A días de cumplirse diez años del crimen de Darío Santillán, y mientras sus asesinos están a un paso de conseguir salidas transitorias de la cárcel, el documentalista Miguel Mirra propone conocer al militante social desde la intimidad de su lucha, a través del testimonio de sus familiares y compañeros del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD), y reconocer su legado presente en los barrios y en la calle.
Por Nahuel Lag
Fotografía Gentileza de Miguel Mirra
Buenos
Aires, junio 22 (Agencia NAN-2012).- Darío Santillán. Basta con
pronunciar su nombre y ya estamos hablando sobre movimiento piquetero, poder
popular, rebeldía, cambio social. También sobre represión policial y, otra vez,
injusticia, tras la denuncia hecha por sus familiares y compañeros de
militancia de que el excomisario Alfredo Fanchiotti y el expolicía Alejandro
Acosta, condenados a prisión perpetua, por asesinar a Darío y a Maximiliano
Kosteki el 26 de junio en 2002 en la estación de Avellaneda, fueron trasladados
a penales con régimen abierto. Pero quién era Darío antes de decidir quedarse al lado de
Maxi en el hall de la estación a pesar de que las balas picaban cerca, dónde
militaba, quiénes lo acompañaban en la lucha y por qué su legado se materializó
en un Frente Popular. Miguel Mirra dice que eso fue lo que descubrió cuando se
acercó con su cámara a los militantes del Movimiento de Trabajadores Desocupados
(MTD) que laburaron con Darío, a los barrios pobres del sur del conurbano que
caminó el ahora mítico San Darío del Andén y cuando accedió a archivos de video
con la palabra del protagonista, que el movimiento mantenía inéditos. “Su
muerte no fue casualidad sino resultado de una militancia y no fue el final de
la historia sino el inicio de otra”, resume Mirra sobre su documental Darío Santillán, la dignidad rebelde.
El puntapié fue
el desafío planteado por Miguel Mazzeo, investigador sobre movimientos
sociales, fundador de la Editorial El Colectivo y docente del Darío adolescente,
a Mirra para realizar un audiovisual sobre Santillán. La respuesta del
documentalista fue reunirse con Pablo Solana, compañero de militancia del protagonista
del documental, y luego Alberto, Leonardo y Noelía, padre, hermano y hermana de
Darío respectivamente.
Solana y Mazzeo se
transformaron en asistentes de producción y Griselda “Grillo” Cugliati, quien
se formó políticamente con Darío desde que crearon el centro de estudiantes en
el secundario, cerró un círculo íntimo para bucear en la historia de Santillán y
traerla al presente. Además, Cugliati le pone voz a un texto de Mazzeo sobre el
militante social, que traza un eje a lo largo del audiovisual. De esos
encuentros cercanos, surge un audiovisual de estética simple –-“ya era muy
fuerte lo que se cuenta como para complejizar el mensaje”, apunta Mirra-- para poner
foco en lo testimonial y construir al joven detrás del mito.
-A diez
años de la Masacre de Avellaneda, habrás pensado: ¿Qué más hay para decir sobre
Darío?
Miguel
Mirra:- Sabía que era un buen pibe, un militante barrial, pero
más bien lo conocía como víctima de la represión policial, que creo que es lo
que la mayoría de la gente piensa o sabe. Pero poco se sabe de quién era, qué
había hecho, a excepción de sus compañeros de militancia en el barrio. Cuando
empecé a investigar me di cuenta de quién era realmente él: no era sólo una víctima
si no un referente, un líder. Donde estuvo, dejó una marca. En el colegio
secundario, hizo el centro de estudiantes; en su barrio, Don Orione, armó junto
a otros el MTD de Almirante Brown; luego, en Lanús, se unió al MTD de esa
localidad y participó de la toma de tierras del Barrio La Fe (NdeR: El material
de archivo fílmico aportado por el MTD con el testimonio de Darío en aquellos
días es un aporte imperdible, desde lo político y lo emotivo). Era un referente
nato. Por eso, la película demuestra que el último gesto, el de quedarse al
lado de su compañero en la estación, fue consecuente con toda su vida militante.
-¿Por
eso el documental prioriza lo testimonial?
M.M:-Con la palabra de su familia y sus compañeros fui
avanzando en el tiempo y lo fui conociendo a través de ellos. En la película no
habla nadie que no lo haya conocido de primera mano. No hay sociólogos ni politólogos,
ni políticos porque no quería opiniones. Busqué a los que estuvieron en la
lucha, en la calle, en la barricada para que sea más auténtico. Hay muchos
documentales donde hay gente que opina de segunda mano, hace interpretaciones,
pero si podía acceder a la mujer que tomó terrenos en el Barrio La Fe con Darío
y ella en lugar de interpretar lo que hace es contar lo que vivió con él para
mí como documentalista tiene mucho más valor. Tampoco habló de la Justicia, de
los asesinos, de los responsables políticos.
-¿Por
qué?
M.M:-Quería hablar de Darío, no quería hablar de Aníbal
Fernández
(NdeR: durante la presidencia de Eduardo Duhalde, cuando
fueron asesinados Darío y Maxi, Fernández era secretario general de la
Presidencia). Siempre te dicen que hay poner las dos campanas, pero sería igualar
a Darío con Aníbal Fernández y sería una falta de respeto. Si ponía a alguno de
ellos, los ubicaba como el polo opuesto. Pero el otro polo de Darío no es
Aníbal Fernández –que es un monigote, al que le van a dar una patada en el orto
cuando no les sirva más-, sino el sistema capitalista. El enano fascista (NdeR:
Duhalde) podría ser porque formó parte del aparato represivo desde la dictadura.
El documental tampoco se detiene en la represión de aquel
26 de junio --que tan bien se encargó de reconstruir el documental La crisis causó dos nuevas muertes-- más
que por unos pocos minutos. Los segundos finales proponen aquel desafío de sentir
cualquier injusticia cometida contra cualquiera, al mostrar, sin más, a Darío
siendo arrastrado por Fanchiotti a la caja de un patrullero policial. “No es
que sea un purista de la imagen, pero el sonido se detiene para resaltar: ‘Es
esto’. No hay nada más que decir”, señala Mirra.
-Hay un
aspecto que sí es relevante en el documental, los viajes…
M.M:-Son dos viajes. Uno de ida, el nuestro, desde la
capital a lo profundo de los barrios (NdeR: un auto cruza el Puente Pueyrredón,
que une Avellaneda con la Ciudad de Buenos Aires, el mismo que Darío y Maxi
intentaban cortar por reclamos sociales el día que los mataron) y el otro es el
viaje de una muerte anunciada: el recorrido en tren de los compañeros de Darío desde
la estación de Claypole hacia el puente. El primer viaje es a los barrios, en
tiempo presente. El otro en el pasado (NdeR: un extenso video de archivo sobre
el viaje en el tren), pero actualizado por los compañeros que lo rememoran desde
el presente. Creo que es el mayor hallazgo del documental, en cuanto a la
narrativa cinematográfica. La superposición temporal entre los compañeros que
hablan desde hoy y las imágenes de la muerte anunciada. Dos tiempos separados
por diez años unidos por los protagonistas.
De esos condimentos se nutre “la dignidad rebelde” que
propone Mirra encontrar entre los testimonios de quienes militaron a la par con
Darío y el archivo que trae de un cachetazo la acción por el cambio reclamado. “La
dignidad puede entenderse como algo que se obtiene de manera pasiva, lo que me
interesó marcar es que la dignidad es lucha, transformación, rebeldía”, resalta
el integrante del Movimiento de Documentalistas.
-Desde
su estreno en mayo, recorriste festivales, universidades y bachilleratos
populares con la proyección del documental, ¿qué reacción encontrás en los
jóvenes?
M.M:-Hay un entusiasmo terrible, mucha tristeza también,
pero llega positivamente. Hubiese sido diferente si el documental terminará con
la muerte de Darío, que es la construcción que proponen los medios de
comunicación. Pero, justamente, la película retoma el legado de Darío, entonces
mediatiza la tristeza y el dolor para catapultarlo hacia adelante. Los jóvenes
se quedan sorprendidos de lo que han visto y luego los moviliza, ese es el
objetivo. Para muchos, él era una abstracción y con la película se encarna en
un proyecto político, que va más allá del Frente Popular Darío Santillán. Como
decía Darío: “No alcanza con 150 pesos para un plan social, lo que queremos es
una nueva sociedad”.
*A las 18 en el Centro
Cultural IMPA (Querandíes 4290, Ciudad de Buenos Aires) se inauguran las
Jornadas Culturales y Festival artístico a diez años de la Masacre de
Avellaneda. La actividad continuará el sábado, a partir de las 15, en el
anfiteatro del Parque Lezama. Y seguirá el domingo, a partir de las 14, en el
galpón del Frente de Artistas del Borda. Todo con entrada libre y gratuita. Lunes
y martes finalizará en la Estación Darío y Maxi (exAvellaneda).

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