Una varieté rodante fue el
epicentro que congregó a colectivos artísticos representantes del “nuevo circo”,
la versión rejuvenecida de la tradición familiar. Las consignas que exaltan
invitan a repensar la recuperación y reivindicación del especio público como
escenario del artista callejero repudiado por el paradigma clásico. Una
perspectiva que se ensancha por fuera del lienzo de la carpa.
Por Daniela Rovina
Fotografía
de Agencia NAN (1) y gentileza de Kamaj Pacha (2)
Buenos Aires, julio 4 (Agencia
NAN-2012).- El
“nuevo circo” es, en esencia, claustrofóbico. La claustrofobia, el miedo a los
espacios cerrados, es una de las tantas afecciones psíquicas enraizadas en la
vertiginosidad de las ansiedades propias de esta era. Hay, en esa repulsión al
encierro, una irreconciliable contradicción con los principios globalizadores que
promueven una tendencia al aislamiento sustentada en el desarrollo tecnológico,
néctar de la digitalización de las relaciones humanas. Sin embargo, no todas
las dimensiones del hombre posmoderno son compatibles con el enclaustramiento
tecnológico. Algunas tienden a desgarrar los envases intolerables y salen en
busca de vínculos de carne y hueso. Esa predisposición al escapismo asume en el
mundo circense la forma de un tratamiento rejuvenecedor que, a contramano de las
tradiciones de carpa, propone un acercamiento entre el público y el artista usando
a la calle como escenario.
“Muchos
jóvenes agarramos la bandera y el estandarte del circo argentino”. Cuatro horas
de procesión entre payasos, malabaristas, zanquistas, trapecistas, murga y
candombe sustentaban la afirmación de Manuel Vergara, director del Club de
Circo Kamaj Pacha. Afincado en Avellaneda, este espacio confinado a la estética
circense puso en marcha el sábado la segunda caravana cultural Más circo, más
vida, una iniciativa motivada, entre otras cosas, por el primer aniversario de
la mudanza de esta escuela a una nueva casa ubicada a pocas cuadras de su
primer galpón. Detrás del festejo, la varieté rodante fue la excusa de la que
Kamaj, junto a otros grupos cirqueros y murgas del Conurbano sur, se valió para
desempolvar reclamos y reafirmar creencias que definen a la idiosincrasia “joven” de esta rama del arte.
Sacar
el circo a la calle, erradicar el uso de animales en espectáculos y reivindicar
al artista callejero son algunas de las consignas con las que intentan agrietar
el arrugado semblante del circo clásico. En las antípodas de este paradigma, la
caravana transportó al circo en estado vivo a lo largo de veinte cuadras, en un
acto simbólico que evocó a “la risa y la fiesta” que, alguna vez, se creyeron
sólo efectos intramuros. Se fueron “con el circo a otra parte”, a bordo de un
camión con acoplado que trasladaba a una orquesta y presentador que guiaron a
quienes, sobre asfalto, se movían en monociclo, zancos o sobre sus pies y manos.
A acordes de candombe se acoplaban ritmos murgueros que, apostadas en el medio
de una calle mutilada por una guirnalda multicolor, aguardaban el encuentro con
el resto de la varieté rodante. Arriesgadas destrezas acrobáticas se mezclaron con
la danza en un escenario adaptado a las exigencias de los artistas.
Ese
extravagante mosaico, que es el circo, convocó a una diversidad de espectáculos
y espectadores con estéticas y atuendos discordantes en una apuesta por combatir
los prejuicios y fantasías que se encarnan en todo aquel que elige acercarse a
estas disciplinas. “La idea es que la gente conozca el cambio. El circo tiene
mucho entrenamiento y nosotros estudiamos para descontrolarnos. Cualquiera
puede entrenar y ponerse una nariz roja para divertir o emocionar”, enfatizó el
fundador de Kamaj Pacha.
Hippies,
médicos, abogados o punks. Con o sin rastas. El concepto de “tribu urbana” no
funciona como documento de identidad entre los afines a este arte. Hay, sin
dudas, un creciente interés (¿moda?) que estimula el acercamiento a las
escuelas de circo. Sin embargo, el estereotipo del malabarista cannábico es una
constante en el imaginario popular: “Muchos piensan que los centros culturales
son juntas de faloperos. Hay mucha ignorancia. Los malos gobiernos, que no les
conviene que nosotros aprendamos, sostienen ese prejuicio para cerrar las
puertas al aprendizaje. Es el momento de organizarse y resistir a los cierres
de espacios educativos”, destacó Vergara.
La estrategia del “busca”
-¿Cómo se reivindica la figura
del artista callejero?
-Se
reivindica trabajando, siendo profesional. El artista callejero tiene un
setenta por ciento de artistas y un 30 por ciento de busca. La fusión correcta
de estos dos elementos forma a un personaje único. El artista callejero sale a
la placita o al semáforo a regalar su trabajo. Primero, lo regala y lo disfruta
él. Necesita expresarse y que el público le devuelva la mirada o el aplauso. Al
final, si tiene ganas, pasa la gorra y el que puede colabora.
-¿Desde qué lugar se construye
el vínculo con el espectador en el escenario de la calle?
-El
arte callejero está a la misma altura del público. Ni un paso adelante, ni un
paso atrás. En la calle se trabaja a la misma altura. Los artistas callejeros no
tienen escenarios ni luces. Muestran lo mejor que pueden dejar de sí. (Incluso)
mucho más de lo que pueden dejar en una carpa, galpón o teatro.
-Se paran en la vereda
contraria del circo de familia, donde se repudia al artista callejero y se
reivindica el uso de animales…
-Cuando
surge la movida de los artistas callejeros con tan buen nivel, los dinosaurios
carperos empezaron a temblar. Empezaron a usar el latiguillo de que regalamos
el trabajo porque somos unos limosneros. Que somos buscas. Y somos buscas
porque en la carpa te usan. Te hacen laburar tres funciones y te pagan dos
centavos. El artista callejero hace una función y capaz hace 500 pesos.
Entonces, ¿Quién es el limosnero? Yo no voy a ir a trabajar para que otro se
llene los bolsillos. Cada uno tiene sus razones. Aprendí de ellos y los respeto
muchísimo. Si hubiera sido al revés, yo hubiera prohibido los animales.
-¿De qué manera combinan el
placer de hacer circo con la posibilidad de vivir de eso?
-Hay
temporadas muy buenas y otras en las que te cagás de hambre. Esos son los
precios de la libertad. Acá (por Kamaj Pacha) hacemos una variete de circo y ni
siquiera nos quedamos con el treinta por ciento de la recaudación. El ciento
por ciento se reparten entre todos los artistas. La plata que se recauda en las
funciones es para los artistas y así es como debería ser. El que llena la carpa
es el artista. En muchas carpas de este país, eso no se tiene en cuenta.
La puesta en marcha
Son
muchos los espacios circenses que, como Kamaj Pacha, hacen de la enseñanza de
esas atrevidas destrezas una excusa para la formación de artistas, y la
producción y presentación de espectáculos a fines. Entrada libre y gratuita o
función a la gorra, los escenarios techados o a la intemperie proponen lógicas
contrapuestas, pero complementarias. Ambos apuntan al reencuentro entre el
público y el circo aunque con perspectivas distintas. Mientras en la vía
pública el artista expone todo un ritual de encantamiento con el que intenta
persuadir y atrapar la mirada del espectador, las puestas en escena más
convencionales reflejan el deseo (y también la entrega) de este último a los
artilugios del artista.
“Salimos
a mostrar lo que hacemos y si alguien que no conocía este mundo se interesa
porque nos vio, me siento completamente realizado. Generaste una motivación en
alguien que jamás se hubiese interesado si no hubieses hecho la salida”,
sostuvo Juan Maiocco, profesor y artista de Kamaj, media hora después de haber
sido el artífice de un “caos de tránsito” sobre la avenida Hipólito Irigoyen
por balancearse en un trapecio que pendía del óxido de un puente ferroviario en
desuso.
Entre
varietes y obras de autoría propia, esta emblemática casa del circo joven aloja
también a piezas circenses de artistas del rubro. Esos huéspedes,
desprendimientos de otras escuelas o simplemente apasionados con ganas de
hacer, llevan a la práctica la conjunción entre entrenamiento y espectáculo con
la que intentan desbordar los límites de carpas y galpones. De la misma forma,
solos o en caravana, saltan las fronteras de concreto en una aventura de
conquista incitada por esa compulsión de mostrar lo que hacen. Una especie de
trastorno camaleónico que a veces los viste de “buscas callejeros” y otras de
artistas de luces y escenario.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario