lunes, 8 de agosto de 2011

Discos: "Ese soy yo" (Leo Mattioli, 2001).-

En tiempos de crisis, la cumbia romántica tuvo su trinchera de resistencia contra el piquete emocional en uno de los cantantes más sobresalientes que transitó la movida tropical y que ayer pasó a la inmortalidad a los 38 años: “El León Santafesino”.

Por Luis Paz

Buenos Aires, 8 de agosto (Agencia NAN-2011).- A mediados de 2001, Bersuit Vergarabat y Damas Gratis llevaban rato aplicando el decadentismo a la historia de la música popular joven de Argentina y, a partir de sus respectivo discos en vivo (De la cabeza y Hasta las manos) ya eran la avanzada cancionera de la caída en desgracia del país. Las bandas de Cordera y Lescano eran puntos de cristalización del nuevo ethos de la decadencia, cuadrantes donde la tradición ribereña y la tradición villera se batían en sendos duelos contra el avance de nuevos modelos, de un nuevo villerismo y de un nuevo fronterismo. Ambos grupos mostraron el bajofondo de un mondo amable, se maquillaron más que a sus barrios y cantaron unos con vocación de historiadores del pijazo y otros con la histeria de la evocación del tangazo. Pero no fueron las únicas bandas sonoras de la crisis: si el rock tenía el "Loco un poco" de Turf, el "Positiva" de Erica García y el "Soy rock" de Babasónicos como reivindicaciones de contraclasismo moral, espiritual y cultural, según sus casos, la movida tropical tenía en la cumbia romántica a su trinchera de resistencia y en Santa Fe a su cuartel general. Leo Mattioli, el cantante fallecido ayer a los 38 años, fue el cronista del amor durante la hecatombe, preparando los corazones para el derrumbe con su disco en directo, Piel con piel, y su más exitoso álbum de estudio, Ese soy yo.

Leo Mattioli era él mismo un tipo decadente, el cantante saliente de un grupo exitoso como Trinidad, filial del sonido regional que había sintetizado Juan Carlos Denis de Perú, Colombia y el litoral argentino, y al que Los Palmeras, Los Leales y Grupo Cali habían aportado una matriz temática y estética. Mattioli salía de aquel grupo para encarar una etapa solista aún más exitosa, pero en el medio se presentaba como un desclasado del amor, como un sobreviviente de la crisis de los corazones. Más bien como ex combatiente, magullado, mutilado, con la carne viva y la sangre hirviente; en eso, Mattioli capturó la efusividad del ambiente y la condensó en amor.

“Ay, amor”. Esa interjección frecuente era el piedrazo contra el corralito del amor, era la cuchara contra la cacerola del romanticismo, un guiso que estaba quedando sin ser comido y pudriéndose arriba de la mesada, justo cuando no había guita como para tirar la comida del alma. Con Rodrigo desaparecido hacía un año, Mattioli construyó un nuevo imperio de sentimentalidad para los barrios obreros, y más que eso, para los desocupados. Le ofreció tontas y locas aventuras a quien no tenía tiempo o ni un peso para tenerlas, mientras en las ferias de cada barrio, Ese soy yo era un fenómeno de ventas ilegales; y también legales, con edición agotada en 24 horas y una gran fiesta de presentación por dos noches en el Gran Rex, apenas unos días antes del 19 y 20 de diciembre.

Ese soy yo es, también, el disco en el que Mattioli se saca los lentes oscuros y se pone los de ver de cerca, el álbum en el que revisa su dolor por la pérdida de su padre (y la pérdida de un padre siempre sucede demasiado temprano) y, como el Potro cordobés, se entrega a su madre en un acto que, a la vez, le gana el corazón de todas las hijas. Lo notable del disco es que también brinda algunos de sus momentos más primitivos, como su ruego a Jesús, u oscuros, entre la pérdida irrecuperable de la amada, el cagadón que los incontinentes emocionales siempre se mandan, la calentura de un cuerpo derritiéndose cuando se entra en él, la imagen grotesca de una acabada en el vientre o el pecho puesto para detener una bala dirigida a ella (quienquiera que sea). Ese soy yo pasea por algunos de los momentos más miserables del amor y logra un nuevo estándar de calidad para este género donde el romance es un valor tan grande como lo es la gracia para el funk.

También hay detalles documentales en Ese soy yo. A la manera del cine de exploitation y el cine independiente joven norteamericano, Damas Gratis y Leo Mattioli mostraban las dos puntas de la lanza de la disciplina audiovisual: el intento de establecer poesía o narrativa a partir de lo morboso unos (los exploiters Damas Gratis) o el intento de deshacer lo morboso al volverlo poesía o narrarlo (Mattioli). La negociación del hombre de familia (esposa e hijos) con su amante o el hijo negado a un padre por una madre (o viceversa) aparecen por primera vez en su cultura inmediata con Leo Mattioli para una generación de chicos y chicas que no habían oído de esos temas en las canciones, pero que ya entendían de patalanismo y de petes; ofrecía una educación sentimental tan poco rosa como la del cine indie norteamericano, pero institucionalmente menos defendible.

El disco ya anticipa esas posibles fisuras cuando evapora todo el romancero de Piel con piel e inyecta una cojuda amargura con "Y vete ya", donde cuela también la tradición del varón padre de familia para pasarla por el tamiz del cariño verdadero en lo que acaba siendo el polvo mismo de la traición: el extracto de la obligación reducido con el abrasivo de la pasión. Pero también da las bases para la estabilización sentimental: ahí están el compromiso eterno y fraterno de "Quédate tranquila", la reflexión analítica sobre la crisis de "Cómo podré", la entrega profunda de "Mátame" o el positivismo naïf de "Quiero yo saber". Y en el peor de los casos, ahí está también la autosuficiencia consciente de "Mejor estar solo" y su idea de la reconstrucción autogestiva del ego.

Hay un momento muy sutil de Ese soy yo, tremendamente sutil, que quizá sea uno de los versos más iluminados y menos obvios de Mattioli. En "Carta del corazón", la historia de cuando conoció a una fanática suya que le entregó una carta y se fue justo cuando él se avivó de que era ciega. Él canta: "Leí la carta y en ella me cuenta cómo imagina que soy, no pone de qué color". Es algo de lo más inesperado de su poética, como una versión alternativa del 100% negro cumbiero de Damas Gratis. Son 200 segundos de canción en los que Leo desnuda con un par de frases un montón de cosas (amorfas, indistinguibles) acerca de los idealismos, de los ideales románticos y de los ídolos.

El tema que da título al disco muestra a un León santafesino íntimo más por sus señales de ostracismo por venir que por compartirle a su público un momento de su intimidad. Es un Leo convertido en bicho bolita que se banca la lluvia ácida de esa Argentina que se va a venir abajo encerrándose en una pieza a reafirmar su compromiso con esa idea siempre presente en su música: aquello que en alguna ocasión temprana él admitió como su misión, ser romántico en este mundo de traiciones. Aquí Mattioli se enfrenta al piquete emocional, y ve cómo su corazón es saqueado mientras recibe el gatillo fácil de alguna mujer traicionera. Y aquí es donde Leo Mattioli se aferra fuertemente a intentar enderezar sus elecciones en un mundo de amantes equivocados.

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