Con su ópera prima, el director húngaro va más allá de la historia de amor que cruza las culturas occidental y musulmana, tan visibles en la Francia que lo acoge, y da un primer paso en busca de un mirada casi antropológica de los cambios que las redes sociales y sus usos traerán a la sociedad.
Fotografía Gentileza David Dusa
Buenos Aires, julio 18 (Agencia NAN-2012).- El séptimo arte siempre dio que hablar. No escapó a comentarios destructivos en los comienzos de su historia ni tampoco a los apocalípticos de hoy que anuncian una y otra vez que no puede ser recreado, y, por lo tanto, insertar en una nueva era: la digital. Así, el cine se ve acechado también por un nuevo instrumento: Internet. En este contexto, el director húngaro de Flores del Mal, David Dusa, desafía a esta escuela apocalíptica tradicional al irrumpir con un postulado: “La producción cinematográfica necesita hoy de las nuevas redes sociales, que ya forman parte de la vida”.
Para avalar su tesis y su afinidad con las redes sociales, el director radicado en Francia, cuya película puede verse este sábado a las 17 en el Centro Cultural General San Martín (Av. Corrientes 1530), dialogó en exclusiva con Agencia NaN a través de Skype, en una amena y extendida conversación entre dos horizontes geográficos contrapuestos: Buenos Aires y París. Ágil en el discurso, agudo en sus análisis y espontáneo a pesar de la distancia, Dusa supo demostrar que el quehacer cinematográfico se logra a través de una constante interpelación de la realidad.
Flores del Mal relata la historia de amor entre Rachid, un joven francés que practica parkour (el arte de desplazarse por la ciudad salteando los obstáculos), y Anahita, una iraní que se establece brevemente en París por las revueltas del 2009 en su país, tras la reelección del jefe de Estado Mahmoud Ahmadinejad. Rachid es un joven que ronda los veinte años y cuya rutina consiste en despertarse todas las mañanas, conectarse a Internet y cambiarse para ir al trabajo, mientras realiza pasos de breakdance, que graba y sube a la web bajo el seudónimo Gecko en una cuenta de Facebook. Su muestra de parkour recorre las calles parisinas desde el límite citadino hasta su epicentro, donde es maletero del hotel en el que se aloja Anahita. Ambos se conocen en el hotel, pero sus historias se enriquecen y enlazan a través de Youtube, Facebook y Twitter, redes sociales a las que Dusa da un lugar fundamental en el contenido fílmico.
--¿Cuál es la función del montaje paralelo entre la historia de Anahita y Rachid y los contenidos de las redes sociales que se muestran?
--Por un lado, el montaje paralelo sirve para sembrar la duda. No se sabe dónde están. Minimizan algunos videos de Irán y están orgullosos de algunos de París. La segunda razón es demostrar que se puede vivir en dos espacios diferentes al mismo tiempo. Lo que nos viene de Irán a través del ciberespacio y del otro lado donde se encuentran físicamente. Esos dos mundos existen paralelamente, en simultáneo. Por ejemplo, puedo twittear sobre un tema, retwittear un video sobre Siria, tomar partido sobre otros temas, y todo eso cinematográficamente tiene que ser puesto en imágenes. Cada vez más existimos en muchas realidades al mismo tiempo.
--Podemos hablar con usted, postear en Facebook, encontrarnos en nuestra cuenta de Twitter y todo al mismo tiempo. Podemos plegarnos en diferentes espacios...
--Esta manera de existir en diferentes espacios al mismo tiempo ya existía antes, con el teléfono y los medios tradicionales. Pero lo que transforma las cosas radicalmente es la densidad de esa materia, la de Internet. Es decir, no es justo atribuir sólo a Internet la posibilidad de comunicarnos más sino que también está en la riqueza de los textos, de las imágenes, de los videos. Todo eso está tan concentrado, se nos mete en las tripas, en el corazón, tanto que emocionalmente podemos comprometernos en ese mundo tan violentamente o, a veces, más violentamente que en una discusión cualquiera cara a cara. En otras palabras, el ciberespacio puede tener más impacto emocional, todavía, o, a veces, ¡no siempre!, que la realidad en la que uno está físicamente. Todo esto es algo nuevo.
--Y todo un tema para reflexionar lo que plantea…
--Justamente, estoy trabajando en un nuevo proyecto junto con activistas que estuvieron implicados en la “primavera árabe” y con otras personas que estudian la importancia de Internet y su rol en la sociedad. Es claro que hay que considerar a Internet como un instrumento joven. El 95 por ciento de las personas que conozco nunca escucharon hablar de Internet hasta el ’93 o ’94, son solo 18 años. Tengo la impresión de que aún la consideramos como una parte del ciberespacio, mientras que nosotros vivimos en el mundo físico. Pero, de hecho, Internet es una extensión. Me puedo comunicar y trabajar con gente de otras partes del mundo, puedo descargar documentos. Todo esto va, sin duda, a cambiar forzadamente la cultura, porque toda evolución tecnológica de esta envergadura, como la revolución industrial o la invención de la imprenta por Gutenberg, trajo aparejada una revolución social. Tengo un hijo de dos años que va a incorporar Internet de una manera más natural, de hecho, ni lo va a pensar. Para él, va a ser una extensión completamente natural de la vida real. En sus vidas cotidianas, ustedes no piensan más en la implicancia de la imprenta sobre los libros, el diario, el paquete de cigarrillos.
--¿Cómo impacta Internet en el quehacer filmográfico?
--Internet nos plantea bastantes interrogantes en el cine, en bastantes planos. En un nivel de fondo, cambia la difusión y distribución: puede acercar al cine a las personas que no tienen acceso a las salas, por ejemplo. También modifica el trabajo. Permite generar espacios de colaboración, escribir guiones con personas que no viven en el mismo país. Esto aporta a la pregunta de cómo vivir de este oficio. A pesar de que no vamos a ser millonarios, digamos, tenemos que pensar cómo pagar las facturas con nuestra labor. Luego, claro, viene el cómo incluir el contenido de este nuevo recurso.
--¿Y por qué habló de una revolución social?
--Cuando hablo de revolución, que es un concepto muy estigmatizado, la gente se imagina personas en las calles rodeadas de llamas, tomando el Parlamento y cosas así, por eso, prefiero decir que es, más o menos, una evolución muy violenta. Pero, hasta el momento, cuando miramos en general el cine francés, por ejemplo, estuve en Cannes este año, y es como si Internet no existiese. El instrumento no existe, pero hasta con mi abuela que tiene 82 años hablo a través de Skype. No podría imaginar hacer una película sin que haya una escena donde alguien use un teléfono celular. Imagínense que voy caminando por la calle y que para llamar a alguien entro a una cabina telefónica, si hago eso en una película quiero decir que no tiene celular.
--Más allá de las redes sociales, en la película también introduce la idea de libertad. ¿Cómo hizo para configurar los diferentes espacios de liberación para los personajes de Anahita y Rachid?
--Los dos personajes tienen una concepción de la libertad radicalmente diferente. En un momento de la película Rachid le dice a Anahita: “Mi ignorancia es mi libertad”. Es una especie de afirmación provocativa porque, al contrario, diríamos que la ignorancia nos hace más esclavos; que nos pueden manipular como oprimir. Pero desde su punto de vista, él se pregunta: “¿Si yo supiese más sobre el mundo tendría el coraje de bailar en la calle?” “¿No hay que ser ignorante en una cierta medida para tener la libertad de hacer eso que uno tiene ganas?” Es como si fuese demasiado conocimiento y reflexión.
--Entonces, es como decir que la sobreinformación…
--No es que no haya que estar informado, pero en un momento determinado la información mata a la creatividad. Pienso que en demasiadas películas el problema es que se vuelva todo lo que se sabe, todo el bagaje, o, quizá, se hace referencia a obras que ya existen. Es como decir: “Es mejor comenzar como un cliché, que terminar con un cliché”. Entonces, los que tratan de evitar el cliché, no lo logran. Para Rachid la libertad se resume en la libertad del cuerpo, sobre todo, la que ocupa en el espacio público. En cambio, la libertad para ella es aquella que se relaciona con la posibilidad de instruirse, de saber sobre poesía, de educarse. Su espacio interior es su espacio de libertad. Y su cuerpo está en prisión.
--¿Cómo hizo para representar el personaje de Anahita sin reproducir una visión occidentalizada del mundo oriental?
--Trabajé con mis amigos iraníes y con una chica iraní que me ayudó con el guión y con quien discutí mucho. De hecho, ella viene de una clase social que le permite tener una vida como la nuestra, la Occidental, por fuera del mundo islámico. Ella escucha la misma música, tiene las mismas costumbres. Tiene que esconderse, según lo que me cuenta. Tiene una doble vida. Y es muy importante escribir un personaje que clarifique eso, la manera en la cual se vive en una vida doble en Irán. Internet nos permite tener referentes culturales comunes, poco importa dónde vivamos. Es una globalización de las culturas a través de la Net. Compartimos la misma herencia cultural, de la música, de las películas, de muchas cosas más, aunque a menudo está asociado a una clase social: la burguesía, que tiene la posibilidad de acceder a este instrumento. Entonces, con Anahita, más que hacer un retrato de la mujer iraní, hice uno muy crítico de la situación de la mujer en Irán. ¿Cómo esa mujer puede vivir una doble vida, como oriental y como occidental?
--En la película, trabaja con la realidad del desarraigo, la no pertenencia, el exilio…
--La libertad es lo que ofrece este desarraigo, es decir, la posibilidad de reconstruir la personalidad, cortar el pasado para construir algo nuevo. Uno se libera de las cargas, de los errores. Al mismo tiempo es también algo difícil, porque uno se siente solo, en una soledad extrema. Para mí, el exilio es un momento para pensar. Es un ejercicio de autodisciplina. Por un lado, hay que ser una especie de camaleón porque hay que adaptarse a las situaciones de la otra cultura y, al mismo tiempo, hay que tener las suficientes fuerzas, tener la fe de poder guardar íntegramente aquello que nos constituye en lo más profundo de nuestro ser. En la película, Rachid hace un gran esfuerzo por no hablar de su pasado. Justamente él quiere construir algo nuevo. Así también cuando cuenta el pasado, se abre otro interrogante de repente, que es el del futuro: “¿Tenemos futuro?” Y claro que sí que tienen un futuro. Por eso, hay una escena en la pileta, donde se plantean: "¿Qué vamos a hacer?", "¿Vamos a ir a ver a mamá?".


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