viernes, 27 de enero de 2012

Robertita Superstar: "Hoy existe una búsqueda de cosas nuevas, sin tanto barroco y con otro lenguaje que se está gestando".-




Con un lenguaje coloquial y fragmentario, la ilustradora de 35 años acaba de publicar su primera novela, LOSER. Celebre en la web, sobre todo, por su blog Treintañera, que alimenta desde 2006, la escritora arriesga: “Hoy la  literatura es más terrenal, el lector puede decir ‘esto me puede pasar a mí’ o puede hallar historias de perdedores acordes a la vida real”. 

Por Lola Kuperman 
Ilustraciones gentileza de R.S. 

Buenos Aires, enero 27 (Agencia NAN-2012).-Van a mil. Ella, su libro, su personaje, sus múltiples profesiones, sus objetivos y claro, sus manos. Se hace llamar Robertita Superstar y junto a su nombre, aparece el título de su libro primogénito, LOSER (Interzona). Ella es una perdedora y una superestrella, todo en la misma tapa, al igual que puede ser arquitecta y artista, ilustradora y escritora, mientras se quema la cabeza con la muerte y todo le “chupa verdaderamente un huevo”. De pura cepa bloggera (treintanera.blogspot.com), Robertita decidió documentar su malestar amoroso tras vivir en carne propia un rechazo enmarañado y pausado de un hombre. Con un material tan jugoso para el siglo XXI, escribió su primera novela saltando entre incomunicaciones de MSN, “asistirés” de Facebook y posteos de fotolog. Si bien la relación entre los protagonistas, Robertita y Rolando, comienza y se gesta a través de Internet, la historia es tan universal como la genuina histeria entre un hombre y una mujer.

“Le digo que la naturaleza es injusta, que Lía (Crucet) tiene tanta teta y yo tan poquitito. Al pedo. Me arrepiento de recordarle que no tengo tetas. Capaz es eso lo que no le gusta. Capaz no es nada personal. Sólo que no entro en su targuet. QUIERO ENTRAR EN TU TARGUET, ROLANDO”, escribe Robertita en su novela. Su registro, que incluye uso y abuso de mayúsculas, de signos de exclamación y vocales excitadas y estiradas como chicle, refleja los códigos (o la falta de ellos) entre personas procurando relacionarse en la nueva era.  

--¿Cuál fue el puntapié para escribir LOSER?
--Contar, no tan literalmente, algunas cosas que me estaban pasando que no las estaba poniendo en el blog. Si bien es ficción, el personaje se llama Robertita, no me lo contó una amiga. En la mitad de la historia me dije “este pibe no me da bola, ¿qué hago?” y bueno, escribo. Yo me iba divirtiendo y pensé que si yo me reía, podía ser que funcione. 

--¿Cómo trabajaste la autoexposición? 
--Nunca me dio miedo exponerme, tras cierta cantidad de años de terapia, claro. Lo que más vergüenza me da es que mi papá lea coger. Después, la historia es tan universal, tan que la pasa a todo el mundo todo el tiempo que no me dio pudor.

--¿La historia está fechada?
--A mi me urgía editarla porque el momento histórico es ahora. Aunque no tenga tanto énfasis en los códigos de Internet, tiene que ver con una época, con un espíritu en general. La historia es una excusa, no es una ficción que hable de Internet, si bien ésta trasciende y ayuda, sobre todo a la histeria desgraciadamente.

Su nombre no es Robertita y tampoco estudió letras porque se duerme en los teóricos. Comenzó matemática y finalmente, se recibió de arquitecta en la UBA. Ejerció hasta que su doble vida entre el “robertismo” y la licenciada se enfrentaron. “Cuando tiene que salir el monstruo, sale”, enfatiza y se ríe por la comparación.  Los estratos de la conversación se mueven en una especie de tetris. Robertita habla de su paso por el colegio de monjas, mientras afirma que su religión es el psicoanálisis con la misma facilidad que cita los chismes faranduleros. Habla de poses, de guerra de egos y de un movimiento de gente que habla de sí misma en forma descontracturada. La pose en ella, aclara, era la arquitecta.

--¿Le rehusabas a la artista porque tenías miedo de caer en esa pose?
--Siempre fui muy rebelde a desarrollarme como artista y sí, también me parecía ver siempre una pose pelotuda, una cuestión Canal (á). Yo no quería ser así, no entendía por qué hablaban tan pausado y a la vez, me estaba peleando con ese deseo interno que tenía.

--¿Qué camino encontraste para no caer en el estereotipo?
--Tengo una especie de militancia en hacer las cosas como a uno se le ocurre, aunque todos te digan que es una ridiculez. No quiero que nadie me cuente como lo hace, así no tengo su influencia y no siento que soy una trucha. 

--En un comienzo, ¿relacionaba lo trucho con la no ficción?
--Claro, al principio yo era súper puritana, todo lo que ponía en el blog tenía que haber sucedido. Cuando versionaba, sentía que les estaba fallando a mis lectores. Después me di cuenta que no tiene que ver con el qué estás contando, sino con el cómo. No es necesario ponerse en un lugar elaborado, si tu forma es rudimentaria entonces es genuino.

--¿Crees que la literatura está suavizando sus límites?
--Hoy existe una búsqueda de cosas nuevas, sin tanto barroco y con otro lenguaje que se está gestando. Quizás sea una literatura más terrenal, donde el lector pueda decir “esto me puede pasar a mí” o historias de perdedores acordes a la vida real.


“Todos tenemos un loser adentro que actúa por nosotros y se va alejando paso a paso del objeto del deseo”, reconoce Robertita y sus manos corren para poder gesticular la oración completa. ¿Será la nueva era la que obliga vivir a mil cambios? Robertita se jacta y lamenta que ella siempre fue así, que nunca pudo hacer sólo una cosa a la vez y que sólo busca una cosa: ritmo. Chasquea sus dedos al compás del dos por cuatro y explica: “Me acostumbré a llevar una vida en la que ya no podés parar: pensar en el pibe, trabajar, dibujar, chatear”.

--¿Sirve el blog como cura para la neurosis?
--Nació por eso, con mis hazañas cotidianas y para contar que la estaba pasando como el orto. Porque si lo escribía, ya me divertía y lo podía ver de lejos. Sin duda, escribir tiene algo de terapéutico, la palabra cura, aunque de ahí a que te cures, hay un largo trecho.

El blog comenzó seis años atrás y está por llegar a su fin, “ya escribí mil veces que viajé en bondi y había una mina que tenía olor”, reseña. “Al principio era la papá caliente, la historia y el dibujo escritos así nomás y sacarlos, después naturalmente empezó a irse el apuro”, explica Robertita mientras toma café con leche en un día de treinta grados centígrados. 

Cada entrada en treintanera es ilustrada con un dibujo robertísimo: su estilo es ya inconfundible. Mientras las palabras que teclea la efusiva joven tienden a “quemarle el cerebro al lector”, sus ilustraciones bordean una invitación perfumada a un spa. Retratos, o autorretratos, de una mujer tomando café, posando con anteojos de marco gigante o simplemente sonriendo obligan a equilibrar la balanza entre la locura urbana y la introspección que conviven en Robertita. “Siempre me siento bien dibujando, me queda una calma terrible”, declara. 
--Pero, ¿qué es el robertismo?
--Fue el modo en que salieron determinados aspectos de mi personalidad que mantenía ocultos por tener que trabajar como arquitecta y tener que ser una piba seria. Robertita apareció como pseudónimo para el blog y terminó acaparando todo. Es, de algún modo, la exacerbación de mi misma: cuestiones ultrafóbicas y paranoicas que antes tenía que esconderlas un poco para poder vivir en sociedad.

“Es terrible la diferencia entre la seguridad que se vende online y lo que uno es realmente en persona”, reflexiona mientras da cátedra sobre Internet. Crear teorías sea probablemente el puente más sólido entre la loser virtual y la loser real. “Existe una movida de tapar lo peor de cada uno, si escucho un tema de Alejandro Sanz te lo voy a decir y me voy a poner la foto de perfil con mi vieja porque me la saqué, como todos”, dicta la treintañera de flequillo recto y rulos rebeldes que está escribiendo, simultáneamente, en cinco archivos de Word y no para. Por suerte.

miércoles, 25 de enero de 2012

Invisible Tevé, una llave para conocer otras realidades.-


En el corazón del Barrio Carlos Mugica de la Villa 31 de Retiro, nació a fines del año pasado un programa televisivo y comunitario que busca hacerle frente al discurso mediático que estigmatiza a quienes viven allí. Lejos de la lógica del rating y el minuto a minuto, sus impulsores proponen “afianzar la identidad del barrio” y el vínculo entre los vecinos.


Por Soledad Arréguez Manozzo 
Fotografía gentileza de Invisibles Tevé

Buenos Aires, enero 25 (Agencia NAN-2012).- El olor de la comida casera tiene el encanto para transportarnos casi de inmediato a nuestra infancia. En la esencia de esos sabores, aparecen las imágenes y los recuerdos, los olores y los espacios. La comida toma allí su poder social: es un reencuentro con nuestras costumbres, nuestra identidad. Quizás por eso Ramona prepara a menudo la sopa paraguaya que le enseñó a hacer su mamá cuando era chica. Los condimentos, la tabla y el cuchillo sobre la mesada, le recuerdan a las tardes de su niñez. Comienza a picar la cebolla, y a cada rebanada, da las indicaciones sobre cómo se debe preparar esa receta familiar frente a la cámara de televisión que invadió su cocina. Y con cada ingrediente, va narrando cómo es su vida en la Villa 31 de Retiro. El lente no la intimida. Al contrario. Invisibles Tevé se convirtió en una herramienta para conocerse mejor entre los vecinos del Barrio Carlos Mugica, para comprender la impronta del lugar y conocer la identidad de la villa. 

“La mirada de la villa es siempre la de programas con el estigma del ‘pibe chorro’, la merca, el paco, la esquina, la plaza. Pero pasan cosas riquísimas en la villa, es increíble todo lo que se aprende: hay un gran intercambio cultural. La idea es ser una herramienta para el barrio, para que haya interacción entre los vecinos”. Para Demián Konfino, productor del programa, como para el resto del equipo, cada emisión es una posibilidad de acercarse más entre los vecinos desde otro enfoque. Desde las primeras emisiones, Invisibles Tevé buscó ser la alternativa a la mirada acusadora que los medios masivos de comunicación tienen sobre los que viven en la Villa 31 y 31 bis de Retiro. La pantalla se construyó como una oportunidad para mostrar lo invisible, lo que está fuera de foco; y echar luz sobre las otras historias que suceden en los pasillos de la villa, en la cotidianeidad del barrio, en la vida de Ramona. Entrar a su casa, como a la de Doña Maritsa, fue la llave para conocer parte de su mundo, echar un vistazo a su realidad. Y ahí la lente le puso voz a lo oculto. Invisibles Tevé busca recuperar la palabra silenciada. Entonces, los vecinos son los protagonistas.

No rige el rating ni el minuto a minuto. Es un medio que busca dar lugar a las expresiones culturales de la villa donde conviven a diario el esfuerzo y la discriminación. En “Cocinando Historias”, las mujeres del barrio preparan platos típicos de su lugar de nacimiento. Mientras enseñan cómo se cocina, relatan cómo llegaron al lugar, los recuerdos en su país (Bolivia, Paraguay, Perú, el norte de la Argentina) y otras vivencias del día a día. Por medio de la pantalla  se enteran de lo que sucede en el barrio, los intereses de los pibes, escuchan las opiniones de otros vecinos sobre las problemáticas del lugar. Ahí, en la imagen también se plasma la lucha diaria contra el estigma de vivir en ese barrio. “A partir de que haya más voces (con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual), no va a estar solamente esa que los estigmatiza. Esto les influye en la cotidianeidad”, asegura Demián. 

La meta es que se vuelvan visibles; que el vecino utilice el medio, y a su vez, se apropie del contenido. “Queremos afianzar la identidad del barrio, hay gente que vino hace poco, otros están hace mucho. Hay una historia importante donde ellos viven. Es importante para el vivir lo cultural y la identidad del lugar”, remarca. Es que conocer la cocina de doña Ramona, entrevistar a los referentes del barrio o participar de una jornada cultural con los pibes del lugar puede marcar la diferencia. Por eso, desde los contenidos del programa se plantea una reconexión con la tierra en la que viven, el orgullo de pertenecer, su identidad.
“Es un programa de y para la Villa 31”. La frase es una invitación constante a los vecinos para participar. Todos pueden formar parte del programa; los jóvenes aprenden a manipular las cámaras, unos arman las preguntas para las encuestas de la semana y otros piensan posibles entrevistados para explicar temas importantes para el barrio como, por ejemplo, la urbanización de la villa. Los más grandes aportan ideas, hacen sugerencias, todos aprenden. El foco es una posibilidad entre tantas de formar parte de algo colectivo. 

La cámara de los invisibles pretende despertar inquietudes: ver qué intereses tiene la gente, qué les pasa, qué piensan. “Es un disparador, un puente. Tal vez hoy es un programa de TV, quizás mañana es un proyecto colectivo entre todos”, dice Brenda Konfino, conductora, y miembro de Invisibles, la agrupación que produce el programa que se emite desde noviembre por Urbana TV, el canal comunitario de la villa.

Hace cinco años que la agrupación está en el barrio y realiza actividades culturales y educativas con los chicos del lugar. Y cuando les surgió la posibilidad de filmar y transmitir las vivencias de la villa por el canal local, no lo dudaron. “Es otra forma de militancia. La herramienta es fabulosa, tiene gran potencial. El programa está atravesado por la mirada ideológica que tenemos: de una sociedad de iguales. Ese es el horizonte”, subrayan. Con cada toma, cada filmación de Invisibles, aseguran, buscan aportar a la transformación de la realidad que los rodea. Es que todos son iguales bajo la lente. Delante y detrás de la cámara, los mismos derechos y las mismas posibilidades. 


* El programa se transmite todos los miércoles a las 20 por Urbana TV, el canal 5 de aire de la Villa 31 y 31 bis de Retiro. Después se retransmite por el canal que la agrupación Invisibles tiene en You Tube (invisiblesTeVe31). Para participar de la iniciativa: http://www.porlosinvisibles.com.ar

martes, 24 de enero de 2012

Dejémonos de joder.-


Buenos Aires, enero 24 (Agencia NAN- 2012).- En NAN hemos entrevistado varias veces a Gustavo Sala. Hemos hablado muy bien de su obra y lo hemos considerado uno de los exponentes más importantes del humor gráfico de la actualidad. Y no nos arrepentimos. Desde que el juicio ético a Sala explotó en las redes sociales, ningún medio profundizó en el asunto ni editorializó al respecto. Todos se limitaron a decir lo políticamente correcto y a presentar la noticia con cierto grado de “objetividad” --aunque sabemos, claro, que toda noticia es subjetiva--. Como bien repara en su blog Lautaro Ortiz, jefe de redacción de la revista Fierro, “todo se resolvió según la lógica establecida por los medios: el acusado fue obligado a pedir disculpas y las instituciones afectadas mostraron una vez más su poder de fuego en cuestiones morales y de comunicación” (http://vertebradas.blogspot.com). Lo curioso fue que los géneros opinativos no asomaron su cabeza por las redacciones. Quizás haya deambulado por las reuniones de edición el temor a que la marea se viniera en contra. Es cierto: la tira hirió sensibilidades y recogió miles y miles de indignados. Quienes se animaron a decir algo diferente, a restarle solemnidad al asunto o a defender al dibujante fueron tildados hasta de nazis. Sólo basta con repasar las redes sociales para dar cuenta de ello. De hecho, la página de Facebook del humorista gráfico se vio sofocada de escalofriantes insultos y amenazas ¿Es válido repudiar un supuesto acto de “intolerancia y antisemitismo” a través de la violencia?

No por casualidad, quienes salieron a echar un manto de piedad sobre el asunto fueron --en su mayoría-- dibujantes, humoristas gráficos y periodistas especializados en este lenguaje. Eso sí: no fueron consultados por los medios sino que difundieron sus pareceres en sus páginas personales. Fueron descartados como fuentes. De haberlo hecho, hubieran conseguido una campana diferente --opuesta, quizás-- a la que había que sostener: el repudio por tal “indignante” obra de mal gusto. Pero los medios no se quisieron arriesgar. Nadie habló, por cierto, de la trayectoria y el gran talento de Gustavo Sala. Nadie dijo que se trata de uno de los dibujantes más admirados y queridos por el mundo comiquero. Nadie contó que publicó un libro junto a Carlos Trillo y Eduardo Maicas (Torni Yo) y que tiene otros siete. Tampoco se dijo que, además de publicar en el NO y Fierro de Página/12, colabora en Rolling Stone, Barcelona, Genios, el mítico El Jueves de España y la lista sigue. Menos, que incursionó en radio, teatro y tiene un dúo musical llamado Los Dentistas Tristes. La tarde del viernes una palabra alcanzó para definirlo: “antisemita”. “Sala fue expuesto en televisión con esa lógica cruel de ‘dar noticias’ a toda costa –reflexiona Ortiz-. A Sala lo llevaron a un juicio mediático sin que nadie haya leído sus antecedentes. El ‘ilustre desconocido con ganas de provocar’ fue a juicio cuando ya había sido juzgado. A nadie le importó saber si Sala tenía varias peleas ganadas en su oficio. El desconocimiento sobre la obra de este autor (desconocimiento real) deja en claro otra cuestión: el lugar que ocupa la figura del creador en la sociedad”.

A grandes rasgos, hubo un problema de decodificación. El código humorístico no pudo ser decodificado y la lectura que primó fue la de la “burla al Holocausto”. Pero los Estudios Culturales hace rato pusieron de relieve que un mensaje puede tener multiplicidad de lecturas. Entonces, otra posible dice que no se trató de una “burla contra el pueblo judío” sino que el autor usó ese contexto para activar el código humorístico y criticar, tal vez, al mundillo de la música electrónica. Pero el cruce narrativo con los campos de concentración encendió la llama. Es cierto, hay temas que hieren más susceptibilidades que otros. Y éste fue el caso. ¿Qué hubiera sucedido si Sala, en lugar de usar como contexto el campo de concentración, hubiera usado como escenario las masacres indígenas durante la Campaña del Desierto o las zonas liberadas para el gatillo fácil? ¿Hubiera escandalizado de la misma manera? Lo cierto es que el tema elegido --el genocidio contra el pueblo judío-- tocó inmediatamente las emociones y se anuló la instancia de reflexión. Acto y reflejo. Estímulo-respuesta. Unos se indignaron con la tira, lo “twittearon”, lo “re- twittearon” y lo “recontra re-twittearon” y se convirtió en el tema del día. Quienes por casualidad se topaban con el tópico y “descubrían” que había un “dibujante antisemita” sentían que no podían hacer otra cosa que repudiar el hecho. La verdad, diría Michel Foucault, se construye a través de múltiples imposiciones y tiene efectos reglamentados de poder.

De vuelta al código humorístico, la lectura de un chiste implica una doble lectura, una incorrección, una ruptura de la realidad y de sus normas. Una ficción. Nunca una linealidad. Precisamente, el humor parte del quiebre de los ismos, al menos el de Sala: no trata de ser machista, ni fascista, ni antifascista. Trata de jugar con los prejuicios, de romperlos. El periodista especializado en historieta, Andrés Accorsi, apunta en su blog (http://365comicsxyear.blogspot.com): “¿Qué hace un DJ del 2011 en un campo de concentración de 1941? Claramente ahí, en la primera viñeta, se rompió el verosímil, quedó absolutamente claro que esto NO es real. Cuando la tira descarta el verosímil, pierde todo valor testimonial, todo valor documental. Ya no quiere bajar línea, no quiere reflejar ninguna situación. De ahí en más, todo lo que entra o sale de escena, todo lo que se hace y dice, son --ni más ni menos-- recursos humorísticos, puestos en función de lograr un chiste. Eso sólo: un chiste. Y ahí sólo importa si es gracioso (...)".El chiste pudo haber resultado malo o no. Pero ése no es el eje de la discusión. En definitiva, el canal utilizado fue el humor gráfico, el arte. Y no cualquier tipo. En su caso, su obra está enmarcada en la tradición del grotesco y el humor negro. En el país, los exponentes más importantes de este humor son Sergio Langer, Diego Parés, Niño Rodríguez y las revistas Lule Le Lele y Barcelona --si sabrán, estos últimos, de estos debates--, entre otros. No hay que perder de vista que lo que hizo Sala fue hacer valer su derecho a expresarse libremente. En este caso, a través del arte.

El grueso de los humoristas plantea que no hay límites temáticos ni barreras para hacer humor. En una entrevista publicada por este medio en noviembre de 2008, se le preguntó al historietista Damián “Polaco” Scalerandi --uno de los creadores de Lule Le Lele-- si había o no límites y por qué.  Su respuesta fue la siguiente: “No existe un límite, porque la idea es que no lo tenga. El único límite seria que no fuera humorístico lo que hacemos, que no provoque gracia (...). A veces nuestros personajes son forros, fascistas o boludos y no necesariamente nosotros somos así, salvo por la excepción de lo último, pero la gente no entiende que los personajes tienen voz propia. En cambio, creen que uno es un forro cuando tu personaje, por ejemplo, habla a favor de los militares. Si razonás te das cuenta de que estamos en contra de los milicos, pero el que habla en ese caso es el personaje y no tu pensamiento”. De hecho, en su pedido público de disculpas, en medio del ojo de la tormenta, Sala pudo reivindicar al humor y a su obra: “En general, me gusta joder con los intocables del rock y, en este caso, fue un chiste con (el DJ) David Guetta, satirizando los estereotipos que están muy instalados en la memoria colectiva, pero no me burlo de ellos. Si uno hace un chiste se burla del estereotipo, no directamente de eso". Para Accorsi, “el humorista que se esfuerza por no ofender, difícilmente se esfuerce por hacer reír”.

No hay tema con el que Gustavo Sala no se haya metido. Para generar relatos humorísticos, se metió con todos los grupos étnicos, de género, etarios, políticos, los códigos del rock, la Iglesia y la sociedad del espectáculo. Siempre, la intención es caminar por los bordes, sin perdonar lo sagrado, los tabú, lo intocable, aquello que se calla y oculta bajo tierra. Pero nunca antes una de sus tiras había provocado un escándalo de esta magnitud --sí, quizás, alguna que otra indignación sin relevancia-. Sin embargo, el repudio masivo a la obra de Sala no se dio por acumulación de quejas, no fue ésta "la gota que rebasó el vaso" ni mucho menos. Se trató de un hecho aislado, de una reacción espontánea y curiosamente masiva. Pero, sin duda, la “aventura de David Gueto” agitó las aguas. Jamás se le hubiera ocurrido al autor que eso sucedería. No es su intención “provocar por provocar” sino reflexionar a través del humor.

En una entrevista que le hicieron en el medio online peruano La Silla Ecléctica (http://sillaeclectica.wordpress.com/2011/03/27/gustavo-sala-historieta-rock-y-bardo/), en marzo del año pasado, Sala explica: “Lo que no me interesa es provocar, ir al choque gratuitamente y sólo eso. En todo caso, me interesa hacer una historieta o un chiste que tenga una sustancia, que sea divertido, cuente algo y tenga una idea interesante; después, si hay pedofilia u otras cosas, prácticamente no me lo planteo. No me da culpa ni una cosa moral, casi que lo hago desde la ingenuidad. Pero a veces te metés con temas, simplemente para que funcione el chiste, y no pensás si eso puede llegar a lastimar a una persona o te pueden tildar de facho o nazi. Es un chiste, no pasa nada. También tiene que ver con que en muchos de los medios en los que laburo tengo esa posibilidad.” Luego, cuenta que una vez los lectores lo increparon por meterse con Charly García. "Hay gente que no se lo banca. Hay tipos inimputables. Me causa gracia la gente que se toma trabajo de ofenderse. Es más, yo soy fan de un montón de discos de Charly y hago humor con eso y no necesariamente me disgusta su trabajo. Simplemente, me río del personaje, el fanatismo y la adoración del ídolo más que el músico”.

Una vez, Juan Sasturain dijo de él: “Qué tipo generoso, que no deja resquicios, Gustavo. Sala satura, en el mejor sentido de la palabra: agota las posibilidades, nunca se queda corto (de ideas, de dibujo). Siempre, con él, la historieta es espectáculo a Sala llena, espacio lleno de Sala. Más aún: lleno de barrocas, sentidas, soberbias pelotudeces (…). El arte de Sala desborda, se sale. Del cuadrito, del género, de las convenciones, de lo debido (…). Que con estos elementos deformes, esta locura programática, este sistemático método expresivo de patear el tablero cada cuatro cuadritos Gustavo Sala haya hecho y vaya haciendo una obra tan seria y coherente como pocas en la historieta argentina de estos tiempos no es un misterio ni un milagro. Es un chiste. El mejor”.

lunes, 23 de enero de 2012

“El universo no se equivoca” (Bicho Bolita & Paris Gatitos, 2011).-


El sexteto más alocado de la música neuquina vuelve a parir un disco. Esta vez se anima a mezclar el rock con todo.
Guillermina Watkins
Neuquén, enero 23 (Agencia NAN-2012).- Desde hace tres años que El Bicho Bolita ya no está solo. Y vaya que no. No sólo se cruzó con un par de músicos desperdigados por las áridas zonas musicales de Neuquén, sino que se encontró con un par de amigos/ hermanos que --como afirman-- van todos para adelante. Por eso, El Universo no se equivoca se convierte en el manifiesto de estos muchachos que son una de esas “joyitas” musicales que surgen de la vida autogestiva de años y el pleno amor por la música,  características que los convierten en una de las bandas más convocantes de la escena local.
Con 17 temas, el sucesor de “Una lobotomía frontal” (2010) les quedó corto pero no en el sentido musical. Es que, si uno se pone a hurgar por la vida de El Bicho Bolita, encontrará que tanto solo como acompañado en diversas formaciones, tiene más temas compuestos que La Mona Giménez. Bueno, no tanto. Pero casi.  Inclusive, para la composición de este disco, tuvieron que recortar los temas que habían compuesto.
A nivel sonido, todo está escrito en clave de rock. Sin embargo, el público encontrará un disco que está orquestado profesionalmente y que reinventa acordes de varios géneros musicales, dándole forma a un estilo propio que prioriza la canción, pero se codea con todo.
Por eso, el público se topará con gemitas latinas como una samba con la voz de la cantante neuquina Isabel Vaca Narvaja, o los coros de una murga, La Porfiada Postalina. También, además de los clásicos instrumentos del rock, se pueden escuchar una trompeta, una armónica y coros de varias invitadas (hasta la hija del técnico de sonido y “séptimo París Gatitos” puso su aguda voz de tres años).
Suenan conceptos de revolución, de furia, de explosión, de amor, desamor, ansiedad y sobre todo, pero sobre todo, deseo. Vuelven lo oscuro en una canción alegre, el amor en una balada triste, lo alegre en algo que se convierte una fiesta rock, pero sobre todo, en una maquinaria de buenas canciones “escupidas” por el Bicho. Ese flaneur que a veces se parece a Palo Pandolfo, a Sandro, a Leo Masliah, a Devendra Banhart, pero siempre es él mismo, con una poesía libertina, zigzagueante y ágil que patea los cánones de la canción.
Definitivamente el disco se queda corto. Corto para aquellos que recién empiezan a entrar en calor cuando suena el tema número 8, “Estrellas de papel”, y sólo les queda la mitad de un disco cargado de subibajas sonoros (pasa del rock a la balada en un segundo).
Pero con la cantidad de poesía que se desprende de cada uno de los temas, y con las obras de arte que acompañan al disco (cada uno de los integrantes de la banda y amigos relacionados al diseño y la plástica aportó lo suyp), es seguro que nadie va a sentir un vacío. Y menos cuando a ese vacío le pone contenido el Bicho Bolita y sus París Gatitos.

viernes, 20 de enero de 2012

El sur, ese refugio para el circo sin carpa.-

En el sur del conurbano bonaerense cobran vida propuestas circenses que rompen con la estética tradicional de la carpa. Alejados de los compases que definen a ese mundo familiar y cerrado, galpones, escuelas y talleres dedicados al desarrollo del histrionismo cirquero se las ingenian para darle una impronta local a la identidad ecléctica de estas destrezas y le ponen voz a las mutaciones de una movida que parecería exiliada de su hábitat original.

Por Daniela Rovina
Fotografías gentileza de Kamaj Pacha (1) y Cultura del Sur (2)

Buenos Aires, enero 20 (Agencia NAN-2012).- No escupir fuego, caminar con los pies, volar en avión. El sentido común propone que cualquier contradicción a esas lógicas de la vida diaria (casi) siempre se desarrolla dentro de una convencionalidad paralela en la que desandar caminos de cabeza, elevarse en un trapecio o reencarnarse en un lanzallamas estaría plenamente aceptado. En disonancia a lo que se espera de una mirada regular del mundo, la sinuosa confección de la carpa de un circo actúa de guarida para una perspectiva desde la que emprender proyectos parado sobre las manos también significa “normalidad”. Pero si alguna vez esa cilíndrica extensión de tela funcionó como refugio de expresiones inversas al sentido común, también delineó una multidisciplinaria muralla detrás de la que las más disparatadas destrezas se develaban sólo para aquellos que eligiesen anudar su existencia a la sinuosidad de la vida itinerante de las artes circenses.

Un día, los códigos que regulaban ese círculo cerrado tomaron las calles de aquellos que las recorren parados sobre sus pies. Por fuera de la carpa, esa pedagogía circense se hizo de espacios propios, como galpones, centros culturales, plazas y hasta esquinas con semáforos donde el recuerdo del tradicional eclecticismo circense intenta convivir (aún hoy lo hace) con infinitas formas (o paradigmas) de desplazamiento. Más allá de las intermitentes y ovaladas paredes de lona multicolor, cualquier intento de encajonar la rutina cirquera a esa mítica y celosa tradición familiar, pronto se diluyó en profusos hábitats de puertas abiertas. Entonces, la aparición de escuelas y talleres de circo como ámbitos de difusión – dentro de una cotidianeidad definida en función de una forma dominante de caminar (esto es, sobre los pies)- dejó de entenderse como una profanación.

Esas huellas, marcas de una triunfal fuga de los designios de la carpa, se imprimen a lo largo del paisaje extramuros. De este lado del mundo no porteño, también. Al sur de ese desvirtuado charco/frontera de agua, la impronta del espíritu circense no se deja ahogar por la saturada luminosidad de la metrópoli. En este conurbano austral también se escuchan las estruendosas pisadas de manos o se envicia el aire con el aroma a combustible quemado que destila un lanzallamas.

En adelante, las voces de referentes, talleristas y protagonistas de centros culturales y escuelas de circo locales expresan sus puntos de vista acerca los disímiles matices que cobran estas hilarantes disciplinas, alejadas de su hábitat original. O mejor, una pantallazo sureño sobre la resignificación de ese espectáculo artístico que se escapó del marco institucionalizado de la carpa para asentarse en espacios más predispuestos a la reconversión de lo que (en muchos casos) representó una forma de vida.

Retratos del circo sureño

“Cuando era chico el circo no me gustaba. Lo odiaba, me daba miedo, me daba feo olor. Olor a bicho sucio, a pobre animalito encerrado”. Descalzo, Manuel Vergara camina entre las jóvenes instalaciones de Kamaj Pacha -sólo cuatro años pasaron desde su apertura-, un refugio para ese moderno circo reversionado encallado en Avellaneda. Desestructurado, al igual que cada uno de los rincones que componen a esta escuela de la que es director, recuerda con asombro su pueril desprecio hacia aquella ocupación que hoy se queda con la totalidad de su tiempo. “Para mí fue como un trauma vivir del circo. Es muy loco, pero es real”, reconoce con ironía. El mismo desparpajo con el que se compone la atmósfera de Kamaj (imposible no advertir esa falta de peso en el ambiente, que al revés de la gravedad, te aleja del suelo, te abduce imaginariamente hasta lo alto de un trapecio), la misma naturalidad y frescura, marcan los compases de este proyecto, esta pequeña porción del paradigma del circo sin carpa, que –a través de las palabras de Manu, como lo llaman sus compañeros y alumnos – entiende que acá, en el sur, el arte del absurdo y lo disparatado es una especie de “revelación, una revolución cultural”.

Resemantizar. Darle “una nueva traducción a la palabra circo”. Con la impronta del cambio parada sobre los hombros, este referente del mundo cirquero en Avellaneda no subestima la capacidad expresiva y creativa de estas latitudes: “El (conurbano) sur es un terreno muy informal, pero muy serio cuando se hacen las cosas. Y se hacen con mucha categoría. Eso muchas veces no es glam, brillo, maquillaje. La categoría de la que hablo es la que, con poca producción, puede hacer grandes cosas, muy prolijas, muy dignas, muy educativas”.

Y las hacen: variettes (espectáculos que reúnen el circo, la música, el teatro y la danza), números experimentales o improvisados, talleres, muestras de alumnos, malabares en esquinas iluminadas por semáforos. Cada galpón, escuela y espacio destinado al desarrollo de disciplinas circenses moviliza un arsenal de recursos a la hora de informar, promocionar y llevar a escena espectáculos y clases. Desde publicaciones en Facebook, hasta volantes y afiches se cuelgan de paredes y muros materiales y virtuales.

A dos cuadras de la estación de trenes de Temperley, otro golpe desfigura el paisaje homogéneo de los que se desplazan sobre las plantas de los pies. Un sombrío pasillo es el preludio de un galpón devenido sólo en partes en centro cultural, porque aún mantiene en sus techos y paredes la estética ferroviaria de principios del siglo XX. Entrar en Cultura del Sur y ver la inusual convivencia de dos ámbitos -el de los trenes y el del circo- que se integran casi por casualidad, justifica la fuga de la carpa.

Las artes circenses no conocen de “límites o formas” (y en este galpón está a la vista). Al menos así las define Adolfo Aleman, integrante de la comunidad artística de este espacio cultural y profesor de acrobacia en tela: “El circo no es algo que esté muy estructurado. No es una moda. No te regula en una forma, sino que es bastante abstracto”. Esos rasgos inherentes a la esencia cirquera se repiten y reformulan en los pagos del sur, a través de la fusión de corrientes sin forma que unen, por ejemplo, los malabares con otras destrezas corporales. “Hay una nueva corriente de gente practicando circo. Siempre hubo malabaristas, payasos. Pero gente que empezara a hacer circo como una disciplina complementada con el teatro, la danza, la acrobacia aérea con el piso, eso es nuevo, está pasando ahora en zona sur”.

Y con esto Aleman justifica su descontracturado parecer sobre la amorfía circense. Si no hay parámetros que obstruyan su accionar, todo cuanto sea posible de ser combinado en escena (y también por fuera de ella) confluye en la vorágine del circo.

Una postura a contramano de las anteriores aparece en la voz de Kevin Dupás, instructor de acrobacia en el espacio Monociclo Artes, otro frente abierto al circo sureño ubicado en Banfield. El semblante colorinche de “el monito” (así le dicen, probablemente por el enorme mono monociclista estampado en el portón metálico de la entrada) sintetiza la herencia despojada de la carpa -guirnaldas de banderines multicolores adornan el cielo sin techar- con las disposiciones del galpón/escuela.

“No sé si todavía hay una propuesta que distinga a zona sur. Vengo de una camada que fue la primera en mutar el circo al formato de galpón. (Antes) ese formato no existía. Cuando empecé no había escuelas de circo. Todo esto que aparece como nuevo fenómeno no es algo distintivo de zona sur”. Menos localista en sus definiciones, Dupás caracteriza al conurbano sur como un “terreno hostil para el arte”, motivado por la competencia entre escuelas y la falta de apoyo municipal: “Cuando tuve una aproximación a secretarios de cultura no hubo ninguna ayuda. La cultura es todo lo relacionado a las peñas, el folklore, el tango. El circo está bastante marginado. Sus objetivos no pasan por contener las movidas que se generan”.

Romper el paradigma: de cómo hacer circo sin carpa

Con o sin carpa, las paredes de esos espacios transpiran la esencia propia del circo. A contramano de la mítica y machacada imagen de las compañías convencionales, estos grupos cirqueros despliegan sus destrezas agazapados en galpones y escuelas que rompen con lo que el imaginario propone.

¿Cuántas personas conocen de la existencia de otras a las que podrían interesarles pararse de mano como fuente de sustento económico o simplemente físico? ¿Cuántos se preguntaron qué significa para aquel segundo grupo caminar de cabeza por fuera de la histriónica (des)estructura de lona? Si nadie lo hizo, si para muchos esos interrogantes pasaron desapercibidos, es probable que, al menos alguna vez, estos tres representantes de colectivos cirqueros se hayan cuestionado acerca del nuevo rol de la carpa.

Vergara: -La traducción que se le está dando al circo ahora tiene que ver con salir un poco de la tradición de familia. Tuve conversaciones con mucha gente grande del circo y te dicen que esto no es una escuela de circo. Pero nosotros queremos que venga mucha gente que quizás no tenga ganas de actuar en una carpa, sino ganas de conocer (las disciplinas). Y por qué privarlo, por qué tiene que ser un círculo tan cerrado. Si tienen ganas de hacer circo, este es un lugar de puertas abiertas. Me gustaría tener una carpa, pero para ponerla en un terreno baldío y ofrecer el circo como es, romperle la cabeza a la gente y pasarle la gorra. No cobrarle una entrada a nadie. Esa sería mi forma de hacer carpa.

Aleman: -La carpa es necesaria también. El profesor que está enseñando (en una escuela de circo) pasó por un circo. De algún lugar viene la información para que nosotros podamos hacerlo. Los primeros que se animaron a colgar algo y a mostrarse fueron personas de carpa. El circo tradicional termina y empieza en esto. Están unidos. Si bien el circo tradicional no tiene mucha proyección en Buenos Aires, la gente que hace circo sabe quiénes fueron las familias de circo de zona sur. El circo es lo que te inspira. Por más que el malabarista trabaje en la calle, en la plaza o en un centro cultural, para él es maravilloso estar dentro de una carpa de circo. Lo que pasa con el público alrededor, el ambiente que genera la carpa sigue siendo el sueño del pibe. Te hace sentir algo en el pecho que no vas a sentir estando en una muestra de un centro cultural.

Dupas: -Hoy el circo es de salón, de teatro, de galpón, y también de carpa. En algún momento la carpa lo monopolizó. Pero ahora perdió eso y es más copetín, un producto. La carpa no es un ghetto cerrado como era antes, y busca artistas en escuelas de circo. Se perdió eso de que tenías que irte a rodar por el mundo con una compañía para aprender. La carpa nunca fue escuela. Si aprendías ahí era para sumarte a ese espacio, ir a limpiar, cortar cables. Eso lo hereda el galpón. Si sos parte de esa movida no actúas solamente.

Piruetas sin luces de neón

Lejos de las asfixiantes luces cosmopolitas, las expresiones circenses que se ubican de este lado del charco resisten a la sofocante competencia de los talleres y espectáculos porteños. Por desconocimiento, por costumbre, por escaza difusión, la ciudad capital suele convertirse en el vértice obligado de consulta donde se concentran las demandas de aquellos amateurs que pretenden desarrollar la destreza de mirar la realidad patas para arriba, como lo propone el escritor uruguayo Eduardo Galeano. “El que nunca fue a ver un espectáculo de variette o no tomó una clase de circo, muchas veces averigua directamente en Capital”, lamenta el director de Kamaj Pacha.

Sin embargo, en el sur emergen frentes de batalla. La “revolución cultural” sureña, dice Manu, es madre de muchos “grandes valores desconectados del círculo cerrado de la Ciudad de Buenos Aires”. En simultaneo, los recuerdos se trepan a los gritos, la música y las instrucciones para volar en trapecio de una clase de acrobacia: “Cuando empecé tuve que ir a buscar información a la Ciudad porque acá no se conocían espacios, no se gestaban. Ahora hay como una revelación muy positiva, con lazos de unión entre esos espacios. No existen márgenes de competencia, rivalidades. Hay mucho de compartir, de informar de una escuela a otra”.

¿Idealista? Puede ser. El hecho es que estos grupos alimentan una suerte de microclima cultural dentro del que se cocinan movidas ávidas de superar las propuestas porteñas. En este caldo de cultivo, las artes circenses se sazonan con ingredientes autóctonos.

Más alejado de esta metáfora de la convivencia idílica, Kevin Dupás hace hincapié en la calidad de espectáculos y talleres apartados de los brillos de la gran ciudad. En el sur “hay mucha iniciativa, pero no tienen una actitud de invertir en formación o en docentes”. Este referente de “el monito” usa palabras como “terreno virgen” para referirse al sur e “improvisadas” cuando habla de la creatividad y originalidad de sus producciones: “Existen espacios que dan clases, pero a nivel artístico copian formatos. Capital está a años luz en ese aspecto”.

miércoles, 18 de enero de 2012

En el nombre de Raquel en Teatro Sha.-

Con una puesta en escena minimalista, la profunda pieza de Mariel Rosciano interpreta una historia de silencios, engaños, drama e impunidad. La obra, basada en la novela La Polaca de Myrtha Schalom, rescata la historia de Raquel Liberman, una inmigrante sometida al comercio sexual, amparado siempre por una extensa red de complicidades políticas y sociales.

Por Esteban Vera
Fotografía gentileza de Mara Folch

Buenos Aires, enero 18 (Agencia NAN-2012).- Recientemente, una denuncia sobre tráfico de mujeres parece haber puesto al descubierto a una organización y a su red de impunidad. Días atrás, la hija de un ex oficial de la Secretaría de Inteligencia del Estado denunció que su padre, Raúl Martins, es el cabecilla de una red de trata de mujeres. Según contó, el ex espía engañaba a jóvenes, incluso a adolescentes, prometiéndoles puestos de recepcionista o de modelo en México, y una vez en tierras aztecas les retenía el pasaporte y las enviaba a prostíbulos. La maniobra, supuestamente, tiene mecanismos similares en Argentina: Martins es el dueño de siete burdeles en la Ciudad de Buenos Aires y de uno en la turística Cancún, The One, visitado en su luna de miel por el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, junto con su esposa, Juliana Awada. La historia sórdida de la infame Zwi Migdal, una red internacional de trata de mujeres fundada en Avellaneda por judíos polacos a principios del siglo pasado repudiados por la colectividad judía, repite el mecanismo. Es que estás historias, son las historias de silencios, apatía e impunidad, que la obra En el nombre Raquel, retrata. La actriz y guionista Mariel Rosciano interpreta una historia no muy distinta, la tragedia de una “polaquita importada” con engaños, en un unipersonal, con dosis desproporcionadas de drama, conmoción y provocación.

La pieza es una versión libre de la novela La polaca, de Myrtha Schalom, que encarna la historia de Raquel Liberman, una inmigrante polaca sometida al comercio sexual, la única que pudo y se atrevió a romper el círculo de silencio de los rufianes. A través de la obra, Rosciano retrata los padecimientos, sufrimientos e ilusiones de la “polaquita”. Pero también, la intrincada red de prostitución armada por la Zwi Migdal.

La performance de Rosciano se detiene minuciosamente en el apocalipsis de violencia, humillación, degradación, e incluso amputación de sueños de Raquel. Lo hace a través de instantáneas de su vida, como su llegada al país con sus dos pequeños niños, José y Moisés, y la esperanza una vida nueva y próspera, o cuando es encerrada en un burdel bajo la custodia de una madama. O cuando logra huir, pero por segunda vez es seducida y luego engañada por un rufián, su marido, y termina nuevamente sometida a la esclavitud en un prostíbulo, ahora con sueños quebrados, convertidos en polvo. O cuando denuncia a la Zwi Migdal, pero los pingües negocios de la organización garantizan la impunidad de los cientos de proxenetas de la red. Y lo hace con la intención de lograr un efecto “in crescendo dramático”.

Sin embargo, la escena detonante de la obra, de 60 minutos, ocurre cuando Raquel es encerrada en un burdel y luego es violada por una docena de hombres. Y luego, la mujer termina explotada, pero con la ilusión de “comprar” su libertad. En fin, en el cuerpo de la protagonista, Rosciano es creíble, sincera, y las intenciones de la pieza, meritorias.

Así, cada lunes, a las 21, en la sala del Teatro Sha (Sarmiento 2255), la actriz se pone en la piel de Raquel, y su interpretación funciona como una herramienta para denunciar que casi un siglo la impunidad continúa. Con un escenario minimalista --una cama, un espejo falso y unas telas-- y con mínima escenografías y cambios de vestuario, lo que sobresale son las palabras, entonaciones y gesticulaciones desmedidas de Rosciano. A ello se suman la acertada iluminación y musicalización.

Los hechos reales sucedieron entre 1916 y 1930, hace más de 80 años, pero gracias a esta obra vuelven a la superficie, y contribuye a reflexionar sobre la explotación sexual, indiferente para la sociedad. Con ese afán, tras el final, como un epilogo, se escuchan, a oscuras y en off, las voces de jóvenes y niñas rescatadas de las redes de trata de personas para remarcar que la historia persiste fuera de la sala, en algunos de los “privados” anunciados en los volantes que empapelan la calle Corrientes.

lunes, 16 de enero de 2012

Libros: “Monserrat” (Daniel Link, 2007).-


Un relato sólido que recupera con éxito el formato diario, y a través del cual explora el mundo. Con un ojo sociológico, el escritor, crítico y blogger realiza cortes sociales y verbaliza el espíritu de los barrios linderos generando un eco casi irresistible en cualquier lector que haya recorrido sus calles.

Por Nicolás Alonso

Buenos Aires, enero 16 (Agencia NAN-2012).- Más allá de que existen diversos tipos (“de escritor”, “de viaje”, “de vida”, etcétera), los diarios son un rara especie de literatura. Género border cuyo ámbito son los límites, las fronteras, los márgenes. Si se asume que uno de los rasgos definitorios de la literatura es su carácter comunicativo, esa suerte de teleología que culmina en la publicación y la posterior reinterpretación lectora, el diario es a todas luces una literatura tramposa, mentirosa, en donde lo ficcional gana fuerza a costas de una prosa que se muestra adherida a la realidad. Montserrat (Mansalva), de Daniel Link, es un fiel exponente de ese juego mágico en donde la conciencia, la intimidad del yo, se expone a plena luz. Y allí ya no importa si es un escritor, un personaje o un poco de ambos el que escribe. El recurso es lo suficientemente potente como para violar esos límites entre ficción y realidad. Si, además, como en el caso de Link, el personaje es contundente y sólido, el diario es una llave para mirar el mundo a través de otros ojos, de otra piel. Dejarse llevar por un diario es, de alguna manera, una forma de extrañación. Otra nota particular del libro de Link es que sus entradas fueron publicadas, previas a esta edición en papel, a través del blog Linkillo (cosas mías) (www.linkillo.blogspot.com), del propio escritor.

En cuanto al carácter de los personajes y al argumento, Montserrat se sumerge en la voz de un narrador apaciblemente atormentado. Los oficios de escritor y docente a los que está emparentado el personaje  justifican la mirada cuestionadora con la que esa voz atraviesa el texto: una mirada poética y aguda sobre la cotidianeidad porteña. A través de un lenguaje dinámico, fresco y relajado Link transmite el universo de sensaciones que componen el barrio porteño de Montserrat. Con un inquietante ojo sociológico el autor realiza cortes sociales y verbaliza el espíritu de los barrios linderos generando un eco casi irresistible en cualquier lector que haya recorrido sus calles. 

Uno de los rasgos más impactantes de este diario es la construcción que el autor logra en torno a la muerte por medio de su antesala favorita: la ancianidad, la vejez, la decrepitud. Se lee en las primeras páginas: “Salí a la calle un poco trastornado: de pronto, de inmediato, sentí que el presente de esa gente me tocaba y me contagiaba. Yo iba a ser uno de ellos y, si la suerte no estaba de mi lado, también podía correr el riesgo de convertirme en una muñeca-senil.” El aire viciado de esos cuerpos raquíticos y endebles, los departamentos desocupados, las ancianas muertas en soledad o confinados a un asilo, que se comienzan a presentar en las primeras páginas, constituyen uno de los activos privilegiados en torno a al cual se monta la atmósfera que ganará el relato. 

Esa decadencia, asimismo, adquiere un brillo notable por medio de su contracara: la tenue jovialidad en la mirada de este personaje. Rodeado de chismes respecto de sus vecinos de “la comunidad” (término con el que hace referencia al edificio en el que vive), celos respecto de su pareja, S., referencia al día a día del barrio… a negocios, verdulerías, universidades y bares. “S. no come frutas (en absoluto), lo que constituye un problema en la economía doméstica. O mejor dicho, dos problemas: el primero es que de la provisión de frutas me tengo que encargar yo porque él nunca se acuerda (además, no confiaría en sus elecciones). En segundo lugar, siendo un manjar ‘de temporada’, la fruta es altamente perecedera y se termina pudriendo si no me apuro a comerla (nunca compro menos de 3 kg. porque me gusta hacerlas rotar y la opción de pedir menos de un kilogramo de cada variedad, si bien debe ser completamente usual, no se me cruza por la cabeza en el momento de estar parado frente a los cajones exultantes de la verdulería).”

Montserrat es, en definitiva, un sólido relato que recupera con éxito el formato diario, y a través del cual explora el mundo (el barrio) en la mirada de este peculiar personaje. Quizá sea ahí donde se halla su mayor virtud, en dejar ver a través de la mirada del autor. En una suerte de cámara subjetiva que enseña ciertos rasgos y vela otros, como debe ser en toda literatura enriquecedora (o contaminadora, según como se lo quiera ver). Difícilmente, después de leer este texto, se pueda volver sobre al barrio de Montserrat con el mismo ojo, con la misma mirada.  

viernes, 13 de enero de 2012

Esa costumbre ColectiBA de resignificar lo público.-

La agrupación de fotógrafos y fotógrafas sale a colgar sus trabajos a la calle para “desmuseificar” el carácter artístico y estético de la imagen. La propuesta tiene una doble intención: acercar a todos aquellos que no son habitués a este tipo de movidas y, al mismo tiempo, evitar el encierro que a veces propone el espacio público, que es de todos, desde el principio de los tiempos. 

Por Laura Bernatené
Fotografía gentileza de Shavi Alli          
     
Buenos Aires, enero 13 (Agencia NAN-2012).- Plaza Irlanda, domingo de principios de diciembre. El solcito suave de las cuatro y media de la tarde se abre como un arco iris al tocar  el agua que cae del termo hacia el mate de calabaza. Las rejas del parque están empapeladas con más de 400 fotografías de la última muestra con la que la ColectiBA despide el año. Y de a poco los curiosos se van acercando a ver de qué se trata la movida…

La ColectiBA es uno de los brazos de la organización homónima pero escrita con v corta, surgida en Rosario hace siete años. La agrupación nació por iniciativa de fotógrafas y fotógrafos que buscaban generar nuevos espacios de reflexión y difusión de sus trabajos, de manera que conformaron un lugar donde sus obras se resignifiquen siempre en el terreno de la colectividad.

Por iniciativa de otros artistas, la idea fue llevada más allá de las fronteras y progresivamente llegó a Luján, La Plata y Buenos Aires. Shavi Alli, junto a Diego Iturburu y Julieta Ru, son los responsables de importar la propuesta a tierras porteñas para que cualquiera que haga fotos pueda mostrar su trabajo sin curaduría, cupo ni arancel.

Participar es muy simple. En primer lugar, los interesados deben llenar una solicitud de inscripción. Después, deben acercarse el día de la muestra con las fotografías bajo el brazo, de tamaño, tipo de papel y montaje a gusto y piaccere. Y finalmente, descolgar las fotos.

A diferencia de la central rosarina, que expone en espacios cerrados de carácter público-municipal (como el Centro de Expresiones Contemporáneas de Rosario), los locales redoblan la apuesta eligiendo diferentes plazas de la Ciudad de Buenos Aires. El Parque Rivadavia, de Caballito, fue el primero en albergar a la organización. No pasó mucho tiempo para que le llegaran a Plaza Bolivia (Palermo), Parque los Andes (Chacarita) y Plaza Almagro.

Esa comunión fotográfica
Es domingo y ochenta expositores se mueven de un lado a otro de la plaza como hormigas en pleno trabajo. La tanza y la cinta scotch pasan de mano en mano, hasta que las rejas se llenan de fotografías en tamaños, estilos y presentaciones muy diferentes entre sí: fotoperiodismo, foto de autor, naturaleza, música, foto instalación, y la lista sigue.

Los padres corren detrás de sus hijos que andan en bicicleta sin rueditas por primera vez, un grupo de chicas estira la lona y se sienta sin parar de reír, los abuelos ceban unos mates. Todos gozan de la tarde, y algunos comienzan a preguntarse: “¿Qué hay en las rejas?”. “Estoy acá viendo unas fotos. Están buenas”, comenta al pasar un señor al teléfono. Mientras en el otro extremo, una pareja de maestros se ve reflejada en imágenes que documentan el conflicto docente en la época en que las carpas blancas salieron a la calle.

La ColectiBA, a punto de cumplir su segundo año de vida, tiene diferentes expositores en cada una de sus muestras. Algunos se van, otros vienen. Otros van y vienen. Luciana Navarretta, Lolo Iturburu, Peque Conguerita, Daniela Yechúa, Jessica Pons, Julieta Ru y Shavi Alli son los miembros fijos quienes se encargan de organizar las muestras y cranear a futuro otros proyectos, como publicaciones y ensayos periodísticos de corto y largo plazo.

Daniela Yechúa comenzó a participar de La ColectiBA como expositora, pero hace algunos meses se integró al equipo del colectivo. Incluso ha documentado de manera audiovisual toda la movida. “La consigna de las muestras es animarse a ’sacar la foto a la calle’ para que puedan ser vistas por muchísimas más personas que las que entrarían a un museo”, explica Yechúa. No es sólo colgar la foto, si no que es un intercambio con los otros expositores y con el público que se acerca a mirar todos y cada uno de los laburos.

Las muestras de la ColectiBA también albergan otros grupos como la Red de Fotógrafos de Teatro Comunitario y los Talleres de Fotografía para niños de Ñandeloga, una organización social que trabaja en el barrio Las Flores de Villa Martelli.

De las paredes al aire libre
Algunos días después de visitar la Plaza Irlanda, esta cronista viajó a la costa para probar suerte como camarera de restaurant durante el verano. En sus días libres recorre las callecitas que se pierden en los bosques de pinos de este pedazo sobrevaluado de tierra. Hay menos casas (vulgares mansiones) con carteles con nombre propio como “El remanso” o “Mi sueño”, que carteles amarillos de letras rojas en los que se lee “No se acerque. Alarma perimetral”.  Y llegar al mar es cosa difícil. Una muralla de apart hoteles se levanta sobre la cadena de médanos que bordean la playa bloqueando el acceso peatonal a toda persona que no esté alojada.

Qué panzada, pienso, qué desparramo haría acá La ColectiBA. Porque aunque en la charla que tuve con Shavi Alli, antes de partir, reveló que le gustaría exponer en la ESMA, yo le sugeriría llenar estos bosques y balnearios con decenas, miles de fotos; montarlas en las calles que aún son de todos, desafiando de soslayo a las paredes con dueño, los árboles alquilados y las baldosas con nombre y apellido; siempre con el estilo que caracteriza al grupo, sin pedir permiso. Porque no hay razones para hacerlo en un espacio que es público.

--La ColectiBA no pide autorización para hacer las muestras en las plazas. ¿Por qué tomaron esa determinación?
--Shavi Alli: -Nos dimos cuenta que no tenemos que pedir permiso para hacer algo público en un lugar público. El espacio ya es nuestro y lo único que hacemos es utilizarlo. Uno habla de tomar porque, a pesar de que lo considera propio, sigue con el cassette de que es algo que hay que pedir. Y no hay nada que pedir: es mío, es tuyo; es de todo el mundo que quiera ir. No se pide permiso para ir a la plaza a correr con tu hijo o para tomar mate. Despues de la dictadura, a pesar que ya pasaron más de 30 años, existe este miedo a utilizar lo público, a salir a la calle, a juntarse.

En un principio esta elección no se dio como algo deliberado del tipo “expongamos en plazas”, sino que fue determinado, casi inevitablemente, porque los circuitos de difusión como museos y galerías se encuentran –aún- vedados para aquellas personas que no tienen una firma conocida. 

--Las muestras rosarinas se hacen en espacios cerrados. ¿Cómo arrancó la idea de exponer en las plazas?
-Cuando empezamos, no teníamos lugar para exponer, no nos conocía nadie. Las plazas estaban enrejadas y con nuestros compañeros dijimos casi al unísono, ‘expongamos en las plazas, en las rejas’, con todo lo que también lleva eso. Resignificar una reja que tiene un significado negativo de encierro. Encerrarse aun en lo público es la máxima expresión de encierro: encerrarse al aire libre.

Por otro lado, al exponer en este tipo de espacios, se rompe con la protección que se le da al arte, que deja de estar atrincherado en las paredes frías de un edificio. Se lo baja del altar para exponerlo al viento, al calor y a las miradas indiscretas de quienes pasan por casualidad. “Está esta cosa de la museificación donde el arte es arte si está colocado en un lugar determinado que le imprime ese rótulo. O sea, vos exponés en el Malba y es arte, sí o sí, aunque sea una reverenda mierrrda” –aquí Shavi hace que las erres se choquen unas a otras, que serruchen las palabras siguientes. Al sacar las fotografías a la calle y hacer que se codeen con graffitis y las pinturas que reemplazan las letras de propaganda de candidatos políticos, las fotografías nutren el espacio público. Hay arte para todos.  

--¿Y qué le agrega el afuera al sentido de la muestra?
--Un feedback con la gente que no es habitué de ver obras de arte o fotografia. Hay un montón de gente que anda por la calle, que va a la plaza, que pasa por ahí y capáz que nunca fue ni va ir a ver, y no le interesa. No porque no tenga capacidad de apreciar el arte, sino porque no le llama, nunca se le ocurrió. Y de golpe se encuentra con una muestra, con una megagalería de fotos en la plaza.

miércoles, 11 de enero de 2012

Cuando el morbo es tan solo una llave.-

Por los vagones del tren Sarmiento pululan historias --¿de ficción?-- de gays, lesbianas, bisexuales, travestis. Hace 15 años que Gastón Almada las vende. Antes viajaron por el Roca y los subtes porteños. Allá por 1996, el joven amaneció un día con la idea de utilizar las literatura para “empujar” a la gente a comprender la diversidad. Su novia lo ayuda sostener la editorial Alterarte –S- tudios. “Lo que me seduce es el mensaje que puede llegar a las manos de gente que no”.

Por Nahuel Gomez
Fotografía de Federico Moscoso

Buenos Aires, enero 11 (Agencia NAN–2012).- Para el pavor de la dama y la indignación del caballero. Para el rechazo o el asombro. Para guardar y leer a escondidas. Para la señora conservadora o el pibe chorro. Para el lector frecuente, pero mucho más para el que aun no se asomó al mundo de los libros. Desde 1996, Gastón Almada escribe, edita y distribuye cuentos  y poemas para cualquiera que se halle de paso en los vagones de un tren.  Historias de sexo protagonizadas por lesbianas, bisexuales, gays y travestis, entre otras, que considera “impactistas”, son las que nutren a cada una de las publicaciones de Almada.

Alterarte-S-tudios es el nombre de la editorial autogestionada que Gastón conduce junto a su novia, también escritora, Gisela Deferrari. Pene XXL, Conchudas, Rouge, La bombacha apretaba sus testículos, Tortas…recetas con amor son algunos, entre muchos otros títulos, que publica la editorial. Se editan en formato de fanzine, en blanco y negro, y se venden (según él, de a miles por día) a 4 pesos por libro. Viene repartiendo todos los días desde hace 16 años; en un principio en subtes, después en el  ex Ferrocarril Roca, y por estos días en el ramal Sarmiento. Es por esto que este “cachivaliterato” –así es como se define- calcula que ya es el escritor argentino más leído de los últimos años.

La propuesta busca mostrar la diversidad como una manera de generar empatía, de empujar a las personas al simple hallazgo de permitirse ponerse en el lugar del otro. Gastón lo hace al escribir sobre experiencias que, aunque quizás no haya vivido, igual intenta recrear en un papel. Invita a compartir su búsqueda porque cree  que “la literatura o cualquier tipo de arte provoca en el individuo algo inevitable, el hecho de pensar; y si uno piensa está bien, pero si puede otorgarle eso al otro, es mucho mejor”.

Aunque Almada reconoce que le iría mejor “si vendiera poemas de amor”, la masividad lo acompaña inevitablemente y le permite llegar a un público heterogéneo, que muchas veces no está acostumbrado a tratar con libros–y mucho menos con este tipo de lecturas-.  “Imaginate un obrero comprando un libro de travestis, tiene su encanto. A veces sale muy bien y otras veces no, pero mi intención va más allá de que funcione o no”,  dice  y cierra la idea parafraseando a Todos Tus Muertos: “Lo que me seduce es el mensaje que puede llegar a las manos de gente que no”.

--¿De dónde surge la idea de crear tu propia editorial?
--Este es el problema de las entrevistas, no sé si mentir o no. Fue una casualidad, un día llegué de la costa en marzo y me hice un librito con el que salí a mentir a Cabildo y Juramento. Decía que vendía mis libros de poesía porque estaba por abrir un centro cultural. Estuve 3 o 4 días ahí y no me compraron nada. Cuando ya me estaba resignando me tomé el subte y me puse a vender ahí, llevaba veinte libros y vendí 17. La plata que gané la fui usando para editar más libros. Estuve  yendo y viniendo en el subte hasta 2000, cuando me fui al Roca y después al Sarmiento, hasta el día hoy.  Eso fue en un principio, hasta que en 2007 se me ocurrió publicar a otros autores que me gustaban, arranqué editando la antología  “Conchudas”.

--¿Cuál es la reacción de la gente al recibir este tipo de literatura?
--Desde “a vos quien te da derecho a darme pornografía a mí”,  hasta “sos un degenerado”. Pero también está el silencio del que te paga sin que nadie lo vea,  que no quiere ni el vuelto, desea nada más llevárselo y leerlo solo en su casa. Eso es encantador, el morbo es el encanto, está bueno generar eso y de paso incentivar a la lectura.

--¿Cuáles son los escritores que te incentivaron?
--No soy un gran lector, por lo menos no de grandes autores. Hace un tiempo me venían rompiendo las pelotas para que lea a Bukowski y a Miller, porque me encuentran un parecido con ellos. Yo no había leído a ninguno de los dos, y no los quería leer tampoco, porque si había un parecido seguramente ellos eran mejores que yo, quizás decían las cosas que yo quiero decir, pero de una manera mejor, y eso me iba a frustrar. No sé si soy parecido a ellos. En general tuve suerte,  mi biblia siempre fue Más allá del bien y el del mal de Nietzsche, con el que me topé de casualidad. Después me encontré con la obra de Sade: lo que me encantó del tipo fue que en sus libros te da morbo, te da chanchada, pero también te entrega mucho de su filosofía, de lo que quiere decir realmente. El tipo tiene un mensaje y te lo hace llegar enganchándote por otro lado.

--¿Y cual sería el mensaje que vos querés hacer llegar?
-- Mirá, un buen ejemplo es el libro que escribí para chicos,  quería escribir algo así al ver que mucha gente adulta, incluso muchos que son como nosotros, gente con la que uno podría compartir cosas,  no agarraba mis libros. En cambio, los chicos siempre quieren comprármelos,  pero yo no les puedo dar mis libros a los pibes. Entonces cuando me propuse escribir pensé: ¿qué me hubiera gustado leer a mí de chico? Algo que nos pasa a todos es que vamos creciendo y creciendo y de repente nos iluminamos y nos damos cuenta de que somos hinchas de River y creemos en Dios, jamás lo decidimos, pero un día tenemos la remera puesta y estamos en misa. Entonces se me ocurrió escribir un cuento donde se incentivara al niño a elegir. Cuento un cuento donde llueven sándwiches completos de milanesa y todos dicen que es un milagro, pero se preguntan de quién es el milagro. Hablo de distintas religiones, cultos y demás, invento las religiones y doy opciones para elegir. Ese es el volumen uno del libro Juguetes, llamado “El libro del cuco”  y el volumen dos, que todavía no terminé, es  “Harry Poker y la piedra de Pasta Base”.  El volumen uno apunta al niño que tiene padres que le pueden explicar sobre ciertas cosas. En el dos,  trato de hacerle entender a los chicos que viven en medio de un mundo sin códigos, que un mono bien entrenado afana un celular y que hasta el más estúpido doblega a un indefenso estando armado. Trato de hacer llegar este tipo de cosas, ese es el mensaje.

--Teniendo en cuenta la repercusión que tuvo la reciente sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario ¿Notás alguna diferencia entre la manera en que tus textos eran recibidos cuando empezaste, en 1996, y ahora?
-- Yo suelo decir que hago esto antes de que esté de moda el arte y el orto (risas). Por eso rezongo y por eso me peleo con casi todo el ambiente under. Por lo general es una pelea constante porque hay mucha gente imbécil, que porque mueve una pelotitas se cree que hace arte, o está el pelotudo que piensa que el artista es un ser más evolucionado de lo que sería un ama de casa o un obrero. Y eso me duele porque por mi trabajo conozco gente que es artista de la vida, sin que escriba, sin que cante, sin que toque nada.  

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