian el comportamiento del protagonista-- son los que el director lleva a escena, en una especie de work in progress con elementos surrealistas y un eco social cauteloso pero presente. “Todos somos un poco como Poroto, o queremos serlo, porque huir puede ser una fobia grave o un acto de preservación”, ríe el director de 40 años durante una charla con Agencia NAN.

-- ¿Quién es Poroto?
-- Nace con un relato de Pavlovsky en el que cuenta el encuentro de aquél con un amigo de la militancia, que es Leo, y cómo el protagonista ve coartada su posibilidad de escape. Es un tipo que siempre elige donde sentarse para saber cómo escapar. En la obra, se le complica la partida, pero es una difícil. Ese es el relato inicial, que culmina cuando Poroto desaparece del bar sin que nadie lo advierta. Casi inmediatamente a la obra, Tato edita Dirección contraria, novela con la que arma un mundo alrededor del personaje, más allá de su relación con Leo. En ella se ve claramente la filosofía de escape del personaje, el tiempo que puede soportar con las personas con las que se encuentra, su novia, sus afectos y amigos. Son situaciones muy disparatadas, que salen de lo cotidiano… Esa es la propuesta, salir de la rutina un poquito cada día e inventar algo.

-- ¿Y existen estas situaciones tóxicas de las que Poroto huye?
-- Son situaciones que a veces uno aguanta más de lo necesario. Para Poroto son la justificación para huir. Cada encuentro tiene un tiempo límite, y ese mismo es el sentido del encuentro. Las situaciones tóxicas están en todos lados, en lo familiar, en lo laboral, aunque habitualmente uno no se lo dice al otro, sigue soportando. ¿Y por qué no irse? ¿Por qué no decir “bueno, ya está, nos vemos otro día”? Claro, sin llegar al límite de huir sin ser descubierto, que le daba a la situación teatral un plus de ficción hasta cinematográfico.

-- Parece que el personaje tuvo una resonancia particular en usted…
-- Estamos hablando del noventa y pico. Yo estaba en el centro de estudiantes del conservatorio (se refiere a la Escuela Nacional de Arte Dramático Antonio Cunil Cabanellas), en una época de permanente ebullición, porque el conservatorio era muy político y yo tenía mucha participación. Y Poroto me resonaba como un “basta de”, un poder decir lo que uno quisiera, seleccionar lo que uno quisiera. Y era un momento de mi vida de selecciones: empecé a estudiar, dejé de trabajar. Siempre lo tuve como un personaje de salvación. Después ese ciclo terminó y no la volví a ver.

-- Pero sí a Pavlovsky…
-- Fui secretario personal de Tato durante nueve años, hasta diciembre del año pasado. Estaba con la toma del conservatorio cuando lo conocí, cuando se hizo el Instituto Universitario Nacional del Arte (creado por decreto del Poder Ejecutivo, nació de la integración de siete escuelas superiores de la Ciudad de Buenos Aires) en la época de Carlos Menem. En realidad, lo conocí un poco antes, en una reunión cuando Osvaldo Dragún dirigía el Teatro Nacional Cervantes. Como Dragún no era oficialista, fue muy cuestionado, un tipo muy participativo que estuvo en Teatro Abierto. A varias personalidades de la cultura les tocó mucho esa asunción. Se hizo una reunión en la que caí con amigos del conservatorio. Caímos porque uno de ellos era Raúl Serrano, que nos invitó. Estaban Tato, Norman, David Viñas y nosotros, que nos preguntábamos que hacíamos ahí. Hablamos de política y de lo que pasaba en ese momento. Y se sacó una solicitada en contra de Dragún, una manifestación intelectual que luego tuvo más adhesiones. En ese momento, me estaba postulando como presidente del centro de estudiantes.

-- En una entrevista anterior, usted se posicionó como un “actor militante”.
-- Me refería a cómo influye la política en el teatro.

-- ¿Y cómo lo hace?
-- Una cosa lleva a la otra. Hay gente que dice que no: “Yo soy actor, no me meto con la política, no me interesa”, pero yo creo que el actor es fiel representante de lo que va pasando en su historial sociológico. En el conservatorio empecé a militar sin ser miembro de ningún partido político, siempre voté a la izquierda, pero no tengo identidad política firme. Fue la situación mala y nefasta la que me motivó a movilizarme y a movilizar a otras personas, como sucede con los proyectos que nacen cuando no hay una institución contenedora. A partir de ahí, durante toda la carrera, me incluí en “cargos” que tenían que ver con el desarrollo de la institución, siempre ad honorem y tratando de mejorar la situación. Pero los que molestábamos éramos siempre minoría y no terminábamos consiguiendo mucho, sólo pequeñas cosas. La universidad se llevó a cabo de mala manera, todo ese proyecto de Menem, con profesores sin concursar, arreglos económicos, una asamblea paga.

-- ¿En qué medida Dirección contraria es una crítica social?
-- Leí uno de los artículos sobre la obra que se titula algo así como “Radiografía social”. Lo que tiene Poroto es la diversidad de sentido que cada uno le puede dar. Cuando armé la puesta no pensé en lo sociopolítico, se me fue estructurando un dispositivo en la cabeza. Lo relacionado a lo social es la identificación de la gente con el personaje. Después van apareciendo pequeñas cosas, como la fábrica de baches de Macri, que tiene que ver con la adaptación, que es bastante.

-- ¿Cómo fue ese trabajo?
-- Arranqué con Javier a improvisar, a ver cuáles de los textos podían funcionar en la acción, porque al leerlos son todos geniales pero bajándolos pierden esa magia de lo literario o realmente no tienen atractivo teatral. Entonces, improvisamos mucho, con bastante sensación de fracaso, porque la mayoría de los intentos no iban. “No puede ser que un texto que me divierta tanto leer no sirva para nada”, pensaba. Así que de todo ese primer trabajo seleccioné algunos textos, otros quedaron afuera.

-- Es impactante la escena de los penes pescando en la tina. ¿De dónde provienen esos elementos surrealistas?
-- Esa escena está contada como un encuentro entre padre e hijo. La obra va por títulos de las situaciones, que son cortas, y hay una que se llama “Los padres”. Entonces, usé elementos de dos obras anteriores de Pavlovsky: Locuración, que era tres monólogos y una obra corta y fragmentada, y Balbuceantes, nueve textos cortos. Pero de todas las obras que hice, tengo pedazos de muñecos y cachivaches por todos lados. Y no puedo vivir con una rampa de cuatro metros cuadrados en casa. Trato de usar todo lo que tengo. Armé un médico con pedazos de otro muñeco y los penes se me ocurrieron en un ejercicio de abstracción: “Papá y el niño son dos penes.” No recuerdo cómo salió lo de la bañadera, tal vez me estaba dando una ducha. Pero sí que la hicimos con papel maché. Hay mucha autogestión acá.

-- ¿Un grupo de actores multifunción?
-- La idea de “la función debe continuar” existe. Todas las asistencias que tuve durante seis o siete años me dieron el aprendizaje para poder saber hasta qué hay que hacer para que la gente entre al teatro, me dieron un conocimiento global de lo que lleva dirigir un espectáculo. No podría hacerlo todo yo, de todas formas. Pero da un nivel de pertenencia importante, porque fui armando lo que iba imaginando, y no me boicoteé… Antes de arrancar, podría haber pensado: “¡Me van a tirar tomates cuando entre con los penes!”, pero no me preocupa demasiado si le gusta o no al de afuera.

-- ¿Por qué es una “artesanía teatral” y no un arte, a secas?
-- Elegí ese subtítulo porque intenté hacer una artesanía con una novela que no era teatro. Y la “arte-sanía” viene arrastrada de Locuración, que es el teatro como salvación. La sanidad de Dirección contraria era llegar a hacerla porque hacia un año y medio que la nombraba. Fue muy divertido y seguimos encontrando cosas nuevas.

-- Como las herramientas audiovisuales, aunque usted admitió que no le gustan porque dejan al actor afuera…
-- Lo que no quería era una imagen en escena que comiera todo por el propio chupete de la pantalla. Entonces, busqué que fuera complemento, que multiplicara una idea, que fuera un fondo. Y además, la técnica no es precisa. A una máquina le das “Enter” y puede tardar entre dos y cinco segundos. Y ese tiempo es un “pip, pip, pip”. De hecho, tenemos un “plan B”, una puesta alternativa por si no funciona la filmación.

-- Es curioso que Poroto no tenga cara fija, sino que los actores se vayan rotando un sombrero para interpretarlo. ¿Es porque “Todos somos Poroto”?
-- Exacto. La idea fue trabajar no con personajes sino con roles; uno podría devenir en el rol que quisiera en un momento cualquiera. De esa forma, yo puedo ser Poroto cuando necesito. Busqué enfatizarlo como función, que no es lo que dice ni lo que hace, sino lo que deviene.

Blog:
http://direccioncontraria-artesaniateatral.blogspot.com/

jueves 28 de enero de 2010

Amar, temer, partir... volver.-

A Ramona Leiva la acusaron de estar “metida en la droga” y la encarcelaron durante casi cuatro años en Ezeiza, lejos de sus siete hijos. Cuando logró confrontar el encierro, se “puso las pilas” y estudió peluquería, computación y restauración de muebles, hasta que llegó al arte, que “modificó el enfoque de su vida”. Tanto que, al traspasar las rejas, no se quiso ir del todo: bajo el manto de la asociación civil Yo No Fui, la mujer regresa cada jueves para brindar talleres de serigrafía a las reclusas.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía de Martín Lonigro

Buenos Aires, enero 28 (Agencia NAN-2010).- En sus ojos se percibe un ahora que resume un antes y un después. La síntesis es fácil de descifrar, no así el dolor, porque toda ella es vida y sonrisas. Ramona Leiva es una mujer que logró burlar todos los prejuicios. En su estadía en la cárcel, traspasó las rejas --no las materiales, claro-- y se inventó una nueva vida cerca del arte. Y una vez afuera, sin la mezquindad de algunos que se autodenominan sabios, decidió traspasarlas de nuevo --ahora sí, las materiales-- para compartir lo que aprendió adentro. Cada jueves por la mañana, durante dos horas, Leiva coordina un taller de serigrafía en la Unidad 3 de la cárcel de Ezeiza que incluye algunas clases de dibujo y pintura a pedido de las alumnas, y también mate, galletitas y novedades del mundo exterior. “Para mí, entrar es una bandera de triunfo porque me abren la reja. No es que lo hacen porque vengo con la policía al lado. Me la abren a mí”, grafica en una charla con Agencia NAN.

Leiva no trabaja sola. En realidad, ella es todo un símbolo de Yo No Fui, una asociación civil que busca acompañar a las mujeres dentro y fuera de la cárcel, con talleres de poesía, fotografía, diseño, serigrafía y otros. Se puso en marcha hace cinco años, con un taller de poesía a cargo de María Medrano, en la Unidad 31. Cuando las internas comenzaban a salir, se encontraban con una realidad compartida: la soledad, la falta de trabajo y de apoyo del Estado. En consecuencia, la organización comenzó a funcionar como un espacio de capacitación para reinsertar a las mujeres en el universo laboral, y a veces hasta como la posibilidad de recibir algún ingreso por lo recaudado en ferias o trabajos a pedido, aunque mínimo.

Si Leiva es todo un símbolo es porque en su adentro están las experiencias del adentro y del afuera, vaya trabalenguas. “Una vivió ahí. Miro a las chicas a los ojos cuando están tristes, cansadas y cuando ya no quieren estar presas. Yo lo viví. A veces se les nota eso de no aguantar más, el ‘me quiero ir’. Y la verdad es que no hay otra cosa”, sentencia. Bajo el programa “La experiencia cuenta” --que recibe un apoyo del Ministerio de Justicia--, Leiva comenzó con clases de serigrafía, luego de esténcil, dibujo y pintura sobre tela, papel y madera, para que las presas “abarcaran otras cosas”. Y en el cubículo que Yo No Fui tiene en Palermo, recibe a quienes gozan de salidas transitorias o recuperan su libertad, con otro taller, al que también se incorporaron algunos hombres.

Leiva es consciente de que ese grupo de 15 internas la espera cada jueves ansiosamente. “En serigrafía se trabaja con productos que son muy fuertes y no todas tienen el buen ánimo de ensuciarse y usar ese tipo de líquidos. Con el dibujo se relajan más. También les llevo revistas, las comentamos, les cuento novedades. Hay que dejarlas que se asienten un poco, tomamos mate y todo eso va haciendo un taller --cuenta--. Me llevo muy bien con las chicas. Cuando ellas me decían ‘maestra’ o ‘profesora’, yo les decía: yo no soy ni una cosa, ni la otra. Primero porque no tengo título, lo que hago es compartir lo que aprendí. Y después, porque así como yo traigo cosas, me llevo otras. Me sirve. Entonces ellas también serían mis maestras.”

¿Y adónde va a parar todo ese trabajo que nace en el taller? “El taller de costura de afuera hace las remeras, el de diseño las corta y se hacen los moldes, el de serigrafía las estampa y después eso se vende o se hacen ferias”, explica Leiva. Y más allá de eso, hay otro tipo de logros que vivencian quienes pasan por la experiencia. “María (Medrano) se contactó con una persona que trabaja en cárceles en Francia y están haciendo un libro en común. Algunos de los dibujos de ese material son de las chicas, y la tapa seguramente también saldrá del taller”, ejemplifica.

Económicamente, lo que Leiva obtiene por ser transmisora de sus conocimientos --por no ir en contra de su voluntad llamándola maestra-- es mínimo. Apenas le alcanza para los viáticos y los materiales. Y la recaudación que deviene de la venta de remeras se distribuye entre todas las mujeres que participaron del proceso. El objetivo es, entonces, recibir algún subsidio que permita que todos los que dan clases obtengan una ganancia. “No hay casi ayuda del Estado. Hacemos esto movidos por las ganas. No saco dinero. Eso sí: saco mucho más”, subraya Leiva.

Olor a calle

En la cárcel, la expresión que titula este apartado se usa para designar algo así como la energía que le brota a una persona que llega de afuera. Si Leiva es hoy quien arrastra ese perfume por los pasillos del penal, es porque en algún momento logró inhalar ese aroma que volaba por el aire. Ella percibe, claramente, que el triunfo que le representa volver a ingresar al lugar donde pasó casi cuatro años es una consecuencia de otras cosas. Su vida, antes, era bien diferente. Vivía con lo justo, lo que le dejaba la venta de bijouterie en Once con su marido, que también manejaba un taxi. “Tengo escuchas con un amigo y dicen que yo estaba metida en la droga. Nos metieron a mí y a mi marido. Soy inocente, pero me la banqué porque afuera conocí mucha gente y sé que no es un lugar de santos, ni todo es tan legal. Incluso, yo traía cosas por contrabando. En ese sentido, no soy tan inocente. Conozco gente, mi hermano anduvo en la droga y no me gusta la policía. Todo eso hizo que yo tenga un código de respeto. Mi compañero tendría que haber saltado y haber dicho que no habíamos hecho nada, pero nos terminó arrastrando”, recuerda.

Afuera dejó a sus siete hijos, que quedaron solos, porque su marido también “cayó”. “De todo lo malo que tiene la cárcel, por lo menos le saqué provecho. Nunca había hecho cosas para mí, más que criar chicos. El primer tiempo lloré mucho, hasta que una compañera me dijo: ‘Que las rejas no te lleven’. Me puse las pilas y estudié peluquería, computación, restauración de muebles. Y después entré al taller La Estampa --que funciona de manera similar al que ella dicta--, y se me despertó el amor por el arte. Todo eso fue modificando el enfoque de mi vida: por qué levantarme, por qué pelear hoy, a qué darle bolilla”, sostiene.

En la cárcel, Leiva recibió la visita de la artista plástica y escritora Fernanda Laguna, quien cuando salió también la llevó por la senda del arte. Afuera, se incorporó a Eloísa Cartonera, cooperativa en la que permaneció durante dos años. “Eloísa fue una parte importante en mi vida, una contención cuando salí. Si eso no hubiese pasado, ahora no estaría donde estoy”, recuerda. Finalmente, la conoció a Medrano. “Justo salió un grupo de poesía que era bastante fuerte y nos sumamos y armamos Yo No Fui”, relata.

“Cuando volví a entrar, al principio la gente de seguridad me miraba como si me conociera. Algunos se daban cuenta que ya había estado. Otros no, como ven tanta gente… Cuando hablo con las chicas, me preguntan por qué volví y les digo que cuando estuve adentro sentí que tenía que regresar pero de otra forma, para cambiar algunas cosas, porque no sirve quedarnos rezongando en casa. Me costó mucho, hace cinco años que estoy en libertad y recién ahora puedo entrar otra vez. No es que me encapriché de un día para el otro”, reflexiona. “Tuve miedo. No hay persona que no tenga miedo, nada más que yo puse el pecho y le di para adelante. Desde que salí, no hago nada que no me guste y no le doy excusas ni consejos a los demás. Muestro lo que hago. Pueden elegir. Hay malos momentos, pero pasan.”

Más allá de intentar generar un cambio en las internas, de dejarles la moraleja de que es posible barajar y dar de nuevo, existen otras cosas que Leiva quisiera cambiar: “La cárcel es un lugar muy duro, oscuro, frío. Me gustaría que las presas pudieran hablar más por teléfono, ver a sus hijos, que recibieran un mejor trato, que se analizara por qué llegan a estar presas. Hay muchas que nunca tuvieron una oportunidad, cada una tiene su historia en su espalda.”

-- ¿Y qué es el arte para usted, ya sea con olor a calle o a cárcel?
-- Los dibujos que hacemos pueden ser lindos o no. Eso no importa. Tienen que estar llenos de emoción. Todo, en realidad: pintar, cocinar, pasar un trapo. El arte es sentir las cosas que uno hace.

miércoles 27 de enero de 2010

“Poesía celular”: un nuevo mensaje de texto.-

Javier Pereyra y Sheila Rosenzveig gastaron los mil mensajitos gratis y váyase a saber cuántas tarjetas de celular en piropos y observaciones sobre los sueños, los trenes y los bares. Luego los juntaron, pidieron a artistas amigos que dibujaran y reflexionaran esos diálogos y publicaron todo en Poesía celular. "Utilizamos esa herramienta masiva y le dimos una vuelta a lo más humano", contaron.

Por Nahuel Lag
Fotografía de Mariana Seghezzo

Buenos Aires, enero 27 (Agencia NAN-2010).- Empezó como mil historias, pero al revés que mil libros. “El libro ya estaba hecho, lo que teníamos que hacer era ordenarlo”, explicó Javier Pereyra en diálogo con Agencia NAN. Él y Sheila Rosenzveig se conocieron en la Facultad de Psicología y comenzaron su noviazgo en 2005. Potenciados por los primeros calores y los mil mensajes gratis de celular que les ofreció un amigo, comenzaron a “mensajearse” para achicar las distancias y el tiempo que los mantenían separados, y de a poco los mensajes tomaron otro vuelo más allá de un simple “estoy llegando” o un “besos, mi amor”. Entonces, “fueron más allá de los personal: se produjo una creación artística”, indicó Javier. “¿Borrar mensaje?”, se leía en la pantalla de algunos de los celulares de la pareja. “Nos pasó que no queríamos perderlos, queríamos tenerlos vivos en algún lado. Si los borro, se muere”, recordó ella. Una vez que el evitar borrar se transformó en la trascripción de 80 páginas de texto guardadas en una computadora, comenzó la historia de Poesía celular.

Con sus Nokia 1100 sobre la mesa, nadie puede pensar en Sheila y Javier como unos “tecnochicos”, algo de lo que ellos también reniegan y aseguran que prefieren lo “tangible, lo que se puede intercambiar”. Entonces, ¿por qué un libro hecho de mensajes de celular? “Él vivía en Luján. Entonces, nos veíamos menos de lo que una pareja convencional suele verse. Sin quererlo, nuestro modo de encontrarnos terminó siendo a través de mensajes diferentes. Más técnica o menos, lo artístico tiene que ver con lo que se siente. Tenía la necesidad de transmitirle sentimientos y escribirlos”, explicó Sheila los inicios del material hoy editado.

Por eso, “El encuentro” es el nombre del primer capítulo que ordena la espontaneidad de los mensajes, que le da guión a una catarata de mensajes entre 2005 y 2008. “Primero pensamos ordenarlo cronológicamente, pero después comenzamos a ver que había temas que se cruzaban: “Instantáneas de la calle”, “Trenes”, “Cuentos”, “Colectivos” y “Sueños” son las otras carpetas en las que guardaron y acomodaron la historia en la que la pareja no es la única involucrada.

“Quizá yo tenía una hora de viaje en colectivo y una idea que me daba vueltas en la cabeza. La escribía y se la mandaba a los contactos que aparecían: vaya a saber dónde estaban y qué hacían esas personas cuando la recibían. Pero comenzaba a recepcionar una diversidad de miradas distintas sobre una misma idea”, continúa rearmando el contenido del libro Sheila.

Antes de transformarse en libro, los mensajes llegaban como instalación literaria, cuenta la pareja mensajera. “Seleccionábamos algunas partes de lo que aún no era ni un proyecto de libro, convocábamos a otros artistas y amigos. Y como tuvo buena recepción, nos motivó a pensar en algo más”.

Había llegado el momento de pensar el material de otra manera. “A la hora de realizar el libro editamos aquellos mensajes que no eran para compartir con todo el mundo. Lo que está es porque, en un punto, no es nuestro sino que también puede generar sentimientos en los demás”, resaltó Javier. Pero además de evitar la privacidad como reality show, Sheila subrayó que más allá de que son ellos los propios protagonistas del libro “también somos esos otros que nos leen. Una vez que se entra en la trama del libro y el andar de los capítulos, olvidamos que esos nombres nos pertenecen”. “Sheila y Javier están en el libro, son parte y son otros”, resumió Javier en un tono casi futbolero (hablando en tercera persona de sí mismo).


-- ¿Qué fue lo que los motivo a publicar ese hecho artístico que se dio en el intercambio de mensajes?
Javier Pereyra: -- Tiene que ver con promover y dar difusión a lo propio. Muchas personas producen arte y queda entre amigos, en un circuito cerrado. Este libro impulsa esos circuitos cerrados y abre una nueva dimensión. Esa que se abría cuando le enviaba un mensaje a un amigo que pensaba que no le iba a dar bola, un tipo "cero literario", y recibía una respuesta que me dejaba pensando: "¡la pucha, se lo tenía guardado!”. Además, permite demostrar que en lo cotidiano hay mucha poesía, que no es terreno exclusivo de los intelectuales. Si un Cortázar inhabilita a un nuevo escritor, estamos en problemas. El arte debe ser una invitación a producir, a crear en el nivel que sea.

-- ¿Se puede correr el celular del aparato de consumo masivo y transformarlo en herramienta arte?
Sheila Rosenzveig: -- El celular no está pensado para darle un uso artístico, masivamente no se utiliza para ese tipo de expresiones. Es un límite delicado entre las nuevas tecnologías para "estar más comunicados" en un mundo cada vez más fragmentado y las herramientas con las que se puede construir nuevos espacios de expresión. Sin buscarlo, utilizamos esa herramienta masiva y le dimos una vuelta a lo más humano para enviar mensajes amorosos, oscuros, bizarros. Lo que se siente y se desea transmitir a otro en un momento determinado.

El ida y vuelta de los mensajes también tuvo uno para la producción del libro. “Les dimos las copias de los libros a otros artistas amigos, ellos se los llevaron a su casa, lo reflexionaron y después realizaron su aporte”, apuntó Sheila sobre los textos de interpretación, las poesías que agregan más sentido a la poética de los mensajes y los dibujos que ilustran capítulos y fragmentos. Los artistas invitados fueron desde psicólogos (como Javier y Sheila, que consideran a su profesión un arte) hasta un poeta integrante del grupo La Colifata del Hospital Neuropsiquiátrico Borda.

Entre esos aportes no faltaron las reflexiones sobre si el libro no es muy “personal”, si está bien escribir a partir de mensajes de un aparato que resalta más el consumo que la comunicación y, cómo no, la ortografía, el respeto o no de la sintaxis propia del aparatito más vendido de la historia. “La idea era que el lector pudiera entender lo que queríamos transmitir respetando la espontaneidad lo mayor posible. Los ‘xq’ quedaron, pero las faltas de ortografía podían generar un cambio de sentido en la lectura”.

-- El libro es como un diario de viaje pero en lo urbano, un diario íntimo, ¿un nuevo estilo de poesía?
J.P.: -- Nos hablaron de cómo nominarlo, pero el título no es más que un nombre. ¿Es un libro de poesía? Es un libro poético. También romántico, porque está exacerbado lo emocional. Pero no intentamos creer nada nuevo.
S.R.: -- Buscamos construir puentes, encuentros ligados a la distancia, el tiempo, la creación y lo cotidiano. Un concepto cerrado no hay, pero se está construyendo.

-- ¿En qué momentos se puede hacer poesía celular?
S.R.: -- El capítulo “Instantáneas de la calle” es un ejemplo. Estás en un bar y hay situaciones que te invitan a relatarlas, tienen que llamarte… En ese momento, tenés tiempo para estar receptiva de la situación. Entonces, escribís lo que está pasando. Son como fotografías narradas, lo que ves en la calle se vuelve relato.

Blog:
http://poesiaxcelular.blogspot.com/

martes 26 de enero de 2010

Carlos Paz & Love en Córdoba.-

Durante un fin de semana, las sierras cordobesas y el lago San Roque, junto a miles de personas, fueron testigos de la segunda edición del festival internacional de reggae, que estuvo plagado de estilos, regiones y trayectorias. Nonpalidece, Resistencia Suburbana, Quique Neira y Kamelaba, entre otros, participaron del evento realizado a "todo pulmón" que dejó bien claro que Argentina se proyecta como una de las mejores plazas de reggae por calidad y cantidad de bandas.

Por Adrián Pérez
Fotografía gentileza de La De Dios

Carlos Paz, 26 de enero (Agencia NAN-2010).- Un puñado de alegres cotorras saltan de rama en rama, entre la profusa arboleda que invade el camping del ACA, mientras la peregrinación de chicos y chicas desembarca en la segunda edición del Carlos Paz & Love, show internacional que reunió a embajadores de todas las latitudes en un rico y colorido abanico de estilos, regiones y trayectorias pero bajo un denominador: el gusto por el reggae. Durante un fin de semana donde el calor sólo afloja por las noches, sanjuaninos y cordobeses, salteños y puntanos, bonaerenses y porteños, argentinos, chilenos, brasileros, uruguayos y venezolanos, todos ellos convocados por la música, con las sierras cordobesas y el Lago San Roque a sus espaldas, comparten en una cancha de básquet el soundsystem y el dancehall que extiende la fiesta, al cierre de cada fecha, hasta bien entrada la madrugada.

Sin apuro y sin histeria, sin estrés ni horarios que cumplir, la caravana de pibes y pibas camina la avenida costanera para cubrir los 400 metros que separan el camping del predio desde donde Santiago Palazzo, conductor de La De Dios y maestro de ceremonias, presenta a Jahmila. Si bien la formación española-italo-argentina transita el escenario con actitud no logra convencer demasiado a los cientos de asistentes que siguen el set a tres metros del vallado. Los solos del primer guitarrista --parecido a Slash por los rulos que pueblan su cabeza-- se vuelven yeites acertadamente rockeros cada tanto.

Si bien Sergio Robaina canta en inglés, Holy Piby rompe el hielo no bien pone primera. La banda de Lanús realiza una presentación prolija --de las mejores del festival, condimentada con pizcas de reggae y funk, de dub y soul--, en un set corto y vertiginoso (habrá chance de verlos el próximo jueves junto a The Wailers y Alpha Blondy). Aunque desde los parlantes la voz de Luis Alpha anuncie que “Sale el sol”, la luna, inexorablemente, entra en su cuarto creciente. Es que el reggae tiene su propia ciencia.

Cinco minutos antes del nuevo día, Nonpalidece abre el juego con un medley: suenan “Discrimination”, cover de Tiken Jah Fakoly, cantante de Costa de Marfil; “Cool and calm”, de Israel Vibration, que se presentará el 16 de febrero, en el Teatro de Colegiales; “Holiday”, de Don Carlos; y “Roots & Culture”, también del cantante jamaiquino. Le siguen “Tu Presencia”, “Revolución”, “En el aire” y “Tu recompensa”, de El fuego sagrado, último material de estudio. Todo iba bien para la banda de Tigre hasta que le llegó el turno a “Reggae en el Universo“: un problema eléctrico dejó sin energía el escenario por treinta minutos, y aunque el público no se impacientó y se bancó la demora, la banda volvió a tocar fría con Ramljak un tanto molesto. El único inconveniente para un festival que se organizó (hay que decirlo) totalmente a pulmón.

El cierre de la primera fecha estuvo a cargo de Resistencia Suburbana, uno de los grupos más esperadas de la noche. Aunque la banda arrancó con un set intenso, Luís Alpha tuvo poco contacto con el público (por no decir, nulo). En un poco díscolo, dijo: “Yo no vengo acá a hablar, sino a cantar”. Se esperaba un poco más del hombre que le canta al “gueto”.

Dale Rosca entrega todo sobre el escenario durante el domingo con un ska desenfrenado e irreverente. En "Legalización", de Ska-P, invitan a Darío, de Kameleba, a subir al escenario. Las bolutas de humo dulzón alcanzan a los policías que controlan que nadie entre de colado por la vera del lago. Ni se mosquean. La sesión de vientos es acertada y si bien el público no se le anima al vallado, se enganchan a brincar y bailar con la performance de los chicos de Río Cuarto.

Desde Venezuela, después de una breve gira por Brasil y por primera vez en Argentina, La Big Landin Orquesta descarga una artillería musical ska jamaiquino sazonado con buenas dosis de jazz y ritmos del caribe. Una señora banda que continúa con la línea de The Skatalites cuando interpreta un medley de los jamaiquinos. Además de este exquisito tributo suenan “Huellas en la playa”, “En viejos tiempos” y “Tenor madness”, de Sonny Rollins. Con la precisión de un reloj, los caraqueños ejecutan un excelente rocksteady con finísimas ejecuciones de viento.

Quique Neira es una de las presentaciones más esperadas del fin de semana. Se presenta en Argentina por tercera vez y cuando comienza a cantar, el chileno transporta al primer Gondwana con su voz afinadísima a los tiempos de Phat Cherimoya Dub, Together o Made in Jamaica. El show comienza con un medley donde suenan canciones de su etapa solista fusionadas con algunas de Gondwana. Suenan versiones de “Matador”, de LFC; “Get up, stand up” y, de su etapa solista, las excelentes “Dar y recibir”, “Jah rock” o “Lady”. Con mucho groove, Neira muestra arte y oficio en esto del reggae y mantiene un diálogo constante con el público. Un set impecable.

Santiago Palazzo anuncia a los ganadores del In Contest, certamen que difunde a ocho jóvenes bandas del interior del país en este festival. Los ganadores: Fausto & Banda Cuenco (Buenos Aires), La Estafa Dub (Neuquén), Una Nación (Concepción del Uruguay) y Kingston Jam (Río Cuarto). El premio: la invitación para tocar en la próxima edición del Carlos Paz & Love.

Con nueve años como banda, Kameleba llena de frescura un show donde predominan la armonía en las voces y algunos gestos hacia el reggae lover. Por un decreto de necesidad y urgencia de vaya uno a saber quién, mela fiesta se instala con los chicos de Villa Mercedes, San Luis, otra de las bandas más destacadas del fin de semana que el 16 de febrero lanzará Vibration Sound, su próximo disco de estudio, con trece temas y una versión de "Black samurai", de Alpha Blondy.

Después de su show, Kevin Alba, saxofonista de La Big Landin Orquesta, recibe en el backstage a Agencia NAN y reconoce que el festival ha sido “una muestra del desarrollo del reggae en Argentina, que se proyecta como uno de las mejores plazas por la cantidad y la calidad de las bandas”. El balance es muy positivo para un evento que ha sido organizado por segunda vez desde la autogestión y la independencia, desde un árbol que extiende sus ramas y convoca a las raíces de América latina a seguir construyendo un movimiento que no para de crecer.

lunes 25 de enero de 2010

Discos: “Viva Belice” (Daddy Antogna y los de Helio, 2009).-

El baterista Daddy Antogna es el Robert Wyatt vernáculo: como el inglés, se enfrentó a un destino hostil para volver con un disco que reformula el rock progresivo argentino y lo saca, nuevamente, de la canción.

Por Guillermina Watkins

Buenos Aires, enero 25 (Agencia NAN-2010).- Ya lo dijo Joey Ramone: “I believe in miracles for me and you”. Y podría agregársele el “for the entire human raze” de Michael Jackson. Porque fue así, mezcla de milagro y voluntad, como Daddy Antogna llegó, a los 53 años, a sacar Viva Belice, un disco que se inserta en una larga tradición argentina de rock progresivo.

La historia es corta y trágica pero con final feliz: Daddy tenía 20 en 1982 cuando armó Ave Rock, una banda a la que muchos consideran la primera de ese palo. Después formó Orion's Beethoven y pasó un tiempo por Pastoral. Incansable, también fue músico de Vinicius de Moraes durante tres mitológicas semanas e incluso armó una banda con Stuka de Los Violadores y ensayó con Pappo y Medina antes de que armasen Aeroblues. Pero un día tuvo un accidente en una pileta y nunca más pudo volver a caminar. Recién después de ocho operaciones, volvió a abrir y cerrar sus manos y comenzó a percutir con instrumentos improvisados. Hoy la historia lo encuentra con banda --los de Helio, en alusión a la banda que acompañó al fallecido Sandro, los de Fuego-- y disco, más una serie de recitales en la Ciudad de Buenos Aires y La Plata. “Me siento como un pibe que recién arranca a tocar. Por suerte, la vida siempre te da otras oportunidades”, asegura Daddy ante Agencia NAN.

Los de Helio --el ex Reynols Alan Courtis en guitarra, Nicolás Diab en bajo y Fernando de la Vega en batería-- lo acompañan en este nuevo proyecto que devuelve al candelero a una de las joyitas del rock progresivo de los 70s, de aquel rock atemporal que aún suena contemporáneo. Viva Belice está hecho por cuatro integrantes y dos invitados, ocho temas y 44.44 minutos de duración. “Claves herméticas” de una banda que ya nació con mística: el nombre del disco hace referencia a un clásico tema de Ave Rock, “Viva Bélgica”, y Belice hace alusión al país que sigue en el diccionario; palabras que insinúan que este proyecto es una continuación de aquel experimento.

Así, Daddy y sus compañeros sellan esa fraternidad existente en nuestros días entre el rock actual y el de los 70s (que ya viene siendo recuperada por bandas como Pez, Natas, Honduras y Poseidótica), ofreciendo un álbum que se despega de los parlantes con un sonido progresivo y que también marca el regreso discográfico de alguien que nunca debió haberse ausentado.

Riffs potentes y explosivos, bases de bajo progresivas, certeras y rítmicas, violoncello, violín, teclados y acordeones que se encargan de marcar los momentos de tensión y amedrentar las esperas de rock y una batería jazzera y setentosa son la clave fundamental para construir estos ocho instrumentales de rock atemporal, con climas en subibaja, calentura de jam de jazz, métricas muy prolijas y momentos sinfónicos, a la manera de Daddy Antogna y los de Helio.


MySpace: http://www.myspace.com/daddyantognahelio

viernes 22 de enero de 2010

Jorge Crowe: “Pongo en crisis el concepto de lo obsoleto y realizo una lectura sobre la basura”.-

No tiene parentezco con MacGyver y, en rigor, lo que lo aproxima al héroe de Richard Dean Anderson es su habilidad para “hacer cosas” ensamblando displays, cables y juguetes. Con sólo 9 años, le puso un brazo robótico a un muñeco de He-Man, y desde entonces no paró: estudió en Mendoza, su provincia natal, y luego en Buenos Aires, donde vive desde 2006. Con 33, es docente e inventor, además de un “ciruja” de barba y babuchas que, en una charla con Agencia NAN, aconseja: “Hagamos y obtendremos conocimiento. El conocimiento nos dará poder de decisión, y éste conciencia política y social.”

Por Luis Paz
Fotografías de Daniel Villalba

Buenos Aires, enero 22 (Agencia NAN-2010).- Entrar a la casa de Jorge Crowe es como probar una nueva droga: montones de sonidos, colores, luces, formas y movimientos comienzan su danza casi sin que uno se dé cuenta, el experimentador se pierde y, al final del viaje, acaba con la sensación de que algo más ha alcanzado a saber, entender o hacer. Lo mejor es que lo que Crowe crea no está tipificado como delito, no genera resaca, jaqueca ni desórdenes gastrointestinales y puede ser hecho y usado con mucho menos dinero que el necesario para las dosis mensuales de cualquier estupefaciente de venta libre, bajo receta o clandestina. Pero, ¿qué es lo que hace? Él dice, humildemente, que trabaja “ensamblando objetos y creando herramientas” a partir de lo que encuentra en la calle. Pero como el de los cartoneros, su quehacer también tiene una función social: la reutilización de tecnologías que el mercado global entiende como obsoletas, su resignificación como materia prima para nuevas herramientas, dispositivos y hasta instrumentos audiovisuales casi sin precedentes.

“Lo primero que debo haber hecho fue modificar mi Manatan de He-Man a los 9 años. Se le perdió un brazo y le hice uno robótico. Fue en mi casa de Tunuyán, donde crecí, una ciudad pequeña al sur de Mendoza. Después me mudé a la capital para estudiar Artes Plásticas, di un par de vueltas más y desde 2006 vivo en Buenos Aires. Acá empecé con la experimentación sonora, aunque venía modificando sistemas de imagen. Pero la experimentación sola no me alcanzaba para aprender, e hice un posgrado de electrónica aplicada al arte en el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA), en 2008, y ahí conseguí el conocimiento teórico, que es muy necesario para avanzar”, resume Crowe, inventor, artista y docente de 33 años, de apariencia hippie, laptop con soft libre, discurso libertario y arte steam punk.

Lo más importante que le ha dado Buenos Aires es chatarra, montones de chatarra electrónica, mecánica y lumínica. Jorge la junta y, algo de teoría y bastante de maña mediante, logra, por ejemplo, hacer un dispositivo que, a partir del simple tacto, crea en tiempo real imágenes inspiradas en la obra de Xul Solar o Kandinsky.

Antes de Jorge Crowe, esto era sólo una lista:

- Un cajón de heladera
- Media docena de bases de copas de plástico de cumpleaños de 15
- Un puñado de cables multicolores
- Un display (“una pantalla”) de una notebook rota
- Una docena de tapas de botellas de gaseosas
- Tres docenas de tachas

Después de Jorge Crowe, se convirtió en lo que se puede ver en este link:

http://www.vimeo.com/2454066

Eso, precisamente, es el tipo de cosas que hace. Porque en definitiva Jorge “hace cosas”. De allí el por qué de que el título de su blog sea “h.cosas” (
http://jorgecrowe.com.ar/). Allí no sólo pueden verse el set audiovisual que realizó en una fiesta, sus conclusiones de charlas sobre tecnologías aplicadas al sonido, los videos de sus creaciones en acción o el obligado apartado curricular en el que se acumulan diseños de dispositivos para cine y teatro, sino también toda la información relacionada con los talleres que ofrece en su propia casa (¡no sólo de electrones vive el hombre!).

-- ¿Por qué la música y no el tubo de ensayo?
-- Siempre me gustó la ciencia pero no hubiera podido ser científico. Lo que me gusta es la ciencia ficción, los Rasti y la experiencia que hay en eso de desarmar juguetes y reconstruirlos de una manera nueva. El arte te da la libertad de crear cosas que no sean necesariamente útiles para lo cotidiano, es un espacio de libertad muy grande.

-- Se ha escrito mucho sobre la función social y política de la ciencia, sobre todo a partir de la bomba atómica. ¿Qué función le encontrás a lo que hacés para que no quede en el jugar y nada más?
-- Todo tiene un concepto y una postura social o política, incluso si uno no lo pretende, es inevitable. Creo que el concepto de lo que hago tiene que ver con la resignificación de las “bajas tecnologías”, el llamado low tech, y la reutilización de tecnologías obsoletas. En lo que hago hay una puesta en crisis del concepto de lo obsoleto y una lectura sobre la basura que nos rodea y sobre un mercado dirigido a que el consumo de bienes electrónicos sea cada vez más acelerado y que genere, por eso mismo, un volumen cada vez mayor de residuos.

-- Entonces es un concepto ético y político, lindante a lo filosófico.
-- Intento un consumo ético de tecnología, pero la verdad es que mi motivación final es que soy ciruja, me encanta revolver. El cirujeo es anterior a cualquier discurso ecológico o político que pueda darte.

-- Y si intentáramos un discurso tecnológico, ¿cuál sería?
-- El discurso dominante es el de que la tecnología se crea en el primer mundo. Pero el primer mundo tira lo que el tercer mundo come. Acá hay miles de cosas que no llegan, entonces crear obra tecnológica implica reutilizar cosas preexistentes para hacer lo inexistente. Tengo ganas de hacer y no puedo esperar un subsidio. Si necesito algo, veo cómo lo puedo fabricar. No quiero detenerme a esperar las herramientas, ni las condiciones ideales, porque no existen.

Condición ideal: entre tres y cinco mil dólares para poder comprar un proyector y un controlador que lo relacione con una máquina de ritmos, programada para generar imágenes geométricas en tiempo real en función del patrón rítmico.

Condición Crowe: doscientos pesos para insumos electrónicos, una bandeja de equipo de música rota, un gato de juguete, una consola de ocho canales arreglada-en-casa, algunos cables plug-plug que un amigo músico iba a tirar y alguna que otra cosa más, nada demasiado raro.

Sí, Jorge Crowe usa barba y babuchas de tela liviana, pero está más cerca del Hacelo vos mismo punk que de la Primavera del amor hippie. “En otros lados se da por opción eso de hacerlo uno, pero acá no queda otra. ¿No existe? Hagámoslo y en el camino obtendremos conocimiento. El conocimiento nos dará poder de decisión. Y con poder de decisión es muy probable que se forme conciencia política y social”, relaciona.

¿Podría él armar un dispositivo que convenza de eso a todos los que gestionan, programan, dirigen, permiten o no el acceso y archivan el conocimiento? Tal vez, si se inicia una colecta de materiales vía Internet. Pero como el desastre (¿natural?) en Haití no ha dejado plazas libres en las redes sociales para otras formas de voluntarismo virtual, la Máquina sigue en veremos.

Mientras tanto, o sea mientras usted lee esto, Crowe prepara la charla que dará este fin de semana en Porto Alegre, una reproducción de la disertación sobre “Música en un bit y universo Low Fi: ¿cómo generar objetos de sonido con tecnologías obsoletas?” que dio en el último Fábrica de Fallas, el festival de cultura libre que organiza FM La Tribu. Pero esta entrevista ocurrió la semana pasada. Y él decía…

“Está bueno entender que tecnología no es sólo el Iphone, el BlueRay o los MP3. Una tecnología es algo que facilita nuestra vida cotidiana, algo que sirva para medir el nivel de humedad de tus plantas y que se rieguen solas, ponele. La tecnología está presente en todo momento.”

-- Y sin embargo, casi no la conocemos. Sabemos tan poco de ella…
-- Se está gestando a nivel global una movida que tiene que ver con recuperar el conocimiento de cómo funcionan las cosas. Es vital, porque cuanto más ignorantes seamos, menos poder de pensarlo y cambiarlo hay, y terminamos convencidos de que necesitamos lo que consumimos. Hay que parar la bola y usar con conciencia, no comprar lo que no nos sirve.

-- ¡Eso deja muy pocas opciones en las que gastar el dinero!
-- Si te ponés intransigente, no podés comprar nada porque todo tiene metales pesados, baterías, contaminantes, todo fue creado con mano de obra esclava y viola un montón de normas. Pero lo que podés hacer es elegir tecnologías más abiertas, usar soft libre, herramientas más compatibles y útiles, sin restricciones. Creo que lo más necesario en lo inmediato es migrar hacia un soft libre en la casa, la escuela, la oficina y el gobierno. Usamos mayoritariamente un sistema operativo restrictivo que genera gastos gigantescos al estado, pero enormes ganancias a compañías, lo que termina condicionando que nos enseñen a usar un formato comercial en la escuela. Es un sinsentido.

* Jorge Crowe ofrece talleres de modificaciones de juguetes, armado de sistemas audiovisuales, tecnología libre y lo-fi. La información sobre ellos, sus obras y reflexiones están publicadas (libremente, como no podía ser de otro modo) en su sitio web.

jueves 21 de enero de 2010

La nave en Ciudad Cultural Konex.-

Con la solidez de casi diez años de vida, el colectivo interdisciplinario El Choque Urbano vuelve a presentar su última creación, que combina danza, teatro y música. Entre corridas y temporales, el espectáculo se construye en diálogo con el público.

Por Sergio Sánchez
Fotografía gentileza de El Choque Urbano

Buenos Aires, enero 21 (Agencia NAN-2010).- Mueven el cuerpo como gimnastas, dialogan y hacen reír sin la necesidad de lenguajes convencionales. Tocan instrumentos inventados y logran que las butacas no sean impedimento para activar el baile. Y es imposible no mover las manos, hacer palmas o agitar el cuerpo cuando El Choque Urbano se desenfrena. Así lo hizo, una y otra vez, el domingo pasado en su espectáculo La nave, en Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131), un espacio propicio para cobijar experiencias artísticas innovadoras y poco comunes.

Es difícil definir la propuesta de El Choque ¿Una obra de teatro? ¿Un show de música? ¿Una compañía de danza, tal vez? Todo eso y mucho más. De hecho, no hacen falta las clasificaciones. Lo que importa es que se trata de un espectáculo imperdible que invita a despertar los sentidos y a no permanecer pasivo durante casi dos horas.

Con ese fin, la acción transcurre en una suerte de navío tripulado por más de una decena de personajes que interactúa a través de gestos y un idioma desconocido. Por supuesto, la música también es una vía fundamental para fijar las situaciones humorísticas y dramáticas que le dan vida a la historia. Así, el relato comienza cuando los tripulantes persiguen a un hombre que intentan capturar. Desde un extremo al otro del escenario, los músicos-actores despliegan sus manos como garras gigantes para capturarlo. Luego, una vez incorporado el nuevo integrante, emprenden un viaje hacia un sitio nunca especificado, que sólo al final se podrá deducir.

Durante el camino, cada situación está determinada por la música dance al palo y ritmos cargados de percusión Pero, ¿cuál es la innovación? Lo realmente novedoso es que los instrumentos no son más que objetos cotidianos y el propio cuerpo, como la voz o el golpe de las manos en las piernas, o los pies contra las tablas del escenario. Bolsas de plástico, megáfonos, planchas de chapa, tachos de pintura, barriles y una extraña batería son las herramientas para crear sonidos… En verdad, “sonidos” suena a poco. Porque, cuando los integrantes de El Choque se activan, rompen todo, generan furiosos segmentos musicales súper bailables y coordinados. Nunca un error, nunca un destiempo.

Y son esos pasajes musicales los que guían la acción. Por ejemplo, cuando el barco es azotado por una tormenta, son los músicos los que crean el temporal: las placas de metal se convierten en truenos y las bolsas de plástico imitan el ruido estrepitoso de la lluvia. Y se hace imposible no imaginar la lluvia sobre la cara o intentar taparse para no ser chocado por el agua. Por eso, el colectivo de artistas también busca estimular la imaginación e interactuar con el público.

Tal es así que, sobre el final de espectáculo, cuando los personajes llegan a tierra, los habitantes del nuevo lugar son los espectadores. Desde el escenario, un tripulante se sorprende por el descubrimiento: tiene ante sus ojos a cientos de extraños seres sentados en butacas. Entonces, no hacen falta las palabras para comunicarse. Inmediatamente, el hombre con ropa deslucida segmenta con la voz y las manos los diferentes sonidos que el público debe emitir. Primero, los de la derecha gritan “¡ah!”; luego, los de la izquierda vociferan “¡eh!” y, por último, los del medio exclaman “¡oh!”. Así, bajo la dirección de un personaje, los asistentes producen una canción.

* La nave se presenta los sábados a las 00.30 y los domingos a las 21.30 en C. C. Konex.

miércoles 20 de enero de 2010

Cocoa Datei: “En Argentina la política del Estado hacia la danza contemporánea es la no política”.-

Hace poco más de una década que el colectivo compuesto por coreógrafos y grupos de danza contemporáneos apuesta a “mejorar”, “enriquecer” y “nutrir” esta disciplina que cuenta con escaso apoyo estatal. La apertura a través de la creación de nuevos espacios más allá del Teatro San Martín, la integración de la danza al sistema educativo y la creación de una ley son algunos de los principales objetivos de la organización para suplir la falta de políticas oficiales.

Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza de Cocoa Datei

Buenos Aires, enero 20 (Agencia NAN-2010).- Un primer vistazo a la iniciativa que propone Coreógrafos Contemporáneos Asociados y Afines - Danza Teatro Independiente (Cocoa Datei) pareciera dar a entender que el campo de la creación en la danza contemporánea sufre de una herida visceral que separa lo independiente de lo oficial sin posibilidad de confluencia. No obstante, la exploración de los por qué de su surgimiento y de las razones que la sostienen y que originan sus logros permite comprender que el tajo que divorcia a ambos modos de hacer no huele a enojo, sino más bien a adaptación; a una aceptación de las circunstancias que genera nuevas voluntades. El mote de “independientes” que ejercen los integrantes de Cocoa Datei es, ante todo, “una apuesta al trabajo colectivo como la mejor manera de enriquecer y nutrir la actividad”, remarca tajante su vicepresidenta, Gabriela Romero.

Paso a paso, entonces. Por un lado, el conglomerado de espacios en los que circulan los espectáculos de este estilo de danza, que sin renunciar a las bases del ballet se permite una completa libertad en los movimientos, haciendo estallar los campos semánticos del lenguaje corporal, tiene mucho --muchísimo-- que ver con la generación de la asociación, que surge “para mejorar la situación de coreógrafos de danza contemporánea que no contaban con ningún apoyo sistemático desde el Estado”. Desde 1997, cuando el colectivo cobró existencia de la mano de la coreógrafa y bailarina Margarita Bali, hasta hoy, la cantidad de coreógrafos contemporáneos “independientes” creció de una manera exponencial.

El terreno en donde la atención, los recursos y la apuesta oficial se deposita casi por completo es el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Y aunque con el tiempo se fueron abriendo rendijas que dejaron fluir algo del apoyo estatal, la apertura fue --y es-- “reducida y discontinua”. Según los cálculos de Cocoa Datei, sólo en la Ciudad de Buenos Aires hay más de 140 colectivos que trabajan en danza contemporánea, “una generación que nuclea a artistas de entre treinta y pico y cuarenta y pico que permanece invisible porque no tiene dónde aparecer”, apunta Romero, para luego reflexionar con Agencia NAN: “No es que todos los trabajadores de la danza contemporánea elegimos el camino de la independencia. Muchos lo hacemos, pero a la mayoría no nos queda otra.”

Visto este punto, se comprende que el incremento de la apertura oficial sea la meta principal de la agrupación. Según las palabras de la coreógrafa, “en Argentina la política del Estado hacia la danza contemporánea es la no política. No hay que pedirle al San Martín que haga todo. Lo que hay que pedir es que se abran espacios para ampliar el lugar de reconocimiento que permite formar parte del círculo oficial. En ese sentido, el Estado se quedó muy atrás”. Está claro.

El ensanchamiento en la apertura significa la creación de nuevos espacios, pero también una integración de la danza contemporánea en el sistema educativo “que permita a la gente el aprendizaje del lenguaje que propone la disciplina --explica--. No pedimos fomento monetario; más necesitamos de uno que posibilite encender la atención de los espectadores. Falta una inversión real económica, pero también ideológica”.

El reclamo no se muere en ese campo. Es paralelo al trabajo que llevó a cabo el colectivo desde que surgió, ya que sin dejar de exigir al Estado lo que consideran legítimo --desde siempre, la promulgación de una Ley de la Danza que los ampare-- comenzó a reunir esfuerzos para suplir las faltas políticas y gubernamentales. “Somos un referente en la actividad, el único colectivo que reúne a coreógrafos contemporáneos”, sostuvo la vicepresidente del colectivo.

Así, desde la articulación con espacios para presentar espectáculos, hasta la realización de festivales con el objetivo de “mostrar” las creaciones que no consiguen ensamblarse en el traqueteo de la maquinaria oficial --pasando por la obtención de subsidios para producciones y la construcción de teoría sobre disciplina--, confluyen en el cumplimiento de las metas del colectivo: fomentar la creación artística; proteger la permanencia de la actividad independiente; multiplicar sus efectos culturales, artísticos, educativos y técnicos; articular necesidades y propuestas de la comunidad de la danza; y lograr una colaboración dinámica con el Estado que se refleje en la producción y proyección de la danza contemporánea independiente nacional. Nada más y nada menos.

El último festival que llevaron a cabo, realizado desde junio a noviembre de 2008, se llamó Cocoa 10 Años y contó con la participación de 52 grupos, todos los inscriptos en la convocatoria, que no tuvo un criterio de selección que tamizara las propuestas. El horizonte promete, para septiembre de 2010, un Encuentro Latinoamericano, jornada que abrirá las fronteras hacia propuestas de países del resto del continente.

El otro sendero que corre paralelo al de los reclamos es el de la producción teórica sobre la disciplina que le da sentido al colectivo: “Estamos armando el campo intelectual de la danza contemporánea nacional, elemento que escasea completamente. Nos dimos cuenta de que los grandes referentes que pueden dar cátedra del asunto se están muriendo. Son históricos, ellos y sus trabajos, pero no hay documentación que los referencie”, señala Romero. Buscan contribuir en la conformación de un archivo documental sobre la actividad, por un lado y, por otro, fomentar sin cesar la producción de teoría novedosa sobre la práctica, la pedagogía y la metodología de la danza contemporánea.

En ese tren, echan a circular aquellos conocimientos que rescatan y los otros tantos que producen a partir de charlas y talleres que llevan a cabo en los festivales que realizan. El libro Puentes y atajos. Un recorrido por la danza en la Argentina, escrito y auspiciado por la asociación, es el ejemplo más contundente de la intención de conformar un campo teórico propio.

Hasta allí, entonces, la adaptación a las circunstancias. Pero hay más en esa fosa que divide lo independiente de lo oficial.

-- ¿Qué completa esa diferencia en el hacer?
-- Principalmente, el tiempo de creación y de su estética. Juntarse con pares, con personas con las que uno se siente afín en otros campos además del artístico, para buscar el camino y desarrollar un impulso creativo, es una actividad que sólo puede dar la escena independiente. Cuando uno trabaja en el campo oficial, el cumplimiento del cronograma te quita tiempo para profundizar en el conocimiento de las personas con las que trabajás. Los integrantes del ballet cambian casi permanentemente. No podés darte el lujo de hacer cosas nuevas, de experimentar, cuando trabajás con muchos bailarines sin mucho vínculo y un cronograma que te corre desde atrás. En el círculo oficial, no te imponen estilo, pero tampoco tenés tiempo de conocimiento, de investigación. Como contra, lo independiente cuenta con la falta de la gestión oficial, colchón en donde duerme la movida del San Martín, por ejemplo, contenida. Nosotros somos una especie de escuelita de gestión, en ese sentido. Este es un espacio en el que los reconocimientos surgen de nosotros mismos.

Sitio: http://www.cocoadatei.com.ar/
Blog: http://www.cocoadatei.blogspot.com/

martes 19 de enero de 2010

Audiovisuales Performances en Milion Bar.-

Una semiosis surrealista tuvo lugar en un edificio aristocrático de Barrio Norte, donde el domingo pasado el colectivo cinematográfico proyectó siete cortometrajes de videodanza y videoarte, piezas que remiten en algún punto al cineasta Luis Buñuel y que llevan la impronta de la experimentación de luces, colores y sonidos.

Por Nicolás Sagaian
Fotografía gentileza de Pablo Ahumada

Buenos Aires, enero 19 (Agencia NAN-2010).- Intervenir artísticamente un espacio no convencional, como una forma de salida o, precisamente, una apertura de los circuitos de cortometrajes establecidos. Esa fue la propuesta del grupo Audiovisuales Performances, que el domingo pasado se apropió del viejo edificio porteño del Milion Bar para realizar un ciclo de proyecciones sobre Videodanza y Videoarte en una hora continuada de presentaciones experimentales. Una especie de semiosis surrealista de la que fueron parte los juegos visuales, el sincretismo de colores, la luz, la refracción, los encuadres expresivos y la fluidez de la imaginación de varios artistas latinoamericanos, sobre todo, argentinos.

Por eso, por un momento, el aristocrático bar de Barrio Norte vivió una experiencia de aurora que quebró largas noches de hermetismo. Las viejas paredes del altillo de la casona estilo inglés se empaparon de films de gran calidad y del talento de directores, productores y actores comprometidos. Proyecciones, en su mayoría, henchidas de danza y algunos videos (Espejos y Pieza para rostro y espalda) paráfrasis de Luis Buñuel --no por ser mudos o en blanco y negro, sino por trasgredir los esquemas narrativos canónicos-- evidenciaron ese continuum de arte audiovisual sudamericano que exhibió, a su manera, desde típicos bailes norteños hasta expresivas coreografías actorales poco vistas en cortometrajes contemporáneos.

Alrededor de 50 personas lo disfrutaron. Un público reducido pero habitué a esta clase de eventos porque forman parte de un circuito cerrado que tendría que ser desmitificado. Debería llegar a todos la ejemplar dirección de cámara y producción de films como Gerli, paisaje de maniobras, al igual que la gran presentación de Daniel Böhm, Sólo hombres solos. En esta pieza de casi 20 minutos, con la que culminó la jornada, el productor explora con el tiempo, apariciones del pasado y el presente. La historia de tres hombres que se presenta al mismo tiempo individualista y colectiva, genera una narrativa poética del relato que toca la topología del sueño y la realidad. Es por eso que se siente como una película antigua, que transcurre en el pasado, aunque tiene mucho de actualidad.

Quizá ahí se entienda por qué tardaron tanto en llegar los aplausos de los espectadores, que parecieron anonadados ante la fluidez fílmica de cada una de las piezas. Es que los cortos estuvieron atravesados prácticamente por un mismo hilo conductor, a pesar de sus claras diferencias, por ejemplo en las herramientas de filmación utilizadas. A saber, en la primera presentación (Gerli...) se utilizaron cámaras de última generación, mientras en los dos films siguientes (Espejos y Pieza para…) las secuencias se grabaron con una cámara digital y una webcam, respectivamente. “Una muestra de que se pueden elaborar obras de gran calidad con cualquier tipo de presupuesto, sin importar las limitaciones”, remarcó Gabriela Espina, una de las organizadoras de la movida.

También podría servir de muestra el corto de Alejandra Ceriani, que con un escaso presupuesto logra indagar sobre la relación entre el cuerpo y el dispositivo, a través de la creación de una pieza audiovisual la cual podría encasillarse dentro de la coreografía del gesto. La imagen experimenta su articulación sonora y la exploración permite documentar un cuerpo real --el de una mujer-- y transformarlo en acto frente a las posibilidades técnicas de la edición. Una investigación cinematográfica de la movilización de lo inmóvil. Tan complicado como sencillo.

Además, se proyectaron Refracción, de Cecilia Bazán; Calló desnuda, de Laura Alderete, y Frontera danza, de Ladys González. Todas producciones de menos de 10 minutos que se caracterizaron por la incorporación de estrategias creativas en la búsqueda de un “algo más”: con músicas y sonidos que acompañaron cada uno de los movimientos de los actores, variaciones de luminosidad, ritmos, flashbacks y planos esfumados que jugaron con la atención de los receptores. Así, de a poco, el Milion Bar se abrió a un espacio que no es el que ocupa de forma convencional; un lugar cinematófilo que tendría que extenderse no sólo allí.

Sobre todo para difundir en nuevos espacios las obras de artistas que trabajan a pulmón, con la idea de abrir el circuito de esta área del arte audiovisual. Para ampliar el campo de juego a esta tipo de intervenciones no convencionales. Como la que abrió las puertas e inundó el viejo edificio de Barrio Norte, la noche del domingo, no de forma esporádica, sino más bien pensada y desarrollada con meses de organización.

¿El resultado? Una semiosis surrealista que si bien fue limitada, no tuvo inconvenientes en cautivar a los asistentes en ese movimiento pendular entre el conflicto; el caos y la paz; la distorisión y el silencio; en una jornada amena que tuvo su fin cuando la pantalla se ennegreció por completo. Aunque la iluminación se expandió más allá...

Porque en sólo una hora, el proyector le dio impulso a creaciones que podrían participar de cualquier festival internacional, y también un envión a una corriente cinematográfica que hoy no encuentra su lugar por fuera de los circuitos experimentales.

lunes 18 de enero de 2010

Libros: “Sueños utópicos” (Sabryna Cortéz, Félix Lencinas, Darío Maiorano y Kenneth Ross, 2009).-

Con la sencillez de quien da sus primeros pasos, el cuarteto bonaerense ofrece poemas, cuentos y microrrelatos que en algún punto dialogan entre sí, durante las 144 páginas rotuladas en nueve partes: desde la "Cotidianidad" hasta "Los sueños".

Por Facundo Gari


Buenos Aires, enero 18 (Agencia NAN-2010).- Lo alega Gonzalo Rey en el prólogo: “Cuando uno hace algo por primera vez, lo encara con cierto idealismo, con una inocencia disfrazada”. Y de lo que se disfrazan los más de 60 textos de Sabryna Cortéz, Félix Lencinas, Darío Maiorano y Kenneth Ross es de una antología de sus primeros pasos en la narrativa. En Sueños utópicos, publicado a comienzos del año pasado sin la impronta de una casa editora, abundan las comas de más, las repeticiones, las historias y los personajes trillados, además de los decires simples y dramatizados al estilo texto de autoayuda. Pero a los autores no parece importarles, no como para corroer sus esperanzas, y encaran esta primera entrega individual y colectiva, con la dignidad y la sencillez de quien se posiciona como un apr(h)endedor.


Se conocieron a través de Internet, aunque bien podrían haberse cruzado en la calle o en una fiesta, pues comparten, además de coordenadas espaciales, franja etaria: Maiorano, de 24 años, nació en la Ciudad de Buenos Aires; Ross (24), en Vicente López; Lencinas (21), en Berazategui; y Cortéz (22), en Derqui, pero vive en Mar del Plata. Son periodistas y futuros profesores de Letras, y se dicen “soñadores tras la utopía”: también la modernidad los cría... Y Facebook los amontona. Paradigmáticamente también es preciso desenvainar las espadas del texto y recurrir a los poemas, cuentos y microrelatos --que el cuarteto bonaerense ofrece en 144 páginas--, rotulados según un índice temático que consta de nueve partes: “Los sueños”, “Los recuerdos”, “Ángeles y fantasmas”, “Cotidianidad”, “Irrealidades”, “Sociedad”, “Excesos”, “Lógica-sentir” y “Muchas gracias y hasta luego”.


El que da el puntapié inicial es Ross, músico, locutor y escritor cuya poesía da nombre al compilado. “Mamá me dice ridículo,/ papá me dice delirante,/ y si de algo estoy orgulloso/ es de parecerme a mis padres”. Siempre, según el tópico que las incluyan, las estructuras argumentales son las frecuentadas, en desmedro de nudos y desenlaces originales. Por ejemplo, en el cuento “Náufrago de los sueños”, de Lencina, el narrador relata su experiencia onírica, un sueño cuyo mensaje no logra descifrar, primero, y cuando lo hace, encuentra un párrafo que, salvando las distancias, podría pertenecer a El alquimista: “No te desilusiones nunca. A pesar de parecer esto una lucha sin sentido, no lo es, nunca. Y no sos la única, muchos han (hemos) muerto intentando luchar por cosas que parecen irrazonables”.


Precisamente en ese relato, lo llamativo es que el Lencina haya optado por una heroína antes que el más recurrido protagonista masculino. Es una observación para anotar, sobre todo si se tiene en cuenta la supuesta procedencia “intuitiva” (antes que “culta”) de la unidad de sentido. ¿Huella de cambio de modelo, no sólo en la literatura vernácula sino en los anaqueles donde el Todo reposa.


Pegadita, sale a la cancha Cortéz con el microrelato “Sueño robado” y --¡qué mal!-- vuelta al protagónico masculino. Aquí, un encuentro con una muchacha en una fila para hacer un trámite será disparador de una nueva “utopía” para el personaje. Dario Maiorano hace del poema “Ventanales & antiutopías” su carta de presentación: “Enciende un misterio aquel ventanal,/ representa una duda existencial”, da a un lugar en el que “se resignan los sueños”. Así concluye la primera parte. El compendio de estos cuatro textos punk (el del Hazlo tu mismo antes que el del No hay futuro) en versión light es, en una pequeña dosis, lo que será el resto del cóctel.


De todas formas, un poco más allá, el poema “La calle de los recuerdos”, de Ross, abre la segunda parte, y aunque temáticamente se refiera a los recuerdos y no ya a los sueños (emparentados con el olvido), el tono continúa lavado. Toma un poco más de sustancia con el poema “Gotas van…”, de Maiorano (“Gotas van quebrando el oído ajeno,/ mojan al lindante hombre ingenuo,/ ahogan de a poco el mal ajeno”). Es un lindo detalle que el orden de los textos seleccionados para cada parte esté signado por algún tipo de diálogo intertextual: esta segunda parte arranca situando al lector en un camino donde es imposible olvidar, luego vincula a la memoria colectiva con un caudal de agua que fluye por el verde de los pueblos, un río alimentado por gotas. Y “Recuerdos”, cuento de Cortéz, comienza: “Llovía. Mucho llovía.” Lo sucede el relato “Parabrisas”, que completa la imagen y, también, permite elucidar la fórmula del cuarteto en la que el imperativo es siempre la moraleja: el cielo gris siempre será celeste; a la luna siempre la sucederá el sol; a la desazón, la esperanza. Y así.

viernes 15 de enero de 2010

Artepidol: una pastilla contra la exclusión social.-

Se trata de un colectivo de jóvenes psicólogos sociales. Desde 2002, brinda talleres artísticos a los usuarios de los servicios de salud mental de Río Negro y Neuquén y realiza muestras anuales e itinerantes. "La idea es seguir trabajando con el arte para transformar y transformarnos", concuerdan. Habiendo participado en la última edición del Festival de Artistas Internados y Externados de Hospitales Psiquiátricos organizado por el Frente de Artistas del Borda, Artepidol va por más: un libro de poesías y la consecución de un espacio propio son las prioridades para el año que recién arranca.

A la noche se levantan las enfermeras
diciendo que ya va a haber tiempo para llorar.
Ahora empecemos a romper este lugar.
Bicho Bolita, “Canción de Artepidol”

Por Guillermina Watkins
Fotografías gentileza de Lucas B.

Neuquén, enero 15 (Agencia NAN-2010).- En la ciudad de Neuquén, un territorio con más de cien años que se debate entre el ser una gran ciudad y el alma de pueblo. Ahí, donde varios crímenes políticos han sido cometidos entre los secretos de una esplendorosa cordillera y donde el petróleo y el turismo le sacan el brillo a los cabecitas negras y a los “loquitos” que se van acumulando con el correr de los días. Ahí mismo, entre tanta contradicción, entre tanto terreno fértil por cultivar, la esperanza brota de los cimientes impulsada por la fuerza geológica del valle.

Esperanza que no se viste sólo de verde, sino también de diferentes texturas, y que se sostiene por la fuerza de la acción social. Tal es el caso de los chicos del Taller Artepidol, quienes hace ocho años trabajan sin prisas pero sin pausas para lograr, a través del arte, la promoción de la salud social, la integración de los usuarios a la comunidad y sobre todo, la desmitificación del estereotipo que recae sobre el sufriente mental.

Los Artepidol son un grupo de jóvenes psicólogos sociales y colaboradores de no más de 35 años promedio que, viendo las necesidades de los usuarios de los servicios de salud mental en la región del valle de Río Negro y Neuquén no suplidas por el suministro de medicamentos, decidieron armar un taller artístico que desarrollara y despertara otras facetas del inconsciente de quienes ahí acuden. “La mayoría de las drogas psiquiátricas son neurotóxicas, producen en mayor o menor grado una incapacitación neurológica generalizada. Detienen las conductas que disgustan a algunos, incapacitando a la persona, que ya no puede sentirse enojada, infeliz o deprimida. Pero, ¿podemos llamarle curación? Artepidol no pretende curar a nadie, sólo alivia angustias e intenta armar el presente a través de la visualización de un proyecto de vida”, afirman a
Agencia NAN Rocío, Gustavo, Diego, Malena y Walter, coordinadores del Taller Artepidol y de Domingo Terciopelo, la muestra mensual que el taller realiza. Junto a ellos, Fernando, Javier, Mari Luz y Gustavo, usuarios de los servicios de salud mental, asienten en una charla debajo de un fuerte viento neuquino.

-- ¿Cómo y cuándo arrancaron los Domingo Terciopelo?
-- Arrancaron en 2002, a partir de la necesidad de tomar contacto con el trabajo que se estaba haciendo en la Casita Psico-Social del Hospital Regional Castro Rendón, que era un taller de canto llamado
Canción con todos, armado por algunos camilleros del servicio. Ahí comenzamos a trabajar como auxiliares y vimos que el espacio estaba buenísimo y que le hacía bien a los chicos. En ese momento, tuvimos la necesidad de mostrar lo que ahí se producía a toda la comunidad para cortar con la práctica de la invisibilización y el encierro de los sufrientes mentales. Entonces, armamos, junto a treinta usuarios, los Domingo Terciopelo. Los primeros cuatro o cinco encuentros estuvieron organizados de la misma forma: tocaba una banda, había lectura de poesía y cerraba siempre el coro del Taller. Al año siguiente, empezamos a darle más forma, porque no queríamos sólo mostrar, sino comenzar a darle una carga más política, con un posicionamiento más claro, intentando derribar muros sobre las concepciones y los estigmas, y con ese trabajo empezamos a caminar y fuimos transformando el espacio cultural en un espacio de denuncia, de comunión artística. Así empezamos a crecer. El primer año, hicimos cinco muestras con no más de treinta personas, pero a partir del año siguiente tuvimos que dejar la Escuela de Psicología Social e ir rotando por lugares más amplios de la ciudad.

-- ¿Y cómo surgió Artepidol?
Gustavo Rulo Lupano:
-- Ya veníamos trabajando junto a Canción con todos. Ese año, yo estaba por terminar la carrera de Psicología Social y tenía que hacer una pasantía. Claramente, tenía pensado qué quería hacer y armamos un equipo para trabajar dentro del Servicio de Internación. Hasta entonces, veníamos trabajando con pacientes ambulatorios en La Casita. En ese momento, había un psiquiatra de director que tenía bastante apertura y durante ese 2004 empezamos a trabajar en la única experiencia artística que hubo dentro del Castro Rendón en el servicio de internación. Estuvimos todo ese año y, en el 2005, las nuevas autoridades nos dijeron “chau, chau” sin argumentos claros. Nos dejaron afuera aún sabiendo que a los usuarios que asistían les hacía bien. A fines de 2004, se incorporó Romina, que tenía que hacer su trabajo de pasantía, e hicimos un enroque: ella siguió coordinando y yo seguí de manera satelital.

-- Ese nombre suena a pastilla antipsicótica…
-- Exactamente: Artepidol viene de resignificar la palabra "Alopidol", que es un medicamento base para producir quietud y endurecimiento en quienes tienen problemas psicológicos. En dosis altas, se te puede caer la baba y provoca temblores. El nombre surgió porque un día estábamos en el taller de arte, que no tenía nombre, y en un recreo con mates de por medio, nos pusimos a charlar sobre la medicación. La mayoría de los que estaban la tomaban. Y empezamos un juego de asociación entre las pastillitas de colores y la paleta de colores que usábamos para pintar. Hasta que dijimos: “No queremos más Alopidol, queremos Artepidol”.


-- ¿Cómo se posicionan ante la medicación?
-- En realidad no estamos en contra de la medicación, pero sí de la medicalización del sufrimiento. Creemos que la terapia no tiene que basarse sólo en una pastilla. Tiene que haber terapias creativas, temporales, grupales: acción social. Porque todo esto permite una inserción social. Es fundamental que haya espacios de terapia dignos, donde te escuchen, te comprendan y donde los que brindan atención puedan trabajar en buenas condiciones. En los hospitales suele haber poco personal y la tendencia es despachar al usuario a los diez minutos… La pastillita y a otra cosa. Con Artepidol buscamos denunciar la falta de políticas de salud mental.

-- ¿Qué efectos ha logrado a nivel provincial la experiencia de Artepidol?
-- Hace poco nos hicieron llegar un proyecto de ley muy parecido a la ley 2440 que hay en Río Negro y que establece la desmanicomialización. Tiene puntos similares, contempla las terapias laborales, creativas; un montón de dispositivos que son muy buenos pero que, como en la provincia vecina, terminan siendo letra muerta porque no se llevan adelante, porque no hay plata, ni apoyo político.

-- ¿Y la tendencia de apartar, de excluir, sigue siendo la misma que en todos lados?
-- Se van armando pequeños guetos que le cierran la posibilidad de insertarse en la sociedad al sufriente mental. Intentamos derribar esas concepciones con Domingo Terciopelo. Obviamente, nos falta la pata laboral, pero trabajamos desde la autogestión y somos un grupo reducido. Creemos que ése es nuestro grano de arena.

-- Participaron en el 10° Festival y Congreso Latinoamericano de Artistas Internados y Externados de Hospitales Psiquiátricos en Mar del Plata, organizado por el Frente de Artistas del Borda. ¿Cómo fue esa experiencia?
-- Fue la primera vez y estuvo buenísimo. Mucha gente fue a ver Una obra artepidolesca, que se basó en la construcción de personajes a partir de trabajar con el par salud/enfermedad . Hay un usuario, que es quien abre la obra, denunciando el precario estado de los servicios de salud mental. Mari Luz y Gustavo representaron a la enfermera que callaba a todos y al paciente, respectivamente; y Fernando personificó el cansancio de los pacientes de la región: en un momento se levantó entre tanto silencio y simplemente dijo: “Basta”. Terminamos con la canción de Artepidol que el cantautor neuquino-platense Bicho Bolita compuso cuando estuvo internando en el hospital. Lo mejor de todo fue haber llegado hasta ahí sin ningún apoyo provincial ni municipal. Llegamos a través de la autogestión, desde los márgenes del sistema de salud, y fuimos a representar a todos los usuarios de salud mental de la región del Alto Valle.

-- ¿Cómo cerraron el 2009 y qué planes tienen para el año que empieza?
-- Lo de Mar del Plata fue parte del Domingo Terciopelo Itinerante: en Neuquén se había cumplido la premisa de acercar el arte de los usuarios a la comunidad y era hora de empezar a salir por el valle para presentar esto los domingos, contactar gente que esté trabajando en el mismo sentido que nosotros e invitarla a que participe para expandir el contacto con la comunidad. Ya llegamos a Allen, Plottier, Fernández Oro, Centenario, Roca, Cipolletti, Junin de los Andes y Mar del Plata. El año pasado, además, mucha gente se sumó a Artepidol a través de la participación en los talleres de la Escuela de Psicología Social y cerramos el año con Javi, un usuario, arriba del escenario del Ruca Che, junto a Manu Chao, denunciando el estado de la salud pública en la provincia. En esa oportunidad, Javi le entregó a Manu Chao un diploma y un video que realizaron algunos alumnos del Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA) sobre Artepidol junto a los obreros de Zanón y a representantes de comunidades aborígenes. Por otra parte, durante 2010 vamos a sacar un libro de poemas colectivos e individuales a través de la editorial Cartonerita Solar. Y seguiremos trabajando con Artepidol en la cárcel de mujeres. Este año, juntamos a los chicos con las reclusas de la Unidad XVI y llevamos a la banda La Estafa Dub. Estuvo buenísimo. La idea es seguir trabajando con el arte para transformar y transformarnos.

Sin bajar los brazos, los chicos que conforman Artepidol aseguran que uno de sus sueños más importantes es conseguir un espacio propio, donde pueda haber propuestas culturales, profesionales atendiendo, talleres y un espacio para quienes necesiten un lugar para vivir. Es decir, una casa social, cultural y terapéutica, tan pero tan grande como para que quepan, en metros cuadrados, las esperanzas de jóvenes que, de la mano del arte y no de las pastillas, le piden una segunda oportunidad a la vida.

jueves 14 de enero de 2010

Carnauva: “El flujo cultural va de acá para allá y eso no se puede manejar ni domesticar”.-

Hace una década que la banda surgida en Turdera se mantiene en movimiento, igual que su música que supera las fronteras de lo barrial y lo cotidiano. Las influencias de la zamba, el candombe y la chacarera dejan en claro que sus melodías son producto del libre flujo, que defienden en una entrevista con Agencia NAN en la que además remarcan que prefieren la copia, modificación y distribución de sus canciones antes que el copyright o la privatización de la música. “Es defender la cultura libre de toda la humanidad”, afirman.

Por Sergio Sánchez

Fotografías de María Luz Carmona

La tierra de mi barrio
tiene en cuenta a mis hermanos,
laburantes con las manos.
Con respeto y dignidad,
se merecen su amistad
y que no sean olvidados.
Carnauva - “El aire de mi barrio”


Buenos Aires, enero 14 (Agencia NAN-2010).- El barrio es uno de esos lugares donde se generan relaciones genuinas, surgen experiencias culturales profundas y solidarias que incluyen a todos y se concretan las primeras vivencias del ser humano; esas que quedan registradas en la historia personal, en la identidad. Ese lugar de origen es tan fuerte que sus habitantes le otorgan un espacio importante en sus vidas. Por eso, no es difícil pensar que toda producción artística que allí se genera está marcada por ese contexto. Sin más, eso es lo que expresan claramente los músicos de Carnauva en cada idea, palabra y acorde. Porque este grupo de jóvenes de Turdera y otros barrios de Lomas de Zamora intenta ser coherente con su entorno, su cultura y sus ideales. Y lo logra sin problemas.

La cultura latinoamericana

“Las experiencias de cada integrante de la banda tienen que ver con búsquedas en diferentes ámbitos con los que nos fuimos identificando. Por ejemplo, cuando empezás a relacionarte con personas físicas del barrio, conocés a alguien que labura las lonjas para los tambores de candombe o a alguien que se va todos los años a la fiesta de Mailín, en Santiago del Estero, a tocar chacarera con sus familiares. Entonces, te das cuenta de que estás metido en un contexto gigante, una red enorme de cosas que van y vienen. Y que el santiagueño que tocaba chacarera en algún momento estuvo bailando murga en el corso de su barrio. Ése vaivén de cosas nos intriga. Y creo que tiene muchísimo que ver con vivir en el Conurbano, que es un torrente de cultura. Esas experiencias determinaron la música que hacemos”, explicó a Agencia NAN Santiago Lapine, cantante y charanguista de la banda independiente.

Y esa pasión militante con la que buscan conectarse en profundidad con la cultura a la que pertenecen los lleva indefectiblemente a investigar instrumentos autóctonos y a componer e interpretar ritmos de Latinoamérica. En esa tarea por conocer y perfeccionar el sonido de la banda, de forma paralela, el percusionista Nicolás "Pícaro" Schimkus toca en una cuerda de tambores, Lapine coordina un grupo de sikuris y el baterista Santiago Brie estudia música afro colombiana.

“En los inicios de la banda, allá por 1999, después de incursionar por el rock sin fusiones, se formó una cadena de cosas que veníamos escuchando: desde el rock hasta lo más autóctono, de diferentes lados, del Río de La Plata, del norte, del sur, de Argentina y de nuestro continente y de otros. De repente, escuchamos a León Gieco y notamos que había canto con caja; escuchamos al Negro Rada y vimos que había cuerda de candombe con rock; y de esa manera comenzamos a conocer los géneros, los que combinamos con el rock, en su formato natural, es decir, más barrial, popular y ancestral”, recordó el vocalista sobre la evolución de la banda.

En este sentido, el guitarrista Pablo Díaz, con voz serena, parece detectar por qué el rock en Argentina tiene tanto peso y, en parte, desplaza a los géneros autóctonos: “Eso sucede porque los medios de comunicación pasan rock, música británica y pro yanqui. También tiene que ver con el crecimiento musical de cada uno. Uno primero quiere tocar ‘una que sepamos todos’ y cuando empieza a instruirse un poco más se da cuenta de la riqueza rítmica desaprovechada que hay en el continente. Y tal vez quiere capitalizar esa música con una actitud rock o siendo militante de una causa, con algo más comprometido que la música comercial”.

La inquietud constante, el compromiso y las ganas de aprender sobre el legado musical latinoamericano son lo que los lleva a viajar por el país y las patrias vecinos para “compartir experiencias con otras personas” y conocer nuevas realidades. “Yo entendí la chacarera cuando conocí Santiago del Estero, aunque la venía tocando desde antes. A otros les ha pasado de sentir lo mismo con un huayno o de ir a Uruguay a interactuar con el candombe, para conocer gente que lo vive día a día, de manera cotidiana. Lo que vemos como una canción, una danza, es una vivencia, una forma de comunicación”, analizó el cantante con el consentimiento de sus compañeros.

La cultura de mi barrio

De esta manera, la cotidianidad del barrio y sus personajes son motores para componer melodías y escribir letras. Así, desfilan por el repertorio de la banda canciones poéticas y sencillas que pintan esas situaciones reales que el sistema prefiere no ver ni oír, como “Trabajador que sueña” (“Esta es la voz, es el sudor / Es el temor, es el terror /de mi pueblo que cosecha sin tierra”), “Cartonero” (“Acarreando con su carro un rejunte de esperanzas”) y “Nostalgia en Buenos Aires” ("El viejo tomando mate / la vieja abre la cortina / el pibe anda por ahí / el chorro le roba a un gil / ta’ todo al orden y al día").

“Hay formas de componer que son pensando en un salario y otras que son pensando en una inquietud, en una profundidad sentimental. La primera es charlada y predeterminada con un productor artístico que sabe lo que se vende en este momento”, diferenció Lapine, quien también toca el sikus, la quena y la caja. Luego, aclaró: “Carnauva se ubica en la segunda, en la parte sentimental e individual de cada persona. Lo que no quiere decir que todos en la banda compongamos siempre comprometidos con cuestiones sociales y sentimentales de la vida personal. Aún así, apostamos a transmitir lo que nos pasa, ya sea a nivel social o individual. Y eso no lo podemos evitar. Estamos rodeados de asambleas, movimientos barriales, centros culturales y en contra del sistema. Más o menos involucrados, lo cierto es que esas vivencias no tienen nada que ver con el sistema capitalista”.

Y eso, amplió Brie: “se ve tanto en la música como en la forma de organizarnos. El sistema capitalista propone una organización súper jerárquica, donde deciden unos y otros acatan. Y en Carnauva eso no sucede, no hay alguien que le diga al otro lo que tiene que hacer, jamás. Es difícil también convivir con eso porque tenemos que respetarnos mucho todo el tiempo, entre todos. Pero no hay ningún jefe, no hay una opinión que tenga más peso que la otra, sino que todo lo decidimos entre todos. Es una forma de organización totalmente horizontal”. La cultura no para de moverse

Nacidos hace una década, la banda de zona sur que completan Sergio "Negro" Barceló en bajo y la representante Mariana Iriart acaba de publicar, en 2009, su segundo disco, En el mismo lodo. Un bello trabajo integrado por 13 canciones que transitan por la zamba, el candombe, la chacarera y los ritmos andinos, casi siempre mediados por sonidos rockeros. Y aunque su antecesor, Metamate (2006), anticipaba el rumbo de la banda, lo cierto es que los músicos de Carnauva no creen en un sonido definitivo. Así como la cultura no para de moverse, lo mismo sucede con la música. En definitiva, forma parte de ella. “El último disco representa un momento, con todos pasa eso. Ahora, hay cosas del primero que no me gustan y otras que me parecen lindas. Por eso, hay que entender que fue una etapa del grupo y valorarla por ése hecho. Con En el mismo lodo pasaron tres años de composición, búsquedas y vivencias personales. Por tanto, si lo escucho dentro de tres años me va a pasar lo mismo”, explicó a esta agencia el baterista Brie. En este sentido, el encargado de las congas y los timbales, Schimkus, citó a su padre: “Mi viejo dice que un disco es como una foto, porque registra un momento, un estado de ánimo. Además, cada uno investiga su instrumento, descubre cosas nuevas y luego las incorpora a la banda”.

La cultura debe ser libre

Para registrar sus canciones, los músicos de Carnauva prefieren la licencia de copyleft, que permite que todos los consumidores puedan copiar, modificar y distribuir las canciones siempre y cuando citen la fuente. Claramente, este tipo de licencias se contrapone con el copyright --más conocido como “derecho de autor”-- que prohíbe copiar, alterar o reproducir una obra registrada sin autorización. Más allá del plano legal, el copyleft propone un cambio de sentido sobre si realmente la producción de una persona es una obra surgida únicamente de su cabeza o bien su creación responde a la interacción con otras producciones y prácticas culturales.

“La idea es tomar posición sobre algo que pasa naturalmente: el flujo cultural se mueve. Es decir, una obra va de acá para allá y eso no se puede manejar ni domesticar; va de boca en boca, en el contacto cotidiano. Copyleft viene a ser una manera de tomar posición frente a eso y defenderlo. Y evitar la privatización de la música. En cambio, el copyright es una forma de generar algo y que otro no lo copie y lucre con eso. En resumen, el copyleft es tomar una postura acerca de que la cultura es de todo el pueblo, de toda la gente y de toda la humanidad”, defendió Lapine.

Luego, ejemplificó: “Decir que Yupanqui hacía los temas por que sólo era él, es acotado. Yupanqui fue un instrumento iluminado que generó esos temas, pero estudió guitarra con alguien, escuchó a miles de guitarristas, se “fumó” el Tao Te Ching y tenía una filosofía de la “san puta” ¿Las letras de Atahualpa son de él o de la interpretación del Tao en Santiago del Estero y Córdoba? De esta manera, el copyleft es defender que la cultura es libre y lo va a ser siempre. Y es una herramienta para evitar que otra persona lucre con eso que vos estás defendiendo”.

Sin embargo, para una banda que se autogestiona tomar esa decisión genera conflictos: “Uno quiere una cultura libre pero a su vez te autogestionás un disco y lo tenés que vender. Nosotros estamos a favor de que la gente se baje el disco y lo duplique, porque es cultura. Pero a su vez, si no lo vendemos no podemos pagar el próximo. Esta posición implica una responsabilidad enorme y unas horas de trabajo mayores que si decidiéramos replegarnos con el resto de los que registran bajo la licencia de copyright. Es una toma de posición importante porque después tenés que tener coherencia. El disco lo vendemos pero también proponemos que lo dupliquen. Son libres de hacerlo”, concluyó el cantante.

Sitio: carnauva.blogspot.com
My Space: www.myspace.com/carnauva